Resulta muy incómodo tener a tu editor persiguiéndote durante toda la temporada vacacional de diciembre para que entregues un texto que de plano no tienes en mente escribir. Hacia el final de año se acumulan varias vicisitudes que hacen difícil cumplir con tal tarea. Y no me refiero al exceso de fiestas y celebraciones. Me explicaré.

Por una parte, el periodista llega al final de año agobiado y confundido; lleva a cuestas el alud de temas de interés público que ha comentado. En pocas profesiones puede hablarse de que se llega a una saturación como en el periodismo. Muchos son los aspectos que hay que cuidar para que una nota sea viable de ser publicada.

Y es que también hacía el cierre del 2015 terminé por fastidiarme –entre otras muchas cosas- por el exceso de textos que ven la luz a través -sobre todo- de los medios digitales que deberían haberse quedado como los diarios íntimos de sus creadores. Hay muchos escritores –poetas sobre todo- que utilizan dichos espacios para sustituir el pago de una terapia y se explayan en el espacio virtual prodigándose con diversos asuntos que son tan sólo de su personalísimo interés.

No se ponen a pensar que es necesario tener en cuenta al interés público y colectivo. No se debe actuar como un egoísta que piensa que sus cotidianidades son tan extraordinarias que merecen la portada de los suplementos. Desafortunadamente, encontré textos en los que alguien dice que está tirado en su cuarto pensando en la nada. El soliloquio se prolonga de principio a fin con una digresión que  se ocupa de “la inmortalidad del cangrejo” o de las visiones que el aprendiz de filósofo doméstico encuentra en el techo de su habitación.

Es preferible apartarse antes que caer en la tentación de sumarse a los “opinadores”. Es molesto perder el tiempo con tanta palabrería hueca que no conduce hacia algún tópico en especial. ¡Que se queden los milennials con su aburrimiento! Tan sólo que no me lo cuenten. Si se aburren con su existencia,  que se pongan una bolsa de plástico en la cabeza y dejen de respirar. A este planeta le sobran habitantes.

Intenta uno poner distancia y más cuando se emprende la tarea de escribir un poco de ficción. Ahí está el editor pisándote los talones y pidiendo que abordes algo del mundo exterior, cuando lo que te importa es ir concibiendo un pequeño entorno interior; uno en el que tus designios propicien los acontecimientos –cuando los personajes te lo permiten-.

Además, ¿Cuándo piensan los hombres a cargo de la información que se puede dedicar tiempo de calidad a la lectura? Este período me permitió reiterar la grandeza de autores como Irvine Welsh y Don De Lillo; este último eterno candidato al Nobel –algo que le caería perfecto a la literatura norteamericana-. Por si fuera poco, Kim Gordon (de Sonic Youth) se me reveló como una muy solvente escritora a través de su autobiografía La chica del grupo.

Mientras tanto, también pude repasar algunos álbumes que por diversos motivos se me escaparon durante el año. Comprobé la intensidad creativa de la escena sudafricana. Petite Noir –con su disco epónimo- y Felix Laband con Deaf Safari son dos maravillas por descubrir y maravillarse. Al fin me hice del Vigorexia Emocional del asturiano Pablo Und Destruktion y que resulta una buena mezcla entre Nacho Vegas y Corcobado. Canción de alma post-punk e instinto venenoso. También me sedujo el Hotel Florida de Ricardo Vicente. “Belleza y miedo” es una canción suprema.

Apenas me planteaba la vuelta a los textos, y de pronto Facebook fue bombardeado por el estúpido meme relativo al dibujito de un personaje llamado José. ¡A qué nivel de vaciedad, soberbia y confusión políticamente correcta pueden llegar los profetas del bienpensar! Dan ganas de salir corriendo y guardar una prudente distancia.

Ese dislate del tal José y la impartición de lecciones sobre cómo comportarse con decencia y moralidad es una reverenda mamada. Más nos vale crearnos nuestros propios entornos y no andar imponiendo manuales de estilo, moralidad y civismo.

Cada quien sabrá si le saca la vuelta a la estupidez grupal o al desbordamiento de los gastalones de temporada (evitando plazas y centros comerciales). Es preferible morir con la noción de que otros mundos son posibles. ¿Para qué otra cosa nos sirve el arte y la cultura? Allá ellos, acá yo. Espero que aún exista mi editor. Y que conste que he pensado en el sentido periodístico. Espero haber expuesto algunas ideas interesantes; esos autores, libros y discos lo son –lo garantizo-. Pero si no les gustan pues hagan como José.

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