De acuerdo a la Real Academia Española, la palabra ‘perturbar’, significa: “Inmutar, trastornar el orden y concierto, o la quietud y el sosiego de algo o de alguien”. En ese sentido, el filme de terror alemán Dulces sueños, mamá (Ich seh, Ich seh, Veronika Franz y Severin Fiala), va más allá del simple transitivo y su significado. A pesar de que logra, en verdad, trastornar nuestra quietud o sosiego, también consigue establecer una circularidad que nos dice que en el cine de horror no todo está dicho.

Comúnmente, los ensayos sobre este género suelen acudir, una y otra vez, al inmortal artículo de Sigmund Freud denominado “Lo siniestro” (Unheimlich). La película en cuestión bien podría ameritar disertaciones que versen sobre este adjetivo. Sin embargo, quiero centrarme, únicamente, en el aspecto perturbador de la trama; es decir, en esa facultad para mantenernos con dedos crispados a pesar de su parsimonia narrativa y la evasión de técnicas hollywoodenses como pueden ser los sustos baratos.

Dulces sueños, Mamá, nos cuenta la historia de dos gemelos y el convivio con su madre cuando esta regresa a casa después de una dura cirugía plástica. A raíz de la intervención quirúrgica, algo parece haber transmutado a esta mujer. Más allá del vendaje, tras el velo fácil de la estética, los niños se muestran suspicaces ante la verdadera identidad de esta persona.

Hoy, el término de thriller psicológico es usado con cierta prodigalidad, a pesar de que muchas películas que se clasifican bajo este nombre son simples filmes de suspenso. En el caso de esta película, la expresión concierne verdaderos alcances psicológicos, que mantienen, al menos, una tensión que oscila entre lo real y lo imaginario. De ahí que la madre, dentro de su doble funcionalidad, se vincule con las teorías psicoanalíticas de los cuentos de hadas analizadas por autores como Bruno Bettelheim, para quienes “la madrastra” se presenta, ante el imaginario infantil, como un arquetipo que hiperboliza el aspecto negativo de la misma madre. Algo similar sucede con la protagonista (Susanne Wuest) de la cinta, quien despierta sentimientos ambivalentes que no permiten dilucidar el misterio que concierne a su persona. De hecho, esta falta de claridad es extensible hacia los gemelos (Lukas y Elias Schwarz), cuyas perspectivas a veces despiertan sospecha y, en otras, conmiseración.

Dulces sueños, Mamá dista de ser un cuento de hadas, ni siquiera uno para adultos; pero lo cierto es que su narrativa logra envolvernos en un mundo de lógica infantil, donde las fantasías trascienden el orden y, por tanto, perturban nuestra perspectiva. Se trata de una “inmutación” de ese sosiego que podría causarnos una situación inocua, casi trivial, que concierne a tres familiares que enfrentan la complejidad de un cambio de vida.

Gran parte de estos atributos derivan, en parte, de que la fórmula respeta las estructuras del cine europeo, mucho más aletargadas que en el de Hollywood. De ahí que se eviten concesiones con la audiencia como los clásicos sustos estilo Jack-in-the-box, que a veces solo pretenden ocultar una falta de tensión dramática. No se trata, pues, del clásico suspense de fórmula anglosajona, cuya tensión está en ver al asesino con su cuchillo acechando detrás de la puerta. Aquí, el nerviosismo es de otra índole: pertenece, al principio, a aquello que no podemos desentrañar, a esa incógnita que pulula como mosca enferma y que juega, constantemente, con nuestras hipótesis.

Sin duda, el cine de terror europeo ha establecido una nueva pauta que contraría las fórmulas repetitivas de Hollywood. Películas como À l’interieur (Julien Maury y Alexandre Bustillo, 2007) o Déjame entrar (Matt Reeves, 2010) son ejemplos claros de esa reinvención de estructuras narrativas que rescatan el verdadero suspenso. No me extrañaría ver, más adelante, un remake de Dulces sueños, Mamá, mismo que, a pesar de contar con una actriz de gran talento (me imagino a la muy de moda Jessica Chastain) será, como en otros ejemplos, una plétora de imágenes supuestamente aterradoras que no respetan el ritmo original de la historia.

Creo que Dulces sueños, Mamá merece esa crítica favorable que se aprecia en distintos espacios en la red. No me gustaría ser la excepción a esto último y por eso me congratulo de poder otorgarle 9 notas en negro.

 

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