“Todo lo que es impersonal
 en el hombre resulta 

sagrado, y sólo eso”

Bio política y filosofía de lo impersonal: La paradoja de la persona.

Roberto Esposito es un filósofo italiano que desde la década de los setenta se ha dedicado a reflexionar sobre cuestiones políticas con una mirada lucida y renovada. De ahí que su pensamiento toma una distancia del legado de Foucault para aventurarse a una búsqueda intelectual propia. Profesor de  Historia de las Doctrinas Políticas y director del Departamento de Filosofía y Política del Instituto Italiano di Scienze Uname de Nápoles, la universidad, con una vasta obra como Communitas, Origen y destino de la comunidad, Immunitas, Protección y negación de la vida, Tercera Persona, Política de la vida y filosofía de lo impersonal, Comunidad, inmunidad, biopolítica, El dispositivo de la persona, el pensamiento de lo viviente, entre otras.

De entrada, Roberto Esposito en el libro “El Dipositivo de la Persona” nos narra un suceso acaecido en la revista Time durante el 2006, la cual realizaba un homenaje a los personajes del año. Este montaje tenía como finalidad reflejar a través de la pantalla de una computadora el rostro de estos supuestos “personajes del año”: “La intención de la revista era certificar, de este modo hiperrealista, el hecho de que en la sociedad contemporánea nadie ejerce mayor influencia que el usuario de Internet, con sus fotos, sus videos, sus menajes”. No obstante, la lectura del filósofo italiano revela una doble condición: “Por un lado, al declararlo “persona del año” el dispositivo de la revista situaba a cada lector en el espacio de absoluta centralidad reservado hasta ahora a individuos excepcionales. Por el otro, en el mismo momento, lo insertaba en una serie potencialmente infinita, hasta hacer desaparecer en él toda connotación singular”. Esto sin duda, nos lleva a pensar en el exceso de identificación por los que apuesta la industria del espectáculo, cuya siniestra maquinaria se orienta en afirmar las identidades “aceptadas socialmente” y por tanto totalmente codificables y manipulables. Así pues, Esposito subraya: “La sensación subyacente es que, al darle a cada uno la misma “máscara”, termina por trazar el signo sin valor de una pura repetición, casi como si el resultado, inevitablemente antinómico, de un exceso de personalización fuera a desplazar al sujeto hacia el mecanismo de una máquina que lo sustituye, al empujarlo a la dimensión sin rostro del objeto”.

Ahora bien, la paradoja radica en ilustrar que entre más se apuesta por la originalidad e irrepetibilidad de la persona, es decir, en propiciar cierta afirmación de la máscara personal, las “personas” se vuelven más codificables y clasificables. Esto implica que el esfuerzo por ser inconfundible resulta nulo cuando el dispositivo de la persona territorializa esa supuesta autonomía convirtiéndola en una cifra más de la sociedad de masas: “Esta paradoja cobra un relieve mucho mayor cuando, como sucede hoy, la referencia normativa a la noción de persona se extiende como mancha de aceite a todos los ámbitos de nuestra experiencia: desde el lenguaje jurídico, para el cual es la única que está en condiciones de darle forma al imperativo, de otro modo ineficaz, de los derechos humanos, hasta la política, que hace tiempo ha sustituido por el concepto, no lo suficientemente universal, de ciudadano, o la filosofía, que en ella ha encontrado uno de los pocos puntos de tangencia entre sus componentes analítica y la así llamada continental”

Asimismo, el filósofo traza la evolución que ha sufrido el término  “persona”, el cual se fortaleció de manera exorbitante con los postulados de la filosofía personalista cuyas consignas querían impedir que acontecimientos como el holocausto nazi volvieran a aparecer en la historia de la humanidad. De tal forma, que este se intensifica bajo la falsa promesa de afirmar la vida y los derechos de los individuos, más allá de cualquier régimen de despersonalización y dominación: “No es nada sorprendente que el lenguaje de la persona hay experimentado un momento de particular desarrollo a fines de la Segunda Guerra Mundial, hasta tornarse en el eje de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).”

Por otra parte, Esposito señala que la filiación proviene de dos fuentes: por un lado, el derecho romano, la doctrina cristiana, y el pensamiento medieval, por otro. Esto significa que el termino persona no contiene un universalismo, sino que al contrario su trayectoria designa diferencias entre los humanos. Así el síntoma que marca a la persona es marginal y excluyente, debido a que sólo existe una minoría con derechos, que vigila y resguarda a los otros, al homo saccer, a los que no forman parte de la “comunidad armónica”: “A los efectos de profundizar aún más en el funcionamiento de este dispositivo, hay que prestar atención no sólo a la distinción, o incluso a la oposición, que de este modo se llega a establecer entre los diversos tipos de seres humanos –algunos, ubicados en una condición de privilegio; otros, empujados a un régimen de absoluta dependencia-, sino también a la consiguiente relación que va de una situación a otra”

Por otro lado, el filósofo italiano sugiere navegar las diversas oleadas que nos llevaran hacia una filosofía de lo personal. Así, no dudará de acompañarse de figuras como Nietzsche y Freud para elevar la altura del pensamiento a dimensiones inexploradas de lo que podría ser esta filosofía de la persona. No obstante, fue una pensadora, Simone Weil, quien desde la mirada de Esposito mejor pudo vislumbrar y visibilizar el asunto ideológico de la persona. Ese inevitable vínculo entre persona y posesión (y disposición de lo poseído) que está circulando desde el derecho romano. En este sentido, explorar los rastros de una filosofía de lo impersonal requiere abismarse en las diversas intensidades que la vida y el cuerpo nos plantean, en lugar de aspirar desde el dispositivo de la persona, poseer, dominar y utilizar esa vida. De tal manera, que Esposito creará una “biopolítica afirmativa”, o sea,  una forma totalmente diferente de trazar las relaciones entre vida y derecho.

Finalmente, El Dispositivo de la Persona, nos invita a replantear el significado radical de todos aquellos conceptos que se ponen de “moda” sin realizar el análisis arqueológico correspondiente. Es decir, todas esas palabras que nos arrastran en la inercia irreflexiva de los regímenes epistémicos dominantes, y que en ocasiones más que orientarnos hacia una emancipación  afirmativa y radical, nos arrastran hacia un desplazamiento alienado hasta el infinito. Por eso, la lucidez de Esposito nos aclara otra vez: “Todo lo que es impersonal en el hombre resulta sagrado, y sólo eso, inaugura un recorrido, por cierto arduo y complejo, del que sólo ahora se comienza a advertir su relevancia. Más aún: la posibilidad, hasta ahora ampliamente ignorada, de modificar, en su propio fondo, el léxico filosófico, jurídico y político de nuestra tradición”.

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