Soy un cobarde. Lo he sido toda mi vida y lo seguiré siendo después de que usted deje de leer este texto. Pertenezco a la clase de imbéciles que van acumulando los problemas en el desván de su mente y que poco a poco van solventando sólo los que les ayudan a sobrevivir. Pienso en esto porque hace horas la cloaca de mi cabeza ha estado a punto de desbordarse debido a la cantidad de cosas que he ido apilando sobre ella en los últimos tiempos. Al igual que todo el mundo, mis problemas son insignificantes si se comparan con los suyos. Pero eso no significa que dejen de doler. Ni el olvido momentáneo causado por placebos, ni la omisión del mismo hacen que desaparezca. Son como la muerte de un ser querido: estará ahí presente.

Ayer, un amigo murió. Quisiera escribir cómo lo conocí, qué fue lo último que hablamos, recordar las horas que pasé bebiendo con él, cómo discutíamos y lo mucho que me enseñó, pero todo eso no le interesa a nadie, porque benévolo como era: él entregó su vida a un mar de gente muchísimo mejor que yo.

Hablaba de ser un cobarde, porque precisamente, eso es lo que he sido al no poder despedirme de él cuando lo supe enfermo, al igual que me pasó con el poeta Salanueva. Hoy llevo dos cicatrices de la misma daga: el miedo. Eusebio Ruvalcaba siempre tenía una palabra certera, como estos aforismos sobre llorar:

  • La mayoría de los matrimonios —más allá de la mayoría, casi la totalidad— prefieren hacer el amor que llorar en el lecho. Si lloraran se conocerían mejor los cónyuges, y la vida en común se prolongaría por años. Alguien les hizo creer que el amor conduce a la felicidad rutinaria, cuando lo que une es el dolor. Deberían leer a Tolstoi.
  • El hombre llora y bebe al mismo tiempo. Porque de pronto se da cuenta que ha sido expulsado del paraíso.
  • Llorar es de mal gusto; excepto cuando las lágrimas provienen del alma de un genio. Y a veces ni así.

Recuerdo esto, porque de ese mismo volumen de pensamientos, hay dos que me están taladrando el sistema nervioso, porque ellos sintetizan este instante de mi existencia:

  • Los escritores no lloran, escriben; por eso son tan aburridos.
  • Hay escritores para los que cada palabra equivale a una lágrima no derramada. Todo se vale. Siempre y cuando no resulten pastura del aburrimiento. Flaubert lo dijo, en esas lecciones suyas que ponían en jaque los preceptos de los intelectuales: Cuídate de ser aburrido.

Eso es quizá lo único que me dijo Ruvalcaba que no era: aburrido. Y ahora que la vida me está incinerando el cuerpo y termino de escribir esto, me doy cuenta de que he sido un soporífero despropósito. Afortunadamente para el mundo, esto no importa porque está viva la obra de él, quien sólo se preocupó por hacer sentir a los suyos cómo era el sonido del frágil latido del corazón de un hombre.

 

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