El texto que se presenta a continuación es una obra de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Salí de mi casa durante esa tarde de invierno para sentir cómo el aire de la Bella Airosa trataba de arrancarme las arrugas de la cara. De repente, entre el ruido de los gritones, las combis y vendedores de tacos de canasta, capté por un segundo una voz chillona que me llamaba a lo lejos. Me detuve en seco, giré discretamente los ojos de un lado a otro, y al no ver nada continué mi camino.
–Joseeé–, la voz chilló nuevamente. Caminé desconcertado tratando de esconder mi perturbación ante la ausencia de un ente físico que me llamaba y mi obvia incapacidad para encontrarlo. Moví la cabeza, tal vez era consecuencia de la resaca de tanto ruido que invadía constantemente mi calma.
Al llegar al Reloj me detuve, quería ver la majestuosidad de aquel símbolo monumental, única razón por la que nos reconocen en el resto del país (y el futbol, claro), cuando de pronto escuché un «¡psssst, pssst!»; gire la cabeza en todas direcciones, «¡psst, pssst, Joseeé!», – ¡qué caraj…!-, «¡pssst, hey, aquí arriba!».
Mis ojos no daban crédito a lo que veía, era una de la estatuas del Reloj moviendo las manos para que la viera, nada más y nada menos que la Señora Independencia.
–José, aquí arriba.– Volteé a mi alrededor y apunté con el índice mi pecho.
– Sí, tú, José Quintero, ¿el escultor, no?
–S..s..sí…em, soy yo… creo.
–¡Oh, pero mira nada más qué coincidencia! ¡Chicas, chicas, Reforma tenía razón: lo encontramos!
De los costados de la Señora Independencia se asomaron la Señora Constitución y Señora Reforma.
– ¡Oh, Dios mío, por fin, después de tanto tiempo!–, dijo una.
Empezaron a hablar entre ellas, yo estaba anonadado tratando de adivinar si todo esto era real, y si lo era, a quién pertenecía cada una de las vocecillas chillonas que hablaban interrumpiéndose y alegando. La Señora Independencia dijo con un grito:
–¡Baasta! ¡Silencio todas, que yo voy a hablar con el escultor!- Con un gesto de ternura bajó hacia mí la mirada diciéndome: –José, hijo, tendrás que disculpar a estas viejas arpías, llevan tanto tiempo aquí arriba que ya hasta se les empolvó el cerebro y olvidaron sus modales–. Yo sólo la veía, asentía con ansia y me preguntaba si las demás personas eran capaces de ver lo que ahí estaba ocurriendo.

–Como te decía, mi estimado José, ésta es una coincidencia sumamente placentera, ya que, como te habrás dado cuenta, desde hace algún tiempo han estado “embelleciendo” esta parte de la ciudad–. Alcé los hombros irónicamente asintiendo. –Bueno, pues estarás de acuerdo en que nosotras tenemos que igualar la belleza del entorno, digo, porque sabes lo que representamos y no podemos quedarnos atrás ante el progreso, sólo queremos que nos des una arregladita, una mejoradita por así decirlo–, dijo y sonrió dulcemente mientras se llevaba la mano al pecho.

-Mira, Pepito, para empezar, a las tres nos gustaría una reducción de abdomen; Reforma quiere una rinoplastia y Constitución, una reducción de papada, y para ser francos, pues a Libertad y a mí nos gustaría un poco más de chichi, porque con el atuendo que nos cargamos eso es lo más vistoso. A los querubines de allá arriba, pues sólo quítales un poco de cachete para que no desentonen con nuestra nueva imagen. ¡Pero no pongas esa cara!, si lo ves de este modo, ¡es un gran honor para ti formar parte de la transformación productiva de un emblema que podía hasta considerarse nacional!
Yo me senté en el piso mientras la Señora Independencia daba santo y seña de cada una de las mejoras físicas que tanto ella como sus compañeras querían, exaltando siempre que todo era por el bien del estado y de toda la humanidad; yo asentía, miraba a todas partes esperando el momento en que abriera los ojos y me encontrara tirado en mi cama, pero ese momento nunca llegó.
Así que, si de repente pasan por el centro de Pachuca verán al Reloj monumental, y si notan algo extraño son sólo sus cuatro mujeronas con el pecho bien en alto, representando con orgullo el emblema de nuestra ciudad.

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