Por Elías Pimentel

Juntarte con tus mejores amigos a descubrir la música por medio de instrumentos es una experiencia que aunque muchos hemos experimentado,  pocos terminan por consolidarla como una forma de expresión, y principalmente de vida. Esto último no es necesario para validar el viaje, pero me imagino que ha de ser poca madre tocar un concierto masivo y que cada espectador entone las palabras que tú mismo hilvanaste en una borrachera con carnes asadas y Tecates en la cochera de tu carnal. Hace 20 años, 5 regiomontanos bajo el pintoresco nombre de Jumbo lo lograron casi a la primera, con una colección casi perfecta de 14 canciones llamada Restaurant.

Crecer en provincia no es algo especialmente bueno o emocionante, pero uno aprende a encontrar significado a cualquier cosa que suceda. A mis 12 años, escuchar la canción “Aquí” fue un madrazo del que no sé si realmente me repuse, pues cada vez que suena siento que me están gritando directamente en la cara algo muy importante. Igual y no lo es, pero en ese momento de mi vida fue una chispa que detonó una especie de incendio que espero nunca se apague: el de la música.

En 1998, Clemente Castillo (voz y guitarra), Flip Támez (guitarra), Charly Castro (bajo), Eddie González (teclados) y Enrique González “Bugs”(batería) debutaron a nivel nacional con una oscura visita al clásico “Lo Dudo” (originalmente interpretado por José José)  y que apareció en el disco “Un Tributo” dedicado al famoso y etílico cantante. La versión de Jumbo sugería una búsqueda de texturas y sensaciones en aquel entonces prácticamente inexistente en el panorama nacional, si pensamos que los jugadores eran La Lupita, Molotov, Control Machete, Santa Sabina, Jaguares, y Café Tacuba (por nombrar a algunos). Tal vez sus paisanos Zurdok o Fobia (que ya iban de salida) serían antecedente, pero aun así la industria no estaba acostumbrada a dar espacio a proyectos desprovistos de guiños nacionalistas. Sí; ya se trabajaba en el estudio con profesionales extranjeros, pero prácticamente nadie se atrevía a estar triste, eufórico y encabronado a la vez: todo era fiesta, tequilas, mujeres o denuncia social. Al menos en las disqueras trasnacionales.

Al año siguiente se pudo escuchar una tierna canción llamada “Siento qué” en algunas de las principales estaciones de radio juveniles de México. Tal vez sin pensarlo, Jumbo de pronto comenzó a aparecer en programas de televisión, entregas de premios, entrevistas pendejadas (y otras no tanto). Si la memoria no me falla, los mismísimos Jaguares (Ohmaigad!) los invitaron a telonear su gira en turno, cosa que los llevó a tocar a prácticamente todos los rincones del país.

Desconozco (y realmente no me importaba entonces; mucho menos ahora) si “Restaurant” tuvo buena recepción en México; pero sí recuerdo que desde la primera vez que me lo prestó un vecino y pude escuchar a todo volumen “Monotransistor” y “Aquí”, que fueron realmente las dardos que me envenenaron, no supe qué hacer o cómo reaccionar, pues a mis 12 años no sonaban a algo que yo conociera. Justo en esos meses yo aprendía a tocar la batería y al acercarme a este disco sentí un fuego en las entrañas y la columna. No podía entender cómo es que los instrumentos sonaban tan cristalinos. La grabación, hecha en Long View Farm Studios de Massachussets y Village Productions de Texas (Esto, por supuesto, yo no lo sabía pero entiendo que uno debe poner datos de este tipo para ser tomado en serio en los textos musicales. Fiu!) según yo sigue sonando vigente, y cuando se me ocurre compartirlo con alguien por primera vez, no me cree que el disco tiene 20 años.

Sería fácil alardear y decir que ya desde entonces Jumbo me sonaba a Sonic Youth, Weezer, Smashing Pumpkins, Soda Stereo, Radiohead, The Verve y Pavement. O bien; respingar la nariz y señalar que “Restaurant” es un simple compendio de influencias extranjeras, cuyas canciones simplemente cumplen con cambiar la sustancia de un envase a otro. Podría hacerlo, pero estaría mintiendo, pues aunque las influencias con el tiempo se descubrieron obvias, fue Jumbo y su música lo que me hizo seguir buscando la misma sensación en otros lados.

Gracias a todas y cada una de las canciones de este disco es que yo me decidí a acercarme a la música en serio (por ello decidí que fuera mi primer aportación en este espacio). “Desde que nací”, “Superactriz”, “Explosión” (¡Carajo! La estoy escuchando ahora mismo y me sigue poniendo la piel de gallina), “Automático”, “Alineados para siempre”,  “Siempre en Domingo” y “Fotografía” se convirtieron durante muchos años en la banda sonora de mi juventud y me enseñaron a escuchar discos completos  en audífonos y poniendo atención  a todos los detalles de las grabaciones (antes inexistentes para mí). Ir caminando de la escuela al centro, de mi casa a la casa de mis cuates, viajar en autobús, ir de paseo con mi familia, ir a mis primeros ensayos o estar en mi casa se convirtieron en algunos de los muchos pretextos que siempre encontré para poner a sonar “Restautant”.

La alineación original sólo alcanzó a grabar 3 discos: D.D. y Ponle Play (2001) y Teleparque (¡Teleparque! Seguro algún día les platico de él), ambos bastante ponedores y que les ayudaron a posicionarse como una banda de renombre. En algún momento, según yo de 2004, los hermanos Gonzáles decidieron abandonar el barco. Siendo baterista, resentí mucho la partida de Bugs (Enrique González), pues para mí siempre fue el corazón de Jumbo, mientras que Eddie era (y me gusta pensar que aún es) pura energía.

Les he seguido la pista y en general Jumbo sigue siendo una banda que me gusta escuchar, y en vivo siempre es placentero cantar sus canciones, pues antes que nada siguen siendo excelentes compositores de canciones. Basta escuchar el disco “Alfa Beta Grey” de 2015 para confirmarlo.

Es otra la música que hoy en día escucho. Es otro el escenario y seguramente, tras 20 años de viaje, aventuras y desventuras, ellos y yo somos personas muy distintas a las que en 1999 y a la distancia le hicimos el honor a esa fábula cursi del niño confundido que encuentra su lugar en el mundo gracias a un par de guitarras, unos buenos tambores y un chingón y bien puesto: Overdrive!

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