El espía internacional Jaime Bondurrieta abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba inmovilizado por completo, atado de pies y manos a una silla de plástico. Analizó el lugar en el que se encontraba: era una pequeña oficina de no más de dos metros de largo y dos de ancho; frente a él había un escritorio café de madera falsa cubierto de documentos y fólderes amarillos.

Del otro lado del escritorio, mirándolo fijamente a los ojos, estaba un hombre regordete y calvo. Vestía una camisa de manga corta color mostaza, de la cual pendía un gafete enmicado en el que se leía: “Satánico Dr. Godínez”.

—¡Ah, señor Bondurrieta! —exclamó el doctor Godínez dándole un trago a su Boing de guayaba—, por fin lo tengo en mis manos y le advierto que esta vez no hay escapatoria.

—¡Nunca se saldrá con la suya, malvado doctor Godínez! —replicó furibundo Bondurrieta mientras forcejeaba para liberarse de sus ataduras.

—Me temo que ya lo he hecho, señor Bondurrieta, y no hay nada que usted pueda hacer para detenerme. Por fin, después de años de planeación, tengo el destino de la humanidad a mis pies. El mundo se doblegará ante mí cuando vea el poderío de mi arma secreta: ¡el trámite burocrático más largo y tedioso de la historia de la civilización!

—¡Es usted un psicópata, malvado doctor Godínez!

—No, señor Bondurrieta, soy un visionario. Y como para mandarlo matar primero necesito entregar unas fotocopias, y los de papelería no regresan de comer hasta las cuatro, permítame mientras tanto compartirle mi visión.

—Su visión es la de un desquiciado. Yo podré morir hoy aquí, pero el resto de la humanidad nunca permitirá que un tirano como usted los domine.

—Su inocencia me conmueve, señor Bondurrieta; no se da cuenta de que en este mismo momento mi plan ya ha entrado en acción. ¡Filas interminables de personas se están formando en todo el planeta! ¡Toneladas y toneladas de papeles, fotocopias, fotografías tamaño infantil, tamaño postal y tamaño credencial; certificados de secundaria, primaria, kínder y guardería; pasaportes, cartillas de vacunación, cartillas militares, todas con sus respectivas copias por triplicado, archiveros, fólderes! ¡Mi ejército de burócratas es implacable y completamente inútil! ¡Cada uno de mis soldados está genéticamente modificado para no tener criterio ni sentido del humor! ¡Oficinas en las principales ciudades del mundo! Pasillos hasta con quinientas ventanillas diferentes…

—¡Me enferma escuchar semejantes atrocidades, malvado doctor Godínez!

—Y a mí me enferma que continúe entrometiéndose en mis planes, señor Bondurrieta. Pero ésta fue la última vez que interfirió con mis proyectos de dominación global. Antes de morir, va a ir a formarse en la ventanilla seis que está en el cuarto piso. Ahí le van a entregar una forma de veinte páginas que va a tener que llenar a máquina para después sacarle cuatro fotocopias. Esas fotocopias las entrega en el piso siete junto con cuatro copias más de un comprobante de domicilio, acta de nacimiento original, acta de bautizo, credencial de elector y sus últimas cinco boletas de calificaciones de preparatoria. Después va a esperar de cinco a diez días hábiles hasta que capturen toda la información y se va a presentar en mi otra base secreta, en Cuemanco, para que lo ejecuten los asesinos de allá, porque los de aquí están en paro laboral. Eso sí, le recomiendo que vaya antes de las once de la mañana para que no le toque tanta cola.

—¡No! ¡No puede hacerme esto! —gritó Bondurrieta con desesperación—, mis compañeros vendrán por usted tarde o temprano.

—Pues aquí los estaré esperando, de lunes a viernes de diez de la mañana a cinco de la tarde.

Acto seguido, el doctor Godínez se levantó y comenzó a empacar sus cosas.

—Ahora, si me disculpa, tengo que ir a una reunión del sindicato y no puedo llegar tarde…

—¡Es usted un degenerado! ¡Algún día se hará justicia!

—¡Margarita! ¡Lleve aquí al señor a que empiece su trámite!

—¡No por favor! ¡Se lo ruego! Écheme la mano y le paso una lanita.

Al escuchar esto, el doctor Godínez se detuvo en la puerta de su oficina y por unos instantes pareció recapacitar. Finalmente, volteó y con una diabólica sonrisa exclamó:

—¡Hasta nunca, señor Bondurrieta!

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Texto publicado en el libro de cuentos: «Y sin embargo es un pañuelo» (FETA,2014) el cual obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014.

El cortometraje es cortesía de La Sketchería

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