El 24 de junio de 1949, un día de San Juan, Pachuca sufrió una grave inundación. Las calles del centro quedaron cubiertas por el agua acumulada desde las montañas sobre el cauce del Río de las Avenidas. Dicen que horas antes, en Real del Monte, se vio una enorme nube negra y que los cadáveres de las víctimas fueron a parar hasta “El Venado”, al sur de la ciudad, actual zona de fraccionamientos residenciales con arquitectura carcelaria, la arquitectura del mundo que nos quieren imponer.

Antes en Pachuca la gente solía “guerrerear”, pasear por la calle Guerrero entre dulcerías, zapaterías y tiendas de ropa. En ese entonces, todas las “clases sociales” habitaban en el primer cuadro de la ciudad que concentraba también a las instituciones de poder como la Procuraduría de Justicia, que estaba frente al edificio de las Cajas Reales. Dicen que al pasar por ahí a la medianoche, se escuchaban las golpizas a los detenidos, “unas chingas con golpes, toques, batazos, de todo”.

Estas memorias han surgido en la conversación hacia la séptima caminata de la serie Recorriendo Hidalgo, organizada por la Fundación Arturo Herrera Cabañas. Debido a que las autoridades de Tepeapulco no dieron respuesta a la solicitud de apoyo a protección civil para subir al cerro del Xihuingo, vamos al Tecajete, un volcán que explotó hace millones de años y que se encuentra en el antiguo territorio teotihuacano, de enorme valor histórico, que llegaba hasta las minas de obsidiana de Epazoyucan. 

Es probable que el nombre del Tecajete provenga de la palabra náhuatl Tlecaxitl, que significa anafre o brasero. Es un cerro con varios ecosistemas, en él hay cactus de cientos de años de edad, familias de coyotes y aún se cuenta en sus alrededores la leyenda del Ahuizótl, un ser mitológico mexica que habitaba en las lagunas.

Desde la carretera es inevitable mirar los cerros devastados por la minería, un negocio que a pesar de ser poco rentable para los pueblos continúa en crecimiento a pesar del daño claramente visible al entorno. Llegamos a Zempoala, donde nos recibe Gerardo Bravo Vargas, quien junto con otros jóvenes investigadores trabaja por preservar la memoria de la localidad. Gerardo cuenta diferentes detalles de la región, de su forma de vida y el daño sistemático visible en el paisaje; destaca que no es uno sino varios los asentamientos que podrían perderse en los próximos años a pesar de ser una zona con declaratoria de protección UNESCO, entre ellos el vecino cerro de Zontecomatepec y los lejanos pero parientes históricos San Miguel Tlatepoxco y Capula; por fortuna, el paisaje cercano al cerro del Tecajete aún no ha sido profanado.

“Viva la Virgen” se lee en un conjunto de piedras blancas pintadas con cal a la mitad del cerro. Nos cuentan que antes, en las mismas piedras, se leía “Viva Díaz Ordaz” o “Arriba y adelante con Echeverría”, los ex-presidentes genocidas. No sé cuál de las tres frases me da más desconfianza. Colocar así las piedras en los cerros era una práctica común en los tiempos de la dictadura perfecta priísta, que definió Mario Vargas Llosa.

Al amanecer, el cerro prepara su propio temazcal, con las hierbas frescas y el sol de la mañana. Desde las alturas contemplamos la altiplanicie de Apan, lo que en tiempos de la economía colonial fuera epicentro de la producción pulquera hasta su transformación con la llegada de la industria de la cebada, cuando las compañías cerveceras empleaban estrategias para desprestigiar al pulque y tildarlo de bebida antihigiénica preparada con “muñeca” (un trozo de tela de manta con excremento humano). Asimismo, fomentaron el consumo cervecero al llevar partidos de baloncesto a los pueblos. Aún es posible ver los restos del antiguo sistema de aguas, donde podía encontrarse una embotelladora que producía un pulque enlatado llamado “Magueyín”. 

El libro: Memoria sobre el Maguey Mexicano y sus diversos productos, escrito en 1864 por Manuel Payno, dice que en los llanos de Apan se conocían treinta variedades de metl o maguey, entre ellas: el Mechichitl o negro, utilizado para cercar terrenos; el Tepalcametl o cimarrón amarillo de dos metros de altura; o bien, el maguey manso legítimo, propio de la región, descrito así por el autor: 

“Un maguey así es un objeto de admiración no solo para el naturalista, sino para todo el que sea aficionado en observar el pleno desarrollo de las plantas. El líquido que produce es muy abundante, cristalino, dulce y sabroso, y su producción dura seis meses; cien mil magueyes de esta clase equivalen a los tesoros de una mina de plata”. 

