Me pasa con muchos autores. Pienso que, si hubiese vivido en su época, no nos hubiésemos llevado bien. Ahora que estoy en Andalucía de visita por Córdoba, la referencia barroca es obligada y pienso en mi relación con Góngora. Un tipo extremadamente culto, perfeccionista, católico, monárquico, patriota, polémico y, seguramente, como se dice por aquí, bastante isorrible. Por lo que cuentan, estaba obsesionado con la apariencia y ostentación de los pijos del Siglo de Oro: eran pocos los que llegaban a vivir en la Corte de Felipe III. Como los del 27 lo pusieron de moda, gracias al incansable Dámaso Alonso, ya tiene el cielo ganado y a las Soledades, pese a no comprenderlas bien al principio, les tengo un cariño especial. Eso sí, si nos hubiésemos cruzado por Salamanca o por Madrid en el siglo XVII, creo que me hubiese cambiado de acerca directamente. El Góngora con el que igual me hubiese llevado mejor es con el último. El que vuelve a su ciudad, enfermo, arrepentido y endeudado, aunque la conversación hubiese sido un poquito complicada: Góngora tenía ya un alzhéimer galopante.

Me pasa lo mismo con otros cordobeses más antiguos como Juan de Mena (confieso que su Laberinto de Fortuna me pareció un tostón y lo dejé a medias) o Juan Rufo (me quedé dormido en el autobús echando un vistazo a sus apotegmas). O incluso con el Duque de Rivas que, si bien me gusta su obra y no me hubiese importado conocer la época romántica de primera mano, quizá elegiría otro autor y otro escenario para tomarnos un chato de vino o unas cañas y charlar sobre la vida… y la muerte, claro. Salvo Bécquer, que sería cita obligada, los que añadiría al grupo, ahora que lo pienso, no serían andaluces: Espronceda, Larra, Zorrilla, Rosalía de Castro…

Otra opción, ahora que veo su monumento de bronce de la Puerta de Almodóvar, sería quedar con Séneca, otro ilustre cordobés exiliado. En su caso, según parece, por un lío de faldas con su sobrina. Si pudiese viajar al imperio romano, de los filósofos con las que más a gusto estaría creo que sería con los estoicos, así que igual nos llevaríamos bien. Además, recuerdo muchas de sus sentencias y aforismos y, aún hoy, siguen siendo bastante útiles y me hubiese gustado escucharlas de su boca: ¿quién no cree que es mejor pensar las cosas antes de decirlas? ¿Que la vida se nos escapa de las manos sin que nos demos cuenta? ¿O que errar es lo que nos hace humanos?

Hasta las ocho y media de la mañana no abren la Mezquita (es gratis la primera hora) y, lo bueno que tiene esto de alargar el tiempo y visitar esta ciudad califal sin prisa, es que puedes darte un bureo (que es lo que se hace aquí) y jugar a ser un flâneur ahora que entro en la judería; sus callejas blancas y empedradas son una maravilla y muy propias para la ensoñación involuntaria. Como la sinagoga todavía está cerrada, la única atracción está en la Plaza de Tiberíades, frente a la escultura de Maimónides. Otro cordobés ilustre… y exiliado.

Si estuviese en la Edad Media, supongo que podría hacer migas con él. A pesar de no ser judío (podría presentarme como Saulo Medel, eso sí), ni saber mucho de medicina alternativa, creo que podríamos hablar de antroposofía (últimamente, me interesa mucho), porque sospecho que tiene mucho que ver con su famosa guía perpleja. Además, siempre he querido tener un amigo que se llame Moisés. (Cosas mías). Y ya puestos, también podría invitar a Averroes (al parecer, se llevaban bien) y así hacíamos una reunión más ecuménica, aunque no sé si aceptarían en el siglo XII a un tipo del futuro que ni es católico ni judío ni musulmán. Lo que sí sé es que la tradición dice que hay que tocarle las babuchas doradas para que Maimónides te dé parte de su sabiduría.

Dicho y hecho.

Recordaba Córdoba más grande; estoy esperando con otros turistas en la Puerta de Santa Catalina y aún quedan diez minutos para que abran la puerta y entremos al Patio de los Naranjos. Es curioso; ahora que vivo temporalmente en la Comunidad Valenciana, me estoy dando cuenta de que el aroma del azahar está mucho más presente en Andalucía. La herencia musulmana aquí es más que obvia y, aunque ahora huela más a incienso o a caballeriza (mucho tienen que ver esos carros de caballos que esperan su salida), el olor de las flores de sus patios (pienso en los de San Basilio) es único, la verdad. Lo suyo, eso sí, es visitarlos en mayo: sé que ahora no es la mejor época. Además, hace bastante frío (cinco grados) y es extraño: qué lejos queda la flama veraniega cordobesa.

