Por Aldo Mejía

Un par de años han transcurrido desde que Alex Anwandter sacó Amiga (2016), muchas cosas importantes han ocurrido en los planos políticos y sociales del mundo -desde la llegada de gobiernos que coquetean con el nacionalismo hasta el avance constante de las identidades que quiebran los convencionalismos sexuales. El músico chileno no es ajeno a estas cuestiones y es a partir de ellas que hace unas semanas llegó Latinoamericana (2018), cuarto trabajo en solitario del artista.

Fue a propósito de su presentación en SALA Puebla, este jueves 1 de noviembre, que me reuní con Alex quien, aunque se muestra contrariado y pesimista frente al panorama político del continente, también presume con orgullo haber logrado un trabajo más pulcro en los estándares que se ha propuesto.

¿Cuál es la sensación ahora que las once canciones de Latinoamericana ya están fuera, que tus fans las tienen en sus manos y se está generando una conversación a partir de ellas?

Me gusta y estoy satisfecho, siento que las personas están respondiendo como pensaba y esperaba. Igual, en todos mis discos hay un periodo como de una semana en la que los comentarios son “el disco pasado me gustaba más” o “no es tan bueno como el último”, aunque después les va cambiando la impresión, así que ya no les creo mucho. Seguro que en el próximo van a decir lo mismo. Les va como entrando poco a poco.

Este disco, sobre todo, siento que es de una gratificación más profunda. No ultra pop, ultra bailable, sino que hay que tomarse un poquito más de tiempo. A mí me gusta mucho mi público, mis fans, y siento que hacen el trabajo conmigo, por decirlo de alguna manera, y para mí eso es suficiente.

¿Vinieron primero las letras o los ritmos en tu proceso creativo?

Hay de todo. Considero que es parte de mi oficio estar alerta a cualquier idea y éstas vienen de un grupo de acordes, de una letra, de un concepto o de un título, que es algo que ha ocurrido y se lo aprendí a los Pet Shop Boys, que se me hizo como muy bacán y me salieron varias canciones muy buenas.

Cuando escribí Manifiesto fue porque pensé, “uhm, yo debería de tener una canción que se llame Manifiesto”. Pero ahí está el reto porque la canción debe de estar a la altura de un título tan grandilocuente, tampoco es como que se te ocurra una idea y salga algo genial de inmediato. Hay que darles su justa medida a las palabras porque no puedes hacer dos canciones que se llamen Manifiesto como “este es mi nuevo Manifiesto”; tienes una sola oportunidad y tienes que hacer que valga la pena.

Un aparente sincretismo se repite en los once temas de la placa: el encuentro de letras con mensaje, crítica y reflexión con ritmos bailables y que se antojan festivos. Además, un par de temas son interpretados por Alex en portugués de los cuales, me cuenta, surgieron al descubrir la identidad latina que habría de permear en todo el concepto.

Se me hizo súper obvio que no podía excluir algo tan grande en Sudamérica como Brasil y justo mi idea fue desmantelar la idea muy instaurada, según yo desde las dictaduras latinoamericanas y no antes, de que somos una cosa separada, que vivimos en un continente paralelo a ellos”, apunta con el rostro impasible y continua, “La inclusión de esas canciones, más que responder a la nostalgia por mi infancia o un homenaje a mi papá, se trata de conectar ese hilo y los artistas que escogí en particular fue porque mantienen justo ese diálogo con otros artistas cantando en español en su época. Hecho que se perdió, y más que perderse, lo prohibieron. Fueron censurados.”

Alex compuso, grabó, produjo y mezcló el álbum en solitario, cuando le pregunto qué tan complicado resulta no ser complaciente consigo mismo y con su trabajo, asegura que eso se debe a la capacidad que tiene un artista de autoeditarse, mismo que define como un aprendizaje clave que no muchos artistas se dan a la tarea de aprender. En mi planteamiento, reflexiona, hay una especie de paradoja puesto que es imposible que todas las ideas que vengan sean buenas y no plantea una idea si no cree que es buena.

“Hay que aprenderse a mirar desde fuera con un dejo de crítica, pero no es como flagelante, simplemente crítica. Siempre va a ser necesario tener estándares propios, que no impliquen la comparación con otros artistas, porque no conduce a ningún lado, es tener ideas con las que quieres cumplir”, sentencia convencido de las ideas que han logrado entrar en su cuarto disco.

Para serte sincero, me “preocupa” un poco que en tus letras estés expiando una especie de culpa burguesa. ¿Esto a qué se debe?

Ocurre un poco más en mi vida que en mi disco. Más que culpa, a veces me cuesta trabajo sentir placer o disfrutar plenamente las cosas, pero ese tipo de pensamientos esconde varias ideas medio nocivas. Uno, una especie de presunción megalomaníaca de que lo que yo haga en el mundo hace una diferencia. Dos, una visión medio depresiva de las cosas como de “el día está lindo, disfrútalo” y de ahí trazar una línea hasta el sufrimiento de los niños en África. Sí me interesa la culpa burguesa como un tema, pero se me hace más complejo como para analizarlo en un disco. Justo me interesa explorarlo en un cortometraje.

