Por: Arturo Cruz Flores 

Ana Luz era una artista que había dedicado su tiempo a pintar, escribir y dibujar. Por eso consideró viable dedicarse a ello, no estaría en una oficina 8 horas diarias, estaría así, trabajando en su taller durante el tiempo que ella decidiera y la inspiración se lo permitiese. Otra de sus pasiones estaba en el universo de lo oculto, en el esoterismo que conoció a través de su madre, de su abuela y de su padre, un reconocido médico que hacía investigación molecular.

La primera vez que Ana Luz escuchó sobre la Escritura Automática fue en la escuela secundaria, ahí un profesor le había comentado que era una técnica de redacción para que la mente se liberase, las emociones salieran y se proyectase el subconsciente del ser humano.

Al enterarse de ello, Monique y Julieta, sus mejores amigas, decidieron con Ana Luz, que deberían de aprender todo aquello que fuera necesario. Las tres estudiaron las técnicas correctas para llevar el estado de vigilia al dormir profundo, para quedarse en un estado de conciencia alterado, confiando en los procesos de meditación.

Ana Luz quería tener todo listo, hojas en blanco, plumas, lápiz, todo lo necesario para escribir, para trabajar. Y además contaba con el apoyo de sus amigas. Las tres jóvenes eran leales y estarían juntas y unidas, hasta el último minuto que terminara de redactar la última palabra sobre el papel.

Día tras día, su mente se preparaba para romper las barreras de la conciencia en un trabajo mental donde navegaba hacia dentro de ella. Así, durante meses de entrenamiento había logrado grandes avances.

Aunque no sabían si después del momento de ensoñación sería el momento en que entraría la Escritura Automática, sí sabían que habría que esperar lo que viniera desde dimensiones espirituales desconocidas.

“La escritura automática es el proceso o resultado de la escritura en el cual no interviene el proceso intelectual. Esta es una forma de hacer que aflore el subconsciente y consiste en colocar el lápiz sobre el papel y empezar a escribir, dejando fluir los pensamientos sin ninguna coerción moral o social ni de ningún tipo. En ocasiones se realiza en estado de trance, aunque no es necesario llegar a este nivel de desconexión del consciente”.

Esta frase estaba en uno de los libros donde había investigaciones sobre esta estrategia. Monique y Julieta habían estudiado los conceptos y algo de la anatomía de este desarrollo y encontraron además que se abrían portales, sabían que las energías electromagnéticas elevaban su poder de vibración, sabían que todo podía suceder, sabían que era una dimensión inexplorable.

Ana Luz se quedó en su escritorio. Monique encendió una vela blanca, mientras que Jaqueline tocó esa campana budista de oro y plata para armonizar el lugar, para que la casa estuviera en una vibración de equilibrio.

Ellas sabían de eso, habían leído, habían encontrado libros de esoterismo, de filosofía china, oriental, magia, espiritualidad.

Ana Luz comenzó a meditar; miró la luz de la vela hasta que su respiración la comenzó a desplazar a otra dimensión, la llevó a otro punto de existencia que no era este. La ceremonia había comenzado. Aún se escuchaban las tonadas de las campanadas, que Jaqueline tocaba periódicamente, debía ser así, contar tres segundos durante tres instantes, de tal manera que fueran 9 números, 3 tiempos, 3 toques de campana, tres silencios.

Jaqueline acomodó las hojas blancas cerca de Ana, también los marcadores sin tapa, nada debía de obstruir el proceso de esta escritura y entonces debían facilitar todo. La médium estaba ya en proceso donde su conciencia había brincado a otro plano de vibración, ella salió por un portal cuántico, aunque su cuerpo físico se quedó ahí. en el escritorio.

Jaqueline y Monique tomaban anotaciones, veían el cuerpo de su amiga tranquilo, sin movimiento y de pronto sucedió que Ana Luz tomó una pluma y comenzó a escribir. Jaqueline había colocado una cámara de video que estaba en un tipie con la que se estaba documentando lo que sucedía.

Entonces sucedió, Ana Luz escribió y escribió, las hojas fueron pasando de un lado a otro, sin abrir los ojos la escritora pasaba hoja tras hoja, hasta que se contaron 10, y entonces en la hoja número 11 se detuvo, y las dos amigas con ojos asombrados, sintieron que la temperatura en la habitación disminuía de una manera considerable.

Ana Luz, Jaqueline y Monique se habían trasladado a otra esfera de existencia, aunque estaban juntas, ya no estaban en la misma habitación.

 

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