El racismo es un mecanismo de opresión, de explotación del ser humano por el ser humano. Tiene un origen simple, administrativo: es más fácil distinguir a los explotados si estos tienen diferencias físicas visibles. Luego viene el constructo (pseudo-)justificatorio: los explotados no existen, son como niños, no piensan, son atrasados y retrasados, no tienen cultura ni conocimiento y un largo etcétera de la infamia que culmina con el dictum “la explotación es por su propio bien”.

Y el cerco de silencio: el explotado, o el subalterno -en términos de Spivak- no tiene derecho a una voz propia, su voz no está autorizada o, como dice Uma Kothari, “el conocimiento no depende de lo que sabes, sino de quién eres [biológicamente] y de dónde vienes”.

Los intentos de inclusión más socorridos han sido, paradójicamente, también mecanismos de exclusión en dos modalidades. Primero, el explotado adquirirá voz cuando demuestre que ya no es un ser inferior sino un ser “civilizado”; es decir, luego de llevar a cabo una transformación radical donde deja de ser él mismo para convertirse en un émulo de los explotadores (en la ropa, la música, la “cultura”, la “ciencia”, el pensamiento, etc.) O, segundo, cuando acepta ser relegado, cosificado, inmovilizado en una categoría biológico-cultural que pretende a la vez ser prístina y eterna. En ambos casos se elimina la libertad del ser humano y su comunidad para decidir un devenir propio.

Por descontado, cuando se dice que el racismo es un mecanismo de opresión, no se quiere decir que sólo haya un tipo de racismo o un solo conjunto de acciones que procuren dicha opresión. Más bien se refiere a que el racismo siempre tiene ese fin: la explotación del ser humano por el ser humano. Y los conjuntos de acciones, tácticas y estrategias para conseguirlo son tan variadas como lo son las sociedades del planeta. Este conjunto de acciones depende de la propia historia de cada sociedad. Así, las formas más extendidas por el orbe son precisamente las que derivan de procesos históricos más extendidos.

Además, al tener como fin la explotación, es un mecanismo dinámico que es ajustado a los cambios por sus proponentes para mantener el status quo. De modo que, lo que en cierto lugar puede parecer o ser un avance para buscar la integración armónica de su sociedad, en otro, eso mismo, ya ha sido revertido y utilizado en contra de la comunidad oprimida. No hay soluciones mágicas ni universales pues el racismo funciona también como el paliativo ideológico que permite a los opresores sentirse moralmente dignos de oprimir. De modo que renunciar a éste significa aceptar la propia malignidad o renunciar a todas esas prácticas de explotación que permiten mantener un estatus privilegiado.

El racismo no tiene una explicación biológica. No es, siquiera, una ideología. El racismo es, valga repetirlo, un complemento, un mecanismo del que echa mano la ideología que sostiene que es moralmente válida la opresión del ser humano por el ser humano.

En los últimos meses han aparecido varios artículos periodísticos sobre el racismo en México. El aspecto positivo de esto es obvio: de lo que no se habla, no existe, y no se puede solucionar un conflicto del que no se habla.

Los problemas que encuentro con estos artículos son varios. En primer lugar, porque suelen tener el tono sensacionalista y condescendiente de quien ha redescubierto el agua tibia pues, además, su alcance suele ser ése: repetir lo que cualquiera sabe, que en la televisión mexicana abundan los “güeritos”, por ejemplo. En segundo lugar, porque el “análisis” suele quedarse en el señalamiento de la atroz obviedad o en una comparativa simplista con las prácticas “más avanzadas e incluyentes” de otras sociedades. El señalamiento de la atrocidad es necesario, es el primer paso. Pero la comparativa simplista suele tener el mismo tufo colonialista (y racista) de siempre pues resulta que esas sociedades “más avanzadas” son las mismas que produjeron los discursos racistas de la actualidad.

No quiero decir con lo anterior que una sociedad no pueda cambiar, sería optar por el nihilismo. Más bien, ¡qué bueno que esas sociedades -si es que es así- sean menos racistas que antes! Pero, en el mejor de los casos, los procesos de cambio que esas sociedades tuvieron que llevar a cabo para revertir su propio racismo sólo pueden servirnos de aliciente para pensar que es posible lograr el cambio que requiere la sociedad mexicana. Sin embargo, no pueden servirnos de modelo ni hoja de ruta pues los procesos históricos que han conformado el encumbramiento del racismo mexicano como complemento de una ideología de explotación son diferentes.