Te he leído poco optimista respecto al panorama latinoamericano, sin embargo, creo personalmente que, las cosas no están tan mal y que es a causa de los artistas que se pueden seguir impulsando ideas de tolerancia y respeto. ¿No crees que la música pueda ser un conductor del cambio?

Siendo completamente honesto, no sé si funciona esto como de causa y efecto la relación entre arte y sociedad. Es obvio que una persona no escucha una canción y cambia automáticamente sus convicciones políticas. La influencia o los efectos de lo que uno hace son mucho más intangibles. Con la elección de Bolsonaro me cuesta trabajo ser optimista. Pero si como tú, me pongo a pensar en el futuro, y también creo que la gente no puede ser fascista el resto de la vida.

Bertolt Brecht refería, palabras más palabras menos, que el arte servía como un martillo para moldear la realidad, esta concepción que tenía el dramaturgo y poeta alemán era una contraposición al concepto que predominaba de que el arte es un espejo que refleja la realidad. El músico y productor chileno asegura transitar entre ambas visiones del arte. “Hay cierta cantidad de tristeza y sentimientos de alienación personal de los que puedo hablar, pero no voy a hacer una carrera entera hablado de lo triste que me siento. Sí me parece importante hacer un gesto de confrontación y lo busco frecuentemente”, dice antes de aclararse la voz con un trago de agua.

La satisfacción que refieres sentir frente a estas once canciones, ¿la encontraste al tener el resultado final o fue a lo largo del proceso?

Esas sensaciones de satisfacción van y vienen. También soy una persona, y hay días que me siento con más confianza y me veo más bonito en el espejo, y otros que no. Esa sensación de confianza va y viene. También hay una especie de inseguridad infinita de “por qué demonios hago canciones y de qué sirve”, me lo pregunto frecuentemente. Yo creo que más que satisfacción, encontré una especie de solidez que no había visto en, por lo menos mi disco anterior que tenía un espectro estilístico muy amplio que me hacía sentir, no dubitativo, pero sí como explorando identidades y esto es sólo yo. Un gesto limpio de mí mismo, y eso me deja tranquilo en un grado artístico.

Muchos de tus fans se han quedado con las frases de connotación “negativa” de tu disco, pero a mí me gusta rescatar en particular la frase “Va a ser un gran año”.

Curiosamente, algunas personas me han citado esa frase y yo creo que es porque toca una especie de, y es una de las razones por las que la escribí, porque es el tipo de cosas que uno se dice en la intimidad con alguien, en una relación de profunda confianza, de cara los tiempos malos. Creo que tiene mucho peso, a pesar de lucir muy cotidiana, de tener muy poquitas palabras, por esa fuerza como de estar en una especie de abrazo íntimo como de decir “vamos a superar esto”.

A propósito de la intimidad, le pregunto qué tan difícil ha sido para él conservar esa parte de su vida. Sin embargo, asegura que es bastante natural a pesar de mantener un forcejeo con un mundo que provoca a usar la intimidad como moneda de cambio, como algo a la venta. “yo podría hacer un millón de cosas que me harían más popular y vender más, y no es que no me interese vender, pero no quiero vender esa parte de mi vida. Quiero ser una persona también”, dice convencido de sus palabras para luego confesar que le invaden al mismo tiempo rabia infinita, frustración y hasta la risa cuando una selfie suya en el baño tiene tantos likes como la publicación de un álbum que le tomó más de un año hacer, lo que asegura haber sucedido. “Eso habla más del mundo que de mí”, acota sin un dejo de molestia.

¿Cómo es vivir en el Estados Unidos de Trump?

Había iniciado el proceso de mudanza antes de la elección, así que todo fue bastante agridulce. Sabes que tampoco es como que viva en Kentucky, estoy en California que es súper agradable, la gente es súper buena onda, hasta un grado absurdo a veces. Tienen una cultura de la buena onda y la salud medio hippie y hay mucha gente bien interesante y muy intelectual. Es un lugar muy cosmopolita, que era algo que me hacía falta luego de vivir en Santiago, que es como el culo del mundo, no puedo definirlo de otra manera; estamos súper encerrados allá y nos pelemos todos contra todos.

Sé que uno de los motivos de tu mudanza a California era por la cercanía con México, ¿qué significa este país para ti?

Yo soy como la pesadilla de mis managers en el sentido de que nunca estoy pensando en los mercados que podría conquistar, mi mudanza tiene mucho más que ver con mi vida, mi visión y mi estado emocional que con estar bien posicionado geoestratégicamente. Me encanta la cultura mexicana, me fascina estar cerca de ella, tengo familia mexicana. No sé si se sabe, pero la portada de la carátula vine a hacerla acá hace un par de meses, y para mí es genial hacer ese vuelo cortito para conocer un poco más de este mudo que no he conocido tanto como he querido. No conozco Xochimilco, las pirámides y es un mundo que está más cerca de mí, que me produce mucha admiración e interés y que quiero explorar, no tanto el ser famoso.

Hasta aquí llega nuestra charla y me despido de un Alex Anwandter que, a pesar de su manifiesto pesimismo, se ríe de forma franca y abierta. Debe ser la serenidad de quien es fiel a sí mismo.

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