En 2011, con la aparición de Drive, el director Nicolás Winding Refn se convirtió en un cineasta de culto, con una carrera promisoria en al ambiente “indie” del Séptimo Arte. A pesar de que su película fue toda una revelación, creo que Drive tuvo la fortuna de hacer una mezcla de estilos, de romper con las fórmulas convencionales del género de acción, para mostrarnos una historia de autos, maleantes y damiselas en apuros; pero con un conflicto dramático de profundidad. Esto no quita, empero, cierta languidez guionística que me hizo considerar, en su momento, que Winding Refn se enfoca demasiado en la forma y no en el fondo, supeditando una trama con gran potencial a escenas demasiado pensadas que terminaron, al menos en mi caso, por hacerme bostezar.

Algo similar me sucedió con su última película, El demonio neón. En ella, Winding Refn explora un mundo bastante ominoso, plagado de superficialidad y vacuidad plástica: el del modelaje profesional. Aun así, el guión no alcanza a adentrarnos, por completo, en una historia igual de apasionante que su propuesta estilística.

Ya mencioné que el tema de esta película despierta, desde un inicio, la curiosidad del espectador. Desde su trailer, podemos anticipar una visión crítica de la explotación de la estética femenina a través del modelaje. También, que la película posee una fotografía arrebatadora, que construye escenas cargadas de colores que me recordaron el three-strip Technicolor de Suspiria, el clásico giallo de Dario Argento. Ahora bien, creo que el problema de El demonio neón es que se estanca en estos dos aspectos: una crítica que resulta, a la larga, demasiado gratuita, así como una estética visual que a veces se olvida de conciliar con la trama.

En cuanto al primer aspecto, refiero que el discurso crítico se vuelve forzado puesto que solo explora “de puntitas” el mundo de la moda. A pesar de destacar aspectos como la competitividad entre las modelos, la explotación sexual de las mismas o el presuntuoso y vacuo entorno que gira en torno a ellas, no se percibe suficiente crudeza como para que el espectador se sienta contrariado. No niego que este pudo haber sido el objeto del filme: retratar, con circunspección, el oprobio de las modelos y destacar su ambiente sin caer en el melodrama. El problema  es que para el final de la historia, Winding Refn parece sentir la necesidad de bombardearnos con escenas que tal vez sólo él considera verdaderamente perturbadoras; pero que se perciben bastante inocuas dentro de una trama que se mostró demasiado lánguida en su totalidad. Aun así, debo elogiar la originalidad de estos “giros” siniestros puesto que, a pesar de que pueden resultar algo forzados, son suficientemente interesantes para que revaloremos todo el sentido de la metáfora de la película. El problema, creo, es que estos elementos no fueron explotados desde el inicio y por lo tanto la cinta parece tener dos tonos, discordantes entre sí: el del drama inherente al mundo del modelaje, que ocupa casi toda la trama; y ese ambiente de suspenso (incluso de horror) que solo aparece hasta el clímax de El demonio neón. Como ya dije, a Winding Refn le gusta romper esquemas y tal vez esta doble tonalidad era parte de su propuesta estilística. Aun así, considero que hubiera sido mucho más efectivo explotar ambos discursos desde un inicio.

Antes de entrar al segundo aspecto, debo elogiar, previamente, la labor de Natasha Braier en la dirección de arte. Como ya mencioné, la fotografía parece tributar distintas cintas de suspenso, como en el caso de los giallos de Dario Argento o Mario Bava (la temática de El demonio neón, de hecho, puede empatarse con Seis mujeres para el asesino). Aun así, a pesar de que la película tiene ciertas escenas abrumadoras, en cuanto a su dirección artística, estas discrepan con la tensión dramática. Sucede lo contrario, por ejemplo, con cierta obra de temática parecida: Black Swan (Arranofsky, 2010). Creo que, en este caso, Arranofsky sí supo cómo armonizar la cuestión estilística de su filme con la paranoia de su protagonista, consolidando una buena historia que posee, además, escenas cautivadoras.

Independientemente de estos dos puntos, es innegable que El demonio neón posee múltiples cualidades. Para empezar, está la cuestión del reparto. A pesar de que algunos personajes secundarios no alcanzan a desarrollarse dentro de la historia, las actuaciones son tan sólidas que terminan por apuntalar su función dramática. Gigi y Sarah, las dos modelos obsesionadas con su fama, peso y edad, cumplen de manera perfecta con su propósito. Lo mismo sucede con el hotelero Hank, interpretado por Keanu Reeves. Aunque aparece en escasas escenas, logra revelarse lo suficientemente enigmático y siniestro para añadir tensión a la trama.

Ahora bien, por su evidente protagonismo, dos actuaciones sobresalen por encima del resto. En primer lugar tenemos a la maquillista Ruby, interpretada por Jena Malone. Su papel resulta bastante intrigante, de manera que el personaje presenta una complejidad que va revelándose a lo largo de la historia. Esto no justifica, como ya he dicho, ciertas escenas “fuertes” en las que participa de manera forzada. Sin embargo, esto es algo atribuible al guión, antes que a la actuación de Jena Malone.

En segundo lugar está la interpretación de Elle Fanning como Jesse, la protagonista de El demonio neón. Desde Super 8 (J.J. Abrams, 2011) me pareció que Elle Fanning es una actriz que puede consolidar una brillante carrera, a diferencia de su hermana Dakota, quien se ha estancado en roles fáciles y poco controversiales. Aunque Jesse me pareció demasiado ingenua, la actriz sabe cómo explotar su inocencia con el fin de generar cambios de personalidad inesperados.

El vestuario es otro de los grandes atributos de El demonio neón. A pesar de tener un reto importante por tratar de emular el mundo real de la moda, la película logra capturarlo con sobriedad y sin caer en la extravagancia. Tanto el maquillaje como los atuendos de las artistas, se sincronizan bastante bien con la atmósfera de la cinta, creando, en su conjunto, un ambiente particular con tonalidades propias.

En resumen, pasando por alto sus diversas fallas, El demonio neón es un filme bastante recomendable. Particularmente, si consideramos que las salas están atiborradas de películas sin profundidad de mensaje ni una estética visual propositiva. Debe verse, eso sí, con la advertencia de que su clímax y desenlace pueden no congeniar con el resto de la historia. Su temática me recordó a las novelas de Bret Easton Ellis, al elaborar una crítica de la superficialidad a través de una metáfora bastante singular que resulta, a todas luces, algo original dentro de los típicos bodrios hollywoodenses.

8 notas en negro.

 

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