Desde el día en que ardieron mis cabellos la noche parecía más desolada, mis manos y mi semblante se llenaron de una veracidad mordaz que impedía a los transeúntes esquivar mi rostro. Yo los veía, con los ojos brillando entre las sombras de un morbo mudo. Me regodeaba ante la incomodidad de aquellas facciones que suprimían con esfuerzo sus muecas de asombro o de asco. Era mágico, era como la espina enterrada entre la uña del mundo, y yo poseía la voluntad creciente de hacer de aquel lugar mi nueva casa.

Caminaba entre la cordura de mis días ignorando cada zarpazo de prejuicio, caminando entre los restos de cristal de mis amores pasados que, a partir de aquel día abrasador, se transformaban en el eco olvidado de tardes que se enfriaban como muertos.

Organicé un entierro, sepulté los restos de mi vanidad en una tumba sin nombre y la visitaba para llevarle flores, para homenajear a mi difunta belleza, a las cenizas de mis días de gloria, al esplendor de mis miembros que ahora languidecían postrando ante la veracidad de mis mentiras las cartas de amor de tus horas de olvido.

No sé decir en qué momento comenzaron a azorarme aquellos ruidos, sólo sé que fue después de que mi cuerpo ardiera con la misma intensidad de nuestras pasiones más insignes, y aquellas horas de mirar a un punto fijo desarrollaron un estrecho lazo amistoso con el insomnio programado que, anhelante, me visitaba cada noche. Mi mente sin descanso comenzó a perseguir por los rincones de mi casa pequeñas motas de polvo, pequeños ecos de risas que corrían frenéticamente por debajo de los muebles, comenzó a encontrar entre los ruidos del mundo aquel himno particular que me confinaba a las dudas más fehacientes de que mi cordura estaba a punto de colapsar. Pero mantenía la calma, veneraba cada una de mis manías como un niño pequeño que mira hacia arriba los despojos de un ser omnipresente o un dibujo animado. Cada vez que por un impulso carnal me confinaba a mis melancolías aparecían aquellos rastros de insania, que me invitaban con gentileza a seguir los ecos de sus pasos; primero era reticente a ellos, después me dejé llevar por ese remolino de horas de incierto que me deparaba un destino alejado de la mundanidad de horas de perplejidad frente a un mundo sin piernas.

Era de noche, mi boca estaba seca y me costaba trabajo tragar la saliva que adhería a mi garganta como ostias sin vino; me levanté por un poco de agua y dejé que aquellos ecos que se transformaban en gritos me guiaran hacia un camino sin luz ni sombras, corriendo despavoridos ante mis pies descalzos. Era de noche, el frío impávido se colaba por mis miembros con una promiscua atrocidad que hacía convulsionar ciertos músculos de mi cuerpo.

Caminé por los rincones de mi casa, perdiéndome en cada esquina y girando para encontrar un camino sin retorno, al abrir la puerta de una de las habitaciones del fondo se vislumbraba el resplandor y la belleza de un cuerpo desnudo postrado con delicadeza en el sillón, como colocado ahí por un ente divino. Traté de tocar aquella figura pero se diluyó entre los arañazos de mis dedos, sin embargo, era tan hermoso, que prometí guardarlo en la caja de mi memoria que destino para las cosas bellas y perecederas. Me detuve un instante a mirarlo de nuevo. Tenía tu rostro y sus miembros que languidecían como los de una flor durmiente se asemejaban a tus brazos y manos con asombrosa concupiscencia, solamente el torso era distinto no tenía aquella marca en forma de lunar tatuada sobre tu pecho, pero su rostro, el rostro guardaba entre sus facciones los ecos de tus gestos y los rastros de las líneas que corrían como ríos junto a tu boca; todo encerrado en un sueño tan profundo que parecía evaporarse, apagándose lentamente en las penumbras de la noche, hasta que tu imagen intermitente se diluyó en el espectro de la estancia.

Dudé en continuar mi camino, buscando volver a mi cama, caminaba por mi casa, pero no era más mi casa, y mis pies se escurrían entre los escalones arrastrando mi cuerpo entre la oscuridad de ecos y suspiros que provenían de las paredes.

Los ruidos siempre me acompañaban postrando la claridad de sus voces detrás de mis orejas, yo los sentía entre mis cabellos, sentía la suavidad de sus susurros al entrar por mis oídos dándome paz, calmando mis pasos ante aquel camino que no me guiaba hacia ninguna parte y en el que no podía siquiera ver mis pies. Miré nuevamente a aquella imagen que te traía a mi mente como un despojo atormentado, como una historia mal contada cuyo final era reticente a mí, pero no quedaba nada, solo retazos de piel que se descamaban bajo mis uñas.

Estabas sentado de frente a la ventana tratando de develar los secretos que la tarde escondía para ti entre los murmullos de un par de grillos y los gritos de las aves que se refugiaban entre la oscuridad, justo antes que el sol se ocultara. Tu cabeza se inclinaba, se detenía, se inclinaba hacia el lado opuesto, tus ojos se oscurecían devorando cada destello de luz sobre la casa. Te quedabas inmóvil y mudo ante mis manos que trataban de encontrar a través de tu cuerpo las verdades del mundo. Yo hablaba constantemente dejando que mis palabras describieran la magia de la estancia, pronunciando los acordes armónicos que le daban a cada habitación algún tinte de hogar. Callado, dormías, callado respirabas aquel aroma a tierra que te hacía no ser un objeto más sin vida en aquellos espacios semi amueblados y sin papel tapiz.

Abrí los ojos y aquella figura se había desvanecido, mi cuerpo semi desnudo y semi despierto continuaba dando tumbos por el mismo pasillo que ahora parecía de un largo infinito.

Caminé por rozando con la punta de mis dedos las paredes, hasta que encontraron el contorno diluido de mi imagen que trataba de manifestarse frente a mí como una aparición mal delineada en el espejo del fondo. Intenté acariciar mi propio rostro, reflejado en aquel enorme cristal rodeado de rosas inmortalizadas, mientras el frio penetraba mi inercia. Pude verte tras de mí caminando de un lado a otro, el sol te golpeaba la cara y tus manos se movían con vehemencia intentando que con su danza tus palabras pudieran transmitir un poco de la afabilidad de la que tu rostro carecía, y pude verme, sentada frente a ti mirando directamente hacia la luz del sol que cegaba mis ojos ante tus gestos, que hipnotizaba mi conciencia ante el sonido de tu voz que se perdía entre las motas de polvo que flotaban en la estancia.

La luz se apagó nuevamente y vi con esfuerzo el contorno de mi rostro, tratando de encontrar entre mis facciones las líneas que daban forma a aquella figura humana que representaba mi nombre, quedaba poco de mí y demasiado de todas partes, era como encontrar dentro de mi cuerpo los retazos de la humanidad de quienes pasaron y dejaron restos de sí mismos a cambio de trozos de mí persona. De momento todo fue claro, las voces que me guiaban, los objetos que me hablaban, las sombras que me ocultaban.

Debía recuperarme, debía encontrar cada parte que me había sido arrancada para reconstruir aquellas facciones amorfas, para renacer transformada en la musa de mis días de gloria y que mis miembros extenuados florecieran ante mis delicias como rosas rojas primaverales.

Abrí los ojos y no vi nada.

 

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