Hoy en día el “Pulquicornio” es una bebida preparada con varios curados que dan al tarro un aspecto multicolor, se trata de una innovación en el consumo local de pulque que sobrevive a  la ocupación cervecera; en una región con una crisis de agua polemizada actualmente por la apertura de una planta del Grupo Modelo. Un proyecto que pone a prueba la responsabilidad social de la empresa que fue inaugurado en marzo de 2019 y tiene la capacidad de producir 18 millones de botellas de cerveza al día.

Grupo Modelo ha prometido construir pozos de agua frente a la batalla legal que enfrenta con habitantes de la zona por ocupar un acuífero protegido. Y como ha documentado el diario El País: “el acuífero de Apan cuenta desde los años cincuenta con dos decretos de veda que impiden la extracción de aguas subterráneas debido al riesgo de sobreexplotación. Pero la letra pequeña de la normativa permite a la Conagua autorizar concesiones si así lo juzga necesario”. La moneda está en el aire, que pinta bastante nebuloso.

A medida que subimos el monte es posible distinguir el antiguo cráter del volcán cubierto de vegetación y la ladera por donde escurrió la lava. El paisaje revela también a la antigua cartografía prehispánica. Gerardo, nuestro guía, habla sobre los combates ordenados que se organizaban en las faldas de los cerros. Y de cómo desde aquí había dos salidas hacia el Golfo de México que partían de Otumba, eran rutas para las más diversas actividades comerciales, entre ellas el famoso pescado fresco para los tlatoanis mexicas. 

Según el Xiuhpohualli, el antiguo calendario mexica, estamos en la veintena y celebración del Huey Tecuilhuiltl: la gran fiesta de los señores. Al sur se ven los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl, el primero acaba de exhalar una fumarola. La imagen me conecta con Epitafio, la película de Rubén Imaz y Yulene Olaizola, que cuenta la misión que Hernán Cortés encomendó a Diego de Ordaz de subir al cráter del Popocatéptl en busca de azufre para hacer pólvora antes de conquistar Tenochtitlán. Advertidos por los Tlaxcaltecas de no subir pues la cima está habitada por los dioses; los conquistadores siguen un camino que despliega sus demonios internos e imaginarios medievales.

Ya en la bajada, con el buen humor que provoca la caminata, el grupo intercambia bromas que rayan en albures relacionados con “el pulque muchachero, afrodisiaco que provoca en el que lo consume, poner la bala donde pone el ojo”. Hablamos también sobre la leyenda de Mayahuel la diosa del maguey y sus cuatrocientos senos. Se dice que había 400 dioses menores del pulque que podían encarnar en múltiples formas bajo los efectos del alcohol combinados con la personalidad del borracho: mala copa, alegre, chillón, etcétera. Por eso la tradición dice que no hay que pelearse con los borrachos, pueden estar poseídos por las deidades.

Hablamos también sobre la palabra centli, que tiene que ver con la mazorca de maíz, pero posiblemente significaba la cosa primigenia, el origen. Y de la celebración del Ometochtlahuiztli, donde a una piel de conejo llena de pulque le ponían multitud de popotes falsos con excepción de uno que funcionaba. La piel a manera de vasija era rodeado por jóvenes que tenían que encontrar el popote bueno para beber el pulque y sólo uno podía ser el afortunado, este personaje recibía entonces al dios del pulque, lo encarnaba y era homenajeado. 

En la carretera de regreso, uno de los compañeros cuenta su ida al Festival de Rock y Ruedas de Avándaro en 1971 en el Estado de México. Eran adolescentes y tomaron el auto viejo del padre de uno de ellos para ir a escuchar a bandas como: El Ritual, los Dug Dugs, La Fachada de Piedra, Canet o la Revolución de Emiliano Zapata. Esta última, se convirtió años después, en un grupo de baladistas que tocaron para Los Bukis y Rigo Tovar. Pues ante la represión del gobierno luego del festival, la alternativa para todo una generación de rockeros fue: desaparecer, vivir la clandestinidad, emigrar o transformarse hasta que la censura se disolvió en los años ochentas, cuando surgió una nueva generación de bandas con Café Tacuba, Maldita Vecindad, Caifanes, etcétera. 

Esa noche en una fiesta alguien cuenta una anécdota: “en 1988, cuando los Caifanes vinieron a tocar a Pachuca, sus peinados distrajeron a los conductores de la Avenida Madero y provocaron una carambola”. Cuando tuiteó la historia, alguien responde que no hubo tal choque, sólo se trataba de automovilistas que detenían sus autos para verlos. En cualquier caso, la historia deja ver nuestro provincianismo –apretado entre los cerros– siempre interpelado por la cercanía de la Ciudad de México y el mundo.

 

 

Nota: muchas gracias a Gerardo Bravo por las aportaciones y ajustes de información para esta crónica. 

 

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