El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados

Kundera

La definición de vértigo que construyo, o simplemente asimilo de algunas lecturas es la de un punto de convergencia entre el miedo y el deseo; no precisamente la del sobrecogimiento debido a la altitud o la posibilidad de caer.

Mi primer vértigo fue hace tanto que ni siquiera consigo aproximar la edad que tendría entonces. Nos recuerdo a mí y a mis primos en una vacación rural. Aunque el campo siempre estuvo presente en la vida familiar, para nosotros‒ una vasta generación de nietos‒ la tierra de nuestros padres y abuelos existía como una imagen injertada, fija por referencia en la memoria y no por el recuerdo. Éramos niños de ciudad. Nunca aprendimos a ensillar un caballo y mucho menos a montarlo, pero nos cautivaba la amplitud de paisaje y la fauna en que veíamos emerger los monstruos mitológicos de los libros o la televisión. Solo a partir de esas forzadas relaciones, la vida del campo llegaba a pertenecernos. Cada verano éramos cuatro o cinco chiquillos a los que poco les daba el aire y la luz, los que asistíamos‒ generalmente a fuerza‒ a las excursiones familiares.

Durante aquel viaje que recuerdo aburridísimo, otro niño, más familiarizado con el entorno, hizo cambiar mi percepción y me sacó del letargo compartido con mis primos. En una tina rodeada de barro, nuestro anfitrión improvisó un pequeño estanque para que sirviera de hábitat a varias tortugas de río. Ahora sé que los reptiles debían ser adultos y estaban bien cuidados, porque su tamaño era equiparable al de una piedra grande o una pelota mediana. Hasta ese día, nunca había visto un tortugario tan de cerca.

El niño sacó una de las tortugas del agua y luego de un esfuerzo brusco por escapar, el animal se retrajo dentro de sí. El dueño nos explicó que la coraza protegía a las tortugas del dolor al que otros animales, incluso los feroces, estaban expuestos. Acto seguido, dio un golpe ligero sobre el caparazón y nos invitó a repetir el gesto: “es muy fuerte” decía, “no lo siente”. Poco a poco, los manotazos aumentaron de intensidad hasta que uno de los primos pidió que pusieran la tortuga en el suelo y se paró en un pie sobre el caparazón. Absortos en el juego, los demás intentaban que sacara las extremidades; la ponían de revés o picoteaban con una rama los orificios por donde se había recogido.

Nuestro amigo no decía nada. Parecía orgulloso de mostrarnos el significado de la resistencia. No puedo afirmarlo, (sigo sin saberlo) pero pienso que el animal sufría. En el momento no pude expresar lo que sentí: el juego de tortura me aterraba, pero me angustiaba más el hecho de que el reptil no muriera. Entendí la resliencia como el sino de ciertos seres capaces de soportar sin límites un dolor sin marcas visibles, sin historia en el cuerpo, condenados a la provocación inmersa en la pureza.

El cuerpo interior de la tortuga, blando y rugoso como el de algunos peces, daba la impresión de contener un corazón de espuma. Daba miedo preguntarse cuánta oscuridad habría caparazón adentro, pensar que el animal tuviera memoria, que pudiera recordar el dolor físico, la ofensa a su secreto, saber entonces, claramente, que la coraza blindaba un monstruo.

Debieron pasar muchos años para que la sensación ganara en mi mente la densidad del pensamiento. Crecieron conmigo el temor que ese día me mantuvo inmóvil, pero también el placer mórbido de observar. La crueldad en el tiempo que vivíamos no era el goce de provocar dolor, sino la comprensión de los límites del cuerpo en la vida o la muerte de una otredad incapaz de comunicar, como lo harían otros seres vivos ‒pienso en un perro o un gato‒ los estados intermedios de la agonía o la salud.

Me sentí mareada, nauseabunda. Después supe que el malestar respondía a una definición conocida. Según RAE: “Trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos que lo rodean”, “Turbación del juicio, repentina y pasajera”.

Ver a la tortuga en el suelo, aún oculta cuando al fin la dejaron, era semejante a clavar la mirada desde una altitud. Entre el horror y el placer se dibujaba una línea vertical: ese día conocí el vértigo. Al despedirnos, el niño nos regaló una de las tortugas y la puso en mis manos.

Yo no quería verla ni tocarla. Estuve a punto de devolverla al agua, pero mi padre me mandó que aceptara y agradeciera el obsequio. En carretera de una granja a otra, los primos hablaban de lo que habíamos hecho y la abuela, para evitar más crueldad, nos advirtió que si la tortuga llegaba a modernos no nos soltaría a hasta escuchar el rebuzno de un asno. En la granja familiar no había ninguno.

El anatema surtió efecto y la atención general encontró otras distracciones. Sólo yo pensaba en esas palabras. Había una justicia más allá del dolor correspondido con otro en la mordedura del reptil; el daño era un vínculo de duración indefinida entre el agresor y víctima, y esa verdad se expresaba de manera concreta en la advertencia de mi abuela como una ley extensiva a las relaciones humanas.

Más tarde hubo que construir otro hábitat, mudar a la tortuga a nuestra granja. Esa fue la segunda sacudida del vértigo. No me atreví a tocarla, ni siquiera a acercar las manos al agua del estanque. Durante años esa distancia marcó mi relación con todas las otredades. El vértigo fue el primer indicio del temblor ante todo lo que me importó de veras, ante todo lo que quise intensamente.

 

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