La lectura de un filósofo tan sistemático, ordenado, y claro, como lo fue Kant, a quién no se le escapó ninguna explicación sobre los alcances y límites de la razón humana, provoca, en definitiva, una felicidad instantánea al lector, después de una larga y prolongada labor de búsqueda y entendimiento.

Llamo felicidad kantiana a la actitud filosófica donde la certeza y la seguridad sobre lo que se conoce y cómo se conoce, conforman el síntoma y el temperamento del pensar, es decir,  no constituye dolor ni confusión alguna. O dicho de otro modo: se conoce la finitud y esa finitud no es dolorosa.

Es muy probable, no obstante, que esa “completud” epistemológica  tarde años de estudio, o por el contrario, quizá se logre en lo automático, y ya no sea necesario explorar en otro personaje conceptual. Se trata, ante todo, de una reconciliación orgánica con el pensamiento, de un estadio de suficiencia, que implica prolongados periodos de certidumbres y respuestas. O mejor aún: de la experiencia de un hedonismo categórico-conceptual. De tal modo que las cumbres bien ordenadas de la razón evitan los conflictos epistémicos, las angustias paradigmáticas, y las caídas abismales del pensamiento.

Por consiguiente, todo aquel individuo que habite alegre en la ideología que lo resguarda,  lo cuida, y ante todo,  que lo protege de aquel devenir esquizofrénico nombrado por Platón- Deleuze es, sin duda, un dasein que transita en el Gay Saber. En este sentido, existe una humildad en el pensar kantiano, puesto que es reconfortante y agradable conocer los límites infranqueables del conocimiento humano: el noúmeno, la cosa en sí, el yo trascendental.

 No obstante, esta felicidad kantiana es el reverso de la conciencia dolorosa de Bachelard descrita en “La Formación del Espíritu Científico”: “El alma en trance de abstraer y de quintaesenciar, conciencia científica dolorosa, librada a los intereses inductivos siempre imperfectos, jugando el peligroso juego del pensamiento sin soporte experimental estable; trastornada a cada instante por las objeciones de la razón, poniendo incesantemente en duda un derecho particular a la abstracción”. Ante ello, la pregunta se repite:

¿Felicidad kantiana o conciencia científica dolorosa?

2.

Los flujos de la certeza-incertidumbre transitan entre el juego de la seguridad y la inseguridad ante las respuestas. Vivir con respuestas después de una prolongada digestión de sistemas filosóficos o literarios, otorga bienestar en el existir de manera ocasional, pero, asimismo, la voluntad de las preguntas aflora otra vez cuando las certidumbres que tenemos devienen agotadas o simplemente, ya no nos dan satisfacción alguna. Y así otra vez, entra el montaje de las preguntas, de la búsqueda, de la conciencia dolorosa de Bachelard. No podemos ser kantianos de por vida, porque eso nos torna dogmáticos, y ahí la felicidad se torna paradojal.

Por otro lado, en lo que concierne a la temporalidad de las certezas de cada individuo, en definitiva es una localidad singular, no aislada del plano de inmanencia correspondiente, sin embargo, es extraño reconocer la propiedad o la fuerza que empuja a que un individuo, no yo, posthumano, o dasein, habite o no habite en el éxtasis dionisiaco del pensamiento.

Ahora bien, lo que sí constituye una pseudo-certeza es el aceleramiento mecánico de tener respuestas ante los eventos prefabricados por los medios de comunicación estado. El pensar está sufriendo un ocultamiento por las redes virtuales y la propagación desmedida de información. Eso, ya lo había pronosticado Heidegger con demasiada anticipación.  De este acontecimiento, es preciso pues, estar alertas, y no dejarse cosificar. No estar cosificados nos regresa al camino de las certezas y de las no-certezas, búsqueda genuina de todo pensar.

Ahora bien, más allá de cualquier hermenéutica moralista, este texto, celebra la felicidad kantiana:

“Un breve análisis de la estructura de la Crítica de la razón pura mostró que su objetivo principal es la reconciliación entre o –cuando esto no sea posible- la superación de varias posiciones clásicas de la epistemología para poder fundamentar la metafísica como ciencia” (Bilo, 2014, p. 169).

“La exposición de la estética trascendental aclaró que el espacio y el tiempo son propiedades de las cosas como aparecen a nosotros los sujetos cognoscentes, lo que no significa que son meras ilusiones subjetivas, sino, más bien, formas puras de la sensibilidad y fuentes imprescindibles de los conocimientos sintéticos a priori. Como tales, el espacio y el tiempo son empíricamente reales y trascendentalmente ideales” (Bilo, 2014, p. 170).

3.

La filosofía crítica de Kant constituye una mesura ante las ambiciones ilimitadas de los filósofos del  llamado idealismo alemán,  quienes no se conformaron con la finitud kantiana: Quieren arribar, quieren seducir, quieren desmenuzar el engranaje último de la realidad: el Absoluto. Fuerza omnipotente y eterna (que encarna en la naturaleza, según Schelling, resultado cuando se llega a la verdad en palabras de Hegel.

          ¿Felicidad kantiana o conciencia dolorosa?

 4.

Entre las últimas novedades de la filosofía occidental, en el libro “Después de la Finitud”, Quentin Mellaseoux construye un argumento claro y demostrativo, precisamente, desde la conciencia dolorosa. Para el filósofo francés, el límite infranqueable de Kant (la cosa en sí) no le produce saciedad explicativa, y por ello, se lanza hacia una nueva búsqueda: la ancestralidad. En este sentido, toda su problemática consiste en preguntarse ¿Cómo es posible la construcción de enunciados ancestrales? ¿Cómo es posible pensar la ancestralidad al margen del correlacionismo?

Una respuesta breve es desde la matemática, al igual que su maestro Badiou, al igual que su antecesor Descartes.

Por último (quizá) sea prudente pensar lo que no se puede pensar, sin perder la felicidad y aspirar a teorías universales, aunque esté de moda la subjetividad.

 

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