El resto recuerdan los pasos de Neil Armstrong en la Luna, esos cómicos impulsos del hombre del futuro que nunca fuimos. Aquella invitación a los sueños que incluía, aunque entonces no lo supiéramos, una taza café bien cargado que nos impidió pegar ojo durante décadas, hasta que los sueños se habían movido tanto que el futuro, como siempre, estaba bastante lejos de lo que habíamos esperado.

En un improbable pasillo del hotel Continental de Amsterdam se cruzan Víktor Korchnoi y Philip Roth. No lo sabe ninguno de los dos, pero caminan por los peldaños de una escalera en direcciones opuestas. Korchnoi ha sido campeón de la URSS dos veces, que es casi como campeón del mundo, y en el calor del sesenta y siete en Túnez ha vencido a Mikhail Tal, uno de los ajedrecistas más potentes que se recuerdan, solo para ceder después ante un imperial Spassky. Roth, por su parte… bueno, Roth ha ganado algún premio con un libro de cuentos publicado casi una década antes, si bien después no ha logrado escupir más que dos malísimas novelas.

Uno piensa que no cree en la reencarnación ni en la transmigración de las almas, pero, joder, eso no nos impide imaginar los pelos de punta del rojo y el barullo en las cejas pobladas del yanqui, y la moqueta con estúpidos motivos geométricos levantada en armas, la luz cetrina del pasillo con alguna bombilla, lejos del LED y del neón, parpadeando como en una puñetera cámara de gas. Y en el momento del cruce, la carga positiva volando de un cuerpo a otro, las ondas vitales transfiriéndose de igual manera que un cuerpo cargado de energía cinética descarga en uno estático una transferencia eléctrica que hace que se estremezca.

Murmura Korchnoi en bajo el nombre de Karpov. Casi veinte años más joven, uno de sus mejores amigos de entre esos jóvenes que están a punto de tirar la puerta abajo del ajedrez mundial. Ya tienen el favor de la federación rusa, que arrincona a Víktor, y también a Spassky. Se lamenta Korchnoi de ello, como se lamenta alguien al borde de un precipicio. Musita Roth, quizá, los últimos párrafos de su siguiente novela, que aún no tiene terminada y que, por no tener, no tiene ni siquiera título, imaginamos. Sueña con Nathan Zuckerman mientras se cruza con aquel ruso murmurador.

El resto recuerdan los pasos de Neil Armstrong en la Luna. Algunos nos acordamos del sesenta y nueve porque Víktor se cruzó con Philip en un pasillo imaginario y sus destinos se intercambiaron. Nunca ganaría un campeonato mundial, quedó claro desde aquel año, y la Historia le acaba de acoger a la derecha de Poulidor, al que podrá aburrir de aquí en adelante con el lamento de Korchnoi.

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