¿Por qué hay tan pocas novelas proletarias en un país tercermundista como éste? Debería de haber, supongo. No como un dogma impuesto a la sazón del realismo comunista, sino como un mero reflejo. ¿No parte la literatura de la realidad? Eso dicen. ¿Cuál es la realidad de México con sus millones de pobres posrevolucionarios?

Imagine que usted es uno de esos profesores de historia –casi de película- apasionado por la literatura y que quisiera compartir a sus alumnos algunas novelas que resumieran la sociedad de cada país en sus principales momentos históricos. Si le tocara hablar del siglo XX colombiano sería sencillo. Más bien, el problema radicaría en escoger sólo unas cuantas de las muchísimas que hay (y donde seguro estarían La vorágine, de José Eustacio Rivera, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez y El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo o Rosario Tijeras, de Jorge Franco). Tendría decenas de novelas de excelente factura para mostrar todos –o casi todos- los sectores de la sociedad colombiana durante el siglo XX e inicios del XXI.

Eso sería lo esperable.

Lo raro sería que en un país la mayoría de novelas hablara de otra cosa. Y que costara trabajo encontrar, por ejemplo, en un país trazado por vías férreas y plagado de minas, cuatro buenas novelas sobre ferrocarrileros o mineros.

Pero esto último parece ser que es lo que pasa en México: la ausencia.

El tema da para mucho. Desde el rechazo –muy entendible- a la “novela de la Revolución” y el rechazo subsecuente –también entendible- al rechazo de dichas temáticas. Podría hacerse una tesis que incluyera también factores sociológicos: la lógica comercial de las editoriales, los apoyos estatales a escritores, etc. Pero aquí quisiera hablar sólo de tres consejos que solían repetir los talleristas en México desde hace un cuarto de siglo y que pueden tener, al menos de sesgo, algo que ver:

  1. Habla de lo que sabes

Es el más socorrido. No hay taller literario en el que no se diga esto. Y sí, tiene su razón de ser, porque luego escribe uno de algo que desconoce y nomás anda presumiendo su ignorancia sin darse cuenta. A veces viene de la mano de “siempre es necesario hacer investigación antes de escribir”, pero en otras no. En cualquier caso, suele dejar en los jóvenes escritores la idea de que no hay que andarse metiendo con temas ajenos: si no has sido obrero, no escribas sobre una fábrica; si no has sido jornalero, no hables de los campesinos, etcétera. O, por lo menos, postérgalo.

  1. Se necesitan años para escribir sobre eso

Cada que algún compañero llegaba al taller con un cuento sobre algún suceso social tremendo que estuviera pasando en esos momentos, los profes solían decir algo así. Y añadían: “aún no conocemos bien el fenómeno, espérate”. Daban razones para ello: “las mejores novelas de la Revolución se escribieron mucho después de la Revolución, la mejor novela sobre La Violencia en Colombia se escribió mucho después de La Violencia”. La lista de mejores obras sobre un tema social podría extenderse a –casi- toda la literatura africana subsahariana contemporánea, o remontarse a Los miserables, de Víctor Hugo. Y lo mismo se ha dicho sobre las llamadas “narconovelas” que no tuvieron esa prudencia para aguardar décadas: “están verdes”.

No obstante, si bien es cierto que un fenómeno social de la magnitud y las implicaciones de una revolución o una guerra de independencia difícilmente se entiende mientras está sucediendo, lo que solían olvidar decir dichos talleristas era, por un lado, que la mayoría de aquellas grandes novelas se habían publicado cuando ya había un nuevo estado, posrevolucionaro o poscolonial, que provenía justo de aquella gesta que ensalzaban las novelas. Y, por otro lado, que en algún momento de la historia la idea misma de las novelas era justo hablar de lo que estaba sucediendo más que de hacer recuentos y balances históricos de lo que había pasado: el mismo Quijote de encuentra con un ejemplar de primera parte de El Quijote.

En resumen, aunque este consejo es sensato, sumado al anterior pudiera generar un doble obstáculo: espérate, no hables aún. Al que se le podría añadir un tercero:

  1. Tu personaje no es verosímil

Ésta es otra frase harto socorrida. Y muy prudente, también. Además de amplia: pues suele decirse tanto para las acciones como para los pensamientos y diálogos de los personajes. A lo que recuerdo en los talleres, muchísimas veces era atinada. Pero también sucedía que cada que el personaje hacía alguna elaboración filosófica o poética y dicho personaje no era un “intelectual”, todo mundo decía que no era verosímil. Con lo cual, lamentablemente, parecía cundir la idea de que ningún obrero, campesino, ama de casa, estudiante de secundaria, minero, operadora de maquila y ese largo etcétera que incluye como al 90% de los mexicanos era capaz de tener pensamiento complejo. Así, con el tiempo, al taller muchos terminaban llevando cuentos con personajes escritores, fotógrafos, pintores, profesores o periodistas; o cuentos con personajes planos y simples que se dedicaban a cualquier otra cosa.

Por supuesto, lo que sugiero aquí es una exageración: parto de unos cuantos casos de talleres literarios para tratar de dar cuenta de una ausencia que también tiene que ver con editoriales y sistemas de distribución. Sé que no lo consigo. Que, además, cualquier escritor habla de lo que se le da la gana. Y eso está muy bien. Hay excelentes novelas mexicanas de muchísimos temas que no retratan la realidad de la mayoría de los habitantes del país. Pero sigo preguntándome por qué hay muy pocos autores a los que sí se les da la gana de hablar de lo que cualquiera puede ver al caminar por las calles de nuestras ciudades. A mí me encantaría leerlas. ¿Y a usted?

P.S.- Cuando pregunté esto en redes sociales la semana pasada, gratamente recibí una enorme cantidad de respuestas y de frases dichas en los talleres. Por ejemplo: “es panfletario”, “el realismo es bien aburrido”, “esa literatura está fuera de moda”, “el arte debe comprometerse con el arte mismo” y muchísimas más. Hartas gracias a Omar Delgado, Francisco Rangel, Carlos Hinojosa, María Teresa Montes y todos los demás (imposible listarlos) que enriquecieron este diálogo que, me parece, es importante continuar.

 

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