Fue extraño porque era como si la oscuridad siempre hubiera estado ahí. A tientas, palpaba la textura de las paredes para tratar de averiguar dónde se encontraba. No recordaba cómo había llegado a ese lugar, que a juzgar por lo que le decía su tacto, era una caverna húmeda, como si se tratara de su propia boca.

Pensó que permanecer inmóvil era una mala idea, así que decidió avanzar y buscar alguna salida. Con esa determinación, comenzó a caminar; con sus manos y pies se abría paso, torpemente, pues casi no se veía.

Aturdido, volvía a intentar recordar cómo había llegado ahí, pero su memoria alcanzaba hasta su propia imagen: la de un hombre tentando las paredes húmedas de esa especie de bóveda.

Siguió avanzando y entonces, cansado, decidió tomar un respiro. Buscó un lugar donde sentarse, para lo cual usó sus manos. Pensó que cualquier roca le sería de ayuda para apoyarse y descansar.

Al encontrar por fin una piedra estable y capaz de aguantar su peso, se apoyó sobre ella y volvió a esforzarse para intentar recordar el pasado inmediato, pero sus pensamientos sólo le devolvían confusión. Además lo invadía el cansancio y, como había poco oxígeno, su organismo le decía que lo mejor era no perder energías en algo distinto a la urgencia: salir cuanto antes.

Una vez que su cuerpo recobró energía, volvió a su andar, sólo que al intentar levantarse, sintió un dolor en la espalda que no había experimentado antes. Con su mano masajeó el dolor y percibió un ligero alivio.

Pasó el tiempo y su esfuerzo parecía en vano. Unos pasos sucedían a otros y lo único que conseguía era cansarse más sin ver alguna rendija que le indicara la posibilidad de encontrar una salida.

Sus labios comenzaban a arderle, el dolor de la espalda ya había regresado en su totalidad, y la humedad que percibía en las paredes era inútil para calmar su sed. ¿Qué haría? ¿Lamer los muros? Sopesó la posibilidad de beber de alguno de los charcos que sentía al caminar en ese suelo irregular, pero lo animaba más encontrar una salida rápidamente.

Pensaba que en cualquier momento saldría de ahí y podría tomar un vaso. Nada tan fácil como beber agua, pensó.

Siguió caminando hasta que comenzó a sentirse mareado. Las náuseas lo obligaron a sentarse en cualquier lugar. Cerró los ojos y espero a que el vértigo pasara.

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