A diferencia de las obras del escritor norteamericano de ciencia ficción, Philip K. Dick, las novelas de J.G. Ballard no han sido prolíficas en la pantalla grande. De hecho, previo a El rascacielos, solo hubo dos adaptaciones basadas, más bien, en su línea mainstream: El imperio del Sol (Steven Spielberg, 1987), y la genial y controversial Crash (David Cronenberg, 1996). Esto se debe, probablemente, a que la obra de Ballard es mucho más escasa que la de K. Dick y, de igual manera, más peculiar. Aunque el autor norteamericano puede ser el maestro de la psicodelia futurista, el discurso metafórico de Ballard suele ser abrumador, enigmático, inasible.

La primer novela que leí de Ballard fue Noches de cocaína. Tiempo después, Compañía de sueños ilimitados. Comprendí, entonces, que la temática ballardiana se centra en ese espacio que algunos críticos han denominado el “fantástico posmoderno” (tan reconocible en Kafka), aunque aplicado a una ciencia ficción que evade el convencionalismo del género para centrarse, más bien, en un “extrañamiento cognoscitivo”.

De ahí que me sorprendiera gratamente escuchar que habría una adaptación de El rascacielos. Temí, al principio, que se tratara de uno de esos proyectos, estilo Minority Report, en los cuales, una buena novela de CF se torna el pretexto para crear una cinta de género, plasmada de efectos especiales y un discurso distópico repetitivo. Sin embargo, el ambicioso proyecto de Ben Wheatley escapa cualquier convencionalismo cinematográfico.

El rascacielos nos narra la historia de Robert Laing, un psicoanalista que llega a una torre habitacional, aislada del mundo exterior, en donde la vida es perfecta y cuyos inquilinos se comportan con base en una funcionalidad estereotipada. Por supuesto, como en todo discurso distópico, los personajes irán percatándose de que esta perfección social es solamente un ideal inasible y que la naturaleza humana, siempre barbárica, es el verdadero dueño del edificio.

De inicio, la trama puede parecernos una distopía común, el la que un espacio determinado se presenta como una metáfora del comportamiento social. Varios filmes, y un sinnúmero de novelas, han utilizado esta clase de enfoque (la genial Snowpiercer, de Bong Joon-ho, es un buen y bien filmado ejemplo). Aun así, El rascacielos va más allá del acostumbrado discurso anticapitalista (o anticomunista) que suele fundamentar las distopías, para centrarnos en una propuesta estética que resulta novedosa dentro del género.

Para empezar, El rascacielos no muestra un “presente” ajustado a nuestra época. A pesar de que, tal como sucede en muchas novelas de J.G. Ballard, la historia transcurre en un futuro cercano, la película está ambientada en los años en los que se escribió la novela (los 70’s), de modo que nos encontramos ante una atmósfera retrofuturista que prescinde de toda vanguardia tecnológica. De ahí que, desde un inicio, el espectador que espere encontrarse con una distopía de la línea de Brazil o Elysium se sienta profundamente contrariado. Esto último provoca que el discurso y mensaje de la película resulte mucho más ambicioso de lo que podría anticiparse. Aunque existe una clara crítica hacia la división de clases, el consumismo, la televisión o el arte moderno, los personajes en torno a Robert Laing resultan mucho más complejos (y caóticos) para que nos dejemos engañar con las primeras hipótesis propuestas. Desafortunadamente, también en esto estriba el declive de esta película, puesto que se centraron demasiado en la metáfora y se olvidaron por completo de estructurar una buena trama.

Soy de la clase de espectadores que consideran que la literatura y el cine son espacios distintos. Decir que el libro es mejor que la película o viceversa, es como asegurar que una pintura es superior a la pieza musical en la que se basó la primera. De ahí que no me parezca inadecuado que los guionistas se tomen ciertas licencias para perfeccionar una trama, misma que, a pesar de que puede funcionar en las páginas, resulta demasiado abstracta para mostrarse en la pantalla. El rascacielos en cambio, parece estacionarse en la forma literaria. Se percibe, incluso, un alardeo de “cine de culto” puesto que insiste en desprenderse de estructuras y reglas básicas del cine, olvidándose de que muchos espectadores (incluyéndome) pueden perderse con facilidad en la historia, o al menos sentir que “algo” no está sucediendo.

Independientemente de esto último, El racacielos es un excelente ejemplo de que la verdadera CF va más allá del space opera y el futuro postapocalíptico. Tanto Ballard como K. Dick son muestra de que los discursos cienciaficcionales pueden englobar metáforas de mayor envergadura que las del cine convencional. Por lo anterior, así como por esa brillante estética y atmósfera opresiva que se siente a lo largo de todo el filme, le concedo a esta película 9 notas en negro.

 

 

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