Por: Paulo Neo

Soy de un pueblo pequeño perdido en el desierto. A nadie se le ocurre, en lugares como éstos, celebrar el día de los enamorados. El amor se hace y ya, sin demasiado aspaviento. Al terminar la escuela, junté algunas monedas y partí, con más determinación que equipaje, a la gran ciudad. Años después conseguí graduarme en la universidad y al poco, me hice de un buen trabajo.

Con lo que, a mis treinta, seguía sin haber festejado una sola vez aquella fecha. Todo eso cambió cuando conocí a Luz Estela. Eso fue en primavera, así que para aquel 14 de Febrero, me pidió unos aretes de perlas y una cena en el restaurant más caro de la ciudad. Por supuesto, accedí encantado y al poco nos casamos. La boda fue grande, con doscientos invitados y luna de miel en Las Vegas.

Para el segundo de aquellos días, me pidió un anillo de oro. El tercero, un departamento en las afueras. El cuarto, un viaje por Europa y Asia. El quinto y último, me pidió el divorcio.

 

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