Poesía
Cicatriz del canto
Diego José
FOECAH, 2015

—Badiou tiene razón.

O sencillamente:

—Sí, es el Amor.

Si Cicatriz del canto (Foecah, 2015), el reciente poemario de Diego José, fuera interrogado, quizá respondería de alguna de estas dos formas.

Frente al deconstructivismo cuya apuesta por el relativismo absoluto ha echado raíz en todos los ámbitos, artes y literaturas, el filósofo francés Alain Badiou ha hecho una modesta pero poderosa propuesta. Sin aspavientos, con sensatez y mesura —otro parecido con Diego José—, Badiou ha dicho que aún hay solución frente a las dos grandes decepciones del último siglo. Contra los fallos del comunismo y la rapacidad del capitalismo, reivindica el potencial transformador de la política, la ciencia, el arte y el amor.

El poemario de Diego José es una apuesta por el Amor (con mayúscula) frente al poder de dios (con minúscula). Esto importa mucho, tanto por su significado mismo, como por el pasado poético de Diego José. Hace 15 años publicaba su primer poemario, Cantos para esparcir la semilla (FETA, 2000), y en él aún tenía fe en el poder de la palabra de incidir, de modo positivo, en el acontecer. Han pasado tres lustros, varios libros de poesía, de ensayo y de narrativa suyos, y ahora aparece este poemario. Es un libro que habla de un poeta en madurez dolorosa. En efecto: hay un ser que se duele de la vanidad y los errores, pero reconoce la potencia de la vida sensible: “el intelecto enmudece cuando la emoción canta”, nos dice. Y por otro lado, no es un libro cuyos poemas convenga leer aislados: su mensaje se alcanza leyéndose en conjunto; digámoslo de otro modo: aspira a ser leído de forma amplia, a la manera de los poemas extensos de Octavio Paz, de José Gorostiza, de Jorge Cuesta, o, mejor aún, de Vicente Huidobro. Para entregarse completo, pide a cambio ser leído como lo fueron los grandes poemas de estos grandes poetas.

Está dividido en siete cicatrices de canto. Al comienzo pareciera tratarse de la entrada a un amplio recorrido o, en todo caso, a una cartografía simbólica, espejo de los estadios emocionales de un sujeto, un hombre, un poeta, en descarnada maduración dolorosa. Pero decíamos que no es menor el encuentro vis a vis entre el Amor y dios. Cicatriz del canto tiene muchas resonancias religiosas. No es casual que el número 7 se repita aquí y allá. Su estructura general, de 7 grandes cicatrices, corresponde, nada menos, con el número de días en que dios creó el mundo. Desde allí se entabla asimismo una liga-homenaje con un gran libro de cantos de la poesía latinoamericana: Altazor, donde Huidobro proponía en 1930 la muerte de un idioma que él encontraba cada vez más hueco, y anunciaba el nacimiento de la palabra nueva.

Sin embargo, no sólo es evidente un gran homenaje a Huidobro, porque ambos poetas comulguen (¡vaya palabra!) con la idea de la creación desde cristianísimo número 7. Lo que parece más destacado es el homenaje y la apuesta de Diego José por el creacionismo, ese movimiento bautizado por Huidobro, cuyo juego con el idioma devino en una poética.

En el séptimo y último canto de Altazor, Huidobro escribe una serie de versos en lo que él esperaba que fuera el nuevo idioma: la nueva concepción del mundo:

Ai aia aia
ia ia ia iii
Tralalí
Lali lalá
Aruaru…

Diego José, al final de Celda, escribe:

Cuál canto madre para recompensar la mordida de los nervios
Un alalíalalí ala lai
La la laí la la la lai
cuando el agua sane el socavón de tu sed
y amanezca una filigrana de oro en tus labios
qué lalaí lala laí lala laí
tocará el cristal de tus ojos con su silencio

Los capítulos más acendrados de Cicatriz del canto son Éxodo, Celda y Restauración. Son, además, una clara referencia al segundo libro de la biblia, Éxodo, donde se narra la esclavitud de los hebreos en Egipto, quienes serían liberados por Moisés y conducidos hacia la tierra prometida. Celda hace pensar en el momento de recogimiento que vive un monje en un monasterio, en su celda, que vuelve la vista hacia sus adentros, y se sienta a contemplar y reflexionar.

Puesto así, pudiera parecer un poemario puesto del lado religioso. Y lo es en la medida en que es imposible no ligarlo a esas referencias (más específicamente, a las católicas). Pero si lo entendemos cercano más bien a los elementos que la Biblia ofrece como libro, como pieza fundacional de la vida espiritual occidental, y más aún, de la vertiente contemplativa, el poemario invita la reflexión sobre el sujeto, sobre las carencias, y sobre la conciencia de la fragilidad de las propias certezas. El capítulo Restauración es acaso el más interesante en esta apuesta por un Amor que está por encima de dios: son nuevamente siete poemas divididos pero no con números, sino con letras, que van de la A a la G, esto es, la reivindicación de la palabra. Es nada menos que en Restauración, donde se presenta un “ángel que anuncia el triunfo del Amor”.

Hay una valentía en nombrar al Amor, en mayúsculas, en apostar por ese grandioso amor. Terrenal, humano, sencillo, como del que nos habla Badiou. Uno donde lo que destaca es el cuidado del ser humano por el ser humano. Y cobra mayor interés, porque coloca esta propuesta frente a dios. Así, en minúsculas. Un dios que se asoma por una llaga, no uno que controla todo. No reniega el poeta de su creencia en lo sagrado, pero con todo y ser muy importante, nos muestra que hay cosas más importantes.

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