Valgan un ejemplo. La adopción de un lenguaje no-racista es deseable, pero carece de la hondura necesaria para lograr una transformación cuando un país se preocupa por decir “afromexicano” y mantiene ciudades que se llaman “mata-moros”. Aquí me parece claro cómo la estrategia de inclusión parece preocuparse más por repetir las formas de otra sociedad (Estados Unidos o Francia) que por analizar nuestro propio racismo.

Ahora el INEGI ha publicado un estudio estadístico para correlacionar color de piel con estatus socioeconómico y movilidad socioeconómica. El estudio muestra lo que ya sabíamos. Por supuesto, era necesario tener las cifras por aquello de que nunca falta un iluso que crea que, como la ley dice que todos somos iguales, sea así en la realidad. Lo problemático aquí, a partir de los artículos que se han publicado al respecto (sobre todo, curiosamente, en los que han aparecido en medios como El País o Huffington Post), es que pareciera que la solución que se vislumbra es volver al esquema de la época colonial pero por “razones incluyentes”, a ésa época en donde todos estaban clasificados en “cambujo”, “saltapatrás”, “criollo”, “mulato”, etcétera. Eso sí, ahora con categorías ad hoc a esta época de predominio de las grandes transnacionales y el fetichismo por las etiquetas impersonales de los términos “científicos”: las que establece la compañía estadounidense PANTONE ®.

Un reconocimiento de nuestra propia historia debería de disparar la alerta sobre esta medida. Más aún cuando estos articulistas parecen escribir desde la certidumbre colonialista: “lo que hace el primer mundo es lo más avanzado, lo mejor”. Aquí dos muestras. Leo Peralta en Huffington Post dice “A diferencia de países como Estados Unidos y Francia, donde los estudios demográficos incluyen preguntas sobre la etnicidad” (http://www.huffingtonpost.com.mx/leo-peralta/el-inegi-revelo-nuestra-pigmentocracia_a_22488829/ ), y Pablo de Llano en El País dice “Los analistas coinciden en que la demora en el reconocimiento del problema racista, que en México se está echando a rodar con mucho retraso con respecto a otros países” (https://internacional.elpais.com/internacional/2016/06/30/mexico/1467238980_975515.html ). Saltan las dudas, en el supuesto caso de que en Estados Unidos y Francia vivieran las sociedades menos racistas del mundo, ¿es posible adoptar simplemente sus prácticas a pesar de las diferencias históricas y sociales?, ¿a qué países se refieren los analistas de Pablo de Llano, a Nigeria, Indonesia y Paraguay, o también a países primermundistas? Si de adoptar medidas exitosas se trata, ¿no deberíamos de buscar en países con historias y sociedades más similares a la nuestra? Es decir, ¿no sería más inteligente volcar nuestros ojos a África subsahariana para ver cómo han tratado ellos de resolver el problema en lugar de mirar hacia sociedades como la francesa o la estadounidense? Francia no fue colonizada en los últimos 500 años, Nigeria sí. Y el proceso de colonización de EE.UU., bien lo sabemos, fue muy distinto al nuestro. ¿No hay en esta mirada hacia Europa y EE.UU. el mismo deseo racista que se pretende acusar? ¿No hay en este desdén, en esta ausencia de búsqueda entre nuestros pares, una repetición del cerco de silencio: “el conocimiento no depende de lo que sabes, sino de quién eres [biológicamente] y de dónde vienes”?

En resumen, el racismo en México es un problema grave. Lo ha sido desde la misma independencia. En estos doscientos años que van desde 1810 hemos vivido la lucha entre las estrategias que han buscado el mantenimiento del status quo de explotación y las que han buscado desmantelarlas. Algunas de estas últimas han sido ideas propias y otras han sido adaptaciones. No huelga decir que las adaptaciones que hemos hecho de las prácticas de las potencias coloniales han sido las que peores resultados nos han deparado. Más nos valdría estudiar nuestra propia historia y nuestra propia sociedad, sopesar nuestros errores y también nuestros aciertos y, si vamos a buscar ideas en otros países, lo hagamos en los que sí se parecen -histórica y socialmente- al nuestro.

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