“Solos, en un país donde no hemos vivido nunca,

Con la esperanza de los que pierden toda la esperanza”

Omar Pimienta

La lectura de Trenes para demoler un río, comienza con una inscripción en la palma de la mano. En la extremidad superior izquierda del autor se avista una cicatriz que señala “el día exacto en que inició el derrumbe”. Lo primero en caer fueron edificaciones, luego algunas fachadas conocidas, los muros de una casa y finalmente el yo lírico, uno mismo, todos: la ciudad.

Estas imágenes, extrañas por su filiación esotérica en la escritura de Edgar Rincón -más fiel a la lógica que a la intuición- confirman el vínculo entre el hombre y su lugar de origen y reproducen el principio hermético de la correspondencia, el del todo contenido en el todo; esa ley que ninguna inteligencia consigue abolir o explicar.

Rincón escribe con la mano izquierda y justo ahí, donde la herida, está también la marca de nacimiento y los motivos para permanecer. En un poemario compuesto por cinco secciones y cincuenta y dos textos, la ciudad aparece como un dibujo emborronado, sobreviviente a los años en guerra y al intento por ocultar los signos indelebles de ese tiempo.

“Inútil es el brillo de la pintura nueva/ ridículo el disfraz de una miseria tan antigua/esta calle para mí es la misma./ El polvo de mis zapatos sigue recorriendo los eternos callejones del dolor”, dice el poeta, donde lo que duele, no es el reconocimiento de una ciudad en ruinas, sino la objetividad con que se observa el lugar donde se ha crecido.

Más adelante, en una elipsis de la imagen inicial, (la de la mano) en el poema Mejía y Francisco Villa, Rincón nos entrega una estampa impresionista del invierno en el centro de Ciudad Juárez:

En la parte baja de ese edificio le digo a vera

Había dos grandes ventanas y tras de ellas

Una galería de cuerpos disponibles

El invierno era lo más parecido a un mostrador de carnes

Podías verlas temblando frotándose las manos

Encenciendo un cigarro ancladas en la ilusión de procurarse el calor

-vamos a ver a las putas- decía uno de nosotros

Y eso era todo lo que hacíamos

                  Verlas y señalarlas con un dedo

Nos quedábamos ahí riéndonos

                  Con la intención de lastimarlas a todas

A los 20 años sin darte cuenta

Ya eres algo más triste que un animal enfermo.

La predicción del inicio se cumple en la caída, en el caos que pasa inadvertido por el deseo de ignorarlo y en el derrumbamiento interno de los habitantes de la ciudad. Bajo esta luz- la que llena el espacio vacío- suceden también la orfandad y el desarraigo: “Yo pisé estas calles antes que las ruinas/ fueran los únicos habitantes de mis pasos/ no había nada que enterrar/ porque nada que fuera mío sucedió aquí”, dice la voz desde un exilio que comienza antes de marcharse.

En otro momento, de pie en el cruce de una calle que se ha convertido en puente, el hablante lírico se ve a sí mismo como un “hombre colgado de una mano”, una figura que se borra a la distancia mientras dice adiós.

A partir de la subjetividad, “del adentro hacia el afuera”, el poemario reflexiona sobre la supervivencia de la urbe en un sentido más amplio: presenta un Juárez que se sobrepone a la crudeza de sus inviernos, a la fuerza de un río que lo divide del resto del mundo y a una permanente demolición.

En Amanecer en la calle Oregon y Stanton, el poeta observa la ciudad desde el otro lado de la frontera y encuentra, a esa distancia, otra ley: nada expira en el apogeo del dolor, ese estado en el que al fin, se está más e irremediablemente vivo.

“Cada uno de nosotros perdiendo su batalla con la vida/ no hemos caído con la noche y no lo haremos pronto” advierte, mientras la ciudad se reconstruye y se puebla, lentamente y con trabajo, de nuevos significados.

tren

 

Trenes para demoler un río

Bagatela Press, 2015

Ciudad Juárez- El Paso

Edgar Rincón Luna: es Poeta y diseñador gráfico nacido en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 8 de septiembre de 1974 donde se formó como escritor en los talleres literarios del museo del INBA. Es autor de los poemarios Aquí comienza la noche interminable (FETA, 2000) y Puño de whiskey (Ediciones Sin Nombre, 2005).

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Imagen tomada de: https://unargentinoenjuarez.files.wordpress.com/2013/04/sdc10573.jpg

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