Merece la pena madrugar; la Mezquita está vacía y, aunque la recordaba más alta, las sensaciones de admiración y extrañeza sigue siendo las mismas. Lo sorprendente de construir una catedral incrustada dentro de una mezquita (que ya de por sí es una especie de muñeca rusa con las piezas encajadas a la fuerza) es pensar que hubo un tiempo en que compartían espacio distintas religiones. La imagen es interesante. Aunque la cosa, como todo el mundo sabe, duró poco. Y hoy sería impensable, me temo.

Me acuerdo mucho de cuando daba clases con adolescentes y tocaba hacer de guía en las visitas programadas. Si estuviesen aquí, creo que les enseñaría los suelos del templo, para que notasen los cambios de las ampliaciones o que viesen las teselas del mosaico del mihrab. Quizá les preguntaría que por qué creen que la quibla no está mirando hacia la Meca (aquí, mira al sur) o quizá les haría calcular a ojo el número de columnas del esplendoroso bosque de mármol, jaspe y granito que da imagen a la ciudad. Quizá saldríamos después, veríamos el Alcázar, cruzaríamos el puente romano hacia la torre de Calahorra y, frente a la estatua de San Rafael, leeríamos ese romance de Lorca que termina con el arcángel aljamiado / de lentejuelas oscuras (vaya imagen) que en el mitin de las ondas (y escucharíamos el chapoteo del Guadalquivir) buscaba rumor y cuna (¿no es lo que buscamos todos en el fondo?).

Rumor y cuna, sí.

La realidad, de todas formas, sería otra; estarían ya aburridos o pidiendo tiempo libre para vernos en unas horas en el punto de encuentro. O no, quién sabe. Lo único que sé es que ni hay niños alrededor ni es la hora de comer, por lo que hay tiempo de sobra para caminar por el casco antiguo y atravesar la Plaza de las Tendillas hacia las ruinas romanas, husmear en algún taller de repujado de cuero, curiosear alguna librería (tengo pendiente la poesía de Concha Lagos) y pasear con calma hasta llegar a los patios de la casa solariega del Palacio de Viana que son, como casi todo en Córdoba, de una belleza indescriptible.

Ha sido un bonito reencuentro (diez años ya) y ahora que estoy comiendo un salmorejo y unos flamenquines (el rabo de toro no me llama mucho la atención), me hace gracia ver la decoración coplera del sitio, porque la imagen turística y romántica que se tiene de esta ciudad suele ser muy parecida a la que estoy viendo ahora colgada en las paredes: una cabeza de toro, un sombrero cordobés, abanicos, un guitarra española, platos de cerámica, una virgen local y miles de fotos de chalanes, camperos, hilanderas y las típicas de Guerrita y Manolete, entre otras figuras del toreo que tanto gusta por aquí.

Otra historia aparte es el habla andaluza que, en cada ciudad, tiene sus variantes propias. No es tanto la velocidad o el seseo (eso sí que lo exportaron a América), sino la alegría de sus expresiones y la forma que tienen de utilizar  palabras que definen sonoramente una cultura sureña muy marcada, porque el bastón de ese señor aquí es una chivata que está apotoncá en la pared; el paño de la encimera es una ruilla; esta mesa no se mueve, aquí se zangarrea; si el local está lleno está a tente bonete; si te caes al suelo, te puedes dar un jardalaso; y si algo te da mala suerte, aquí te da bajío e igual te pones nervioso y te da una alferesía, que es el preaviso de una inminente explosión emocional.

Sea como sea, lo que también me ha llamado la atención, pienso ya camino del tren, es la otra Córdoba. Fuera de las murallas, desde el Paseo de la Victoria hasta la Plaza de Toros, me he encontrado con una Córdoba residencial agradable, acogedora, limpia, con muchos parques y muy moderna. Sé que no hay mucho trabajo (¿en este país dónde lo hay?), pero siempre que visito un lugar, sea el que sea, me pasa lo mismo; con la emoción, idealizo las cosas y, ea, me imagino viviendo allí una temporada.

Decidido: en mi lista de posibles futuras residencias, ya está apuntada la opción cordobesa. O cordubense, que diría el amigo Góngora.

 

 

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