Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua

John Keats

 

Para Arturo

I

Keats tenía 26 años cuando murió por la tuberculosis que lo aquejaba. Para entonces ya era el poeta del Endimión (1884), de la oda A una urna griega y de la Oda al ruiseñor (1920).

No le contentaba lo efímero de la materia ni de su propio cuerpo; aspiraba a la esencia de las cosas. En cierto sentido, la enfermedad lo expió de la falta de propósito con que se nace al inclinarlo a la escritura de sus poemas definitivos. Dijo poco y suficiente: su poesía le costeó la estancia en la vida, tal como se paga por cualquier otro viaje. Nadie puede asegurarlo, pero es posible que en el trabajo Keats existiera la convicción de estar presente en dos momentos: una vez para habitar su instante y otra para pervivir.

Sobre su tumba mandó grabar: “Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua” y algo nos queda de su paso por el mundo a mis amigos y a mí, que cerca de su edad no hemos ganado el privilegio de morirnos.

II

Imaginamos nuestros epitafios como si tuviéramos derecho a ellos, coincidimos en no contratar seguros de vida y hasta hoy, podemos contar esa decisión entre las pocas sensatas que hemos tomado.

Quizá pensar sobre la muerte haya servido para entender que no hemos entregado nada en pago por nuestros años, que acumular edad no significa crecer y que aún con trabajo y dinero, la moneda con que se paga al Caronte en el cruce al otro mundo debe ser otra cosa.

Cada uno construye para habitar la vida, una relativa felicidad. Un amigo es propietario de un café- bar que recrea la herida de la revolución industrial, cuando las máquinas reemplazaron el trabajo de los hombres.

En el lugar hay piezas de autos (la parrilla de un jeep wyllies y otras chácharas que no sé nombrar), maquinaria ornamental (un torno manual de más de 100 años de antigüedad, que fue el regalo de un extraño) y jarras con pátina de una época que echamos en falta, pero en la que nunca estuvimos.

El letrero luminoso de la entrada, la mezcla de pintura en las paredes; las mesas y sillas de madera y la barra empedrada donde se sirven los tragos son resultado de un trabajo artesanal que tomó poco más de dos años. También los planos de construcción que decoran el fondo del salón fueron hechos por la mano del propietario alegorizando a otra-obrera y desconocida- en un tiempo que apenas acertamos a imaginar y que converge con otros en los elementos anacrónicos de la decoración.

III

Si a mi amigo le diera por morir, la mayoría de sus rezagados en vida pensarían en el jazz y la las lámparas de petróleo cuando lo nombraran en voz alta o en silencio.

Yo conozco su lugar, que es también obra, bajo la luz de distintos horarios, y desde esa vista externa, simultánea a la construcción (como en una narración metatextual si habláramos de literatura), también el creador moriría para mí de una forma distinta. Mi recuerdo podría encontrarlo buscando insumos en un supermercado, dictando estandarizaciones o deshuesando con un gesto de asco insuperable. el pollo para la jornada siguiente.

Nadie vería estas cosas. Toda magia es anónima porque no se sospecha de su origen en tierra.

IV

Si muriera hoy mismo lo único que mis deudos sabrían es que la mayoría de mis actos ocurrieron en la escritura que ensayé o en la palabra de otros. A partir de entonces, el mundo que me era constreñido y cerrado, hizo de sí sus puertas y ventanas; su posibilidad.

Tuve una beca de creación literaria y viví fuera de mi ciudad durante un año en una capital que me pareció demasiado grande para encontrar un espacio de arraigo más allá de la escritura, en un principio, pero a la que ahora vuelvo como a un segundo origen en cada ocasión propicia.

Desde esa ajenidad trabajé algunos poemas, que publiqué un año después en un pequeño libro. Gradué de la carrera de comunicación y trabajé en la oficina de publicidad de un periódico, donde escribí a hurtadillas, y luego en la redacción comercial del mismo, donde seguí haciéndolo en los tiempos muertos.

Ahora estudio una maestría en literatura; empresa en la que paso el día entero, todos los días reflexionando sobre otras escrituras; alternando entre el adentro y el afuera de espacios improbables.

Mi casa creció como no suelen hacerlo las casas en la tierra. Desde entonces habito en una amplitud sin medición.

V

Hace varios meses presenté mi libro en el café. Conocí el lugar mientras cerraba un trato publicitario, sin pensar que trabaría amistad con el que ahora, por mi culpa, también colecciona epitafios.

Pude reconocer en ese espacio una voluntad hermanable a la mía; una construcción sostenida en la persistencia, por momentos a ciegas, como en un acto de fe y vi erigise el negocio desde sus accidentes: le supe las goteras, la carne echada a perder por un descuido de refrigeración y tiempos; le conocí sus altercados de gente, las deudas, el cansancio y ningún lugar me fue más entrañable.

Vi crecer el negocio en su ser perfectible, en su aspecto cada vez más pulido, en el ir y venir de gente nueva, la introducción de la cerveza y el jazz. Lo mismo vi mi escritura en construcción hacerse de sus errores, de la arritmia y los lugares comunes, de la falta de unidad, la premura y de lo que no alcanzo a notar todavía.

Todo esto nos importa porque en ello nos va el presente; pero nos sobreponemos el error para seguir, nos perdonamos ad infinitum, rectificamos: uno tira una pared o rehace una mesa, olvida un poema, reescribe un poema, viaja al otro lado de la ciudad a buscar un mejor grano de café, o lee a otro para perder el miedo de encontrarse a sí mismo. Uno va, viene, insiste en su deseo de ser y envejece en el camino sin saber si como Keats, cuando muera, habrá pagado el precio de extinguirse con lo que fue su relativa, completa felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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