Era el señor X un hombre más corriente que común. Su deplorable salario como oficinista de gobierno, en alguno de esos sótanos húmedos y añejos de cualquier departamento sin importancia, le permitía sostenerse como siempre lo hizo; la mediocridad era sólo una de sus compañeras y la rutina le besaba los labios cada mañana frente al desgastado espejo.

Habitaba un cuarto tan simple que apenas cabían él, su pequeña estufa donde preparaba sus propios alimentos, un par de muebles y su inseparable soledad, que a veces, mientras se ajustaba su única corbata, le apretaba demasiado el cuello como intentando asfixiarlo.

Muy poco se sabía en la vecindad sobre el pasado o presente del señor X: Nunca hay que socializar demasiado, para no perderse en la ilusión de las amistades, para no caer en falsos anhelos ni errores, porque uno llega solo al mundo y solo se va, así debe ser. Hay que irse acostumbrando conforme ese tirano y embustero que es el tiempo nos va hundiendo más y más rumbo a la inevitable tumba. Repetía casi siempre el señor X para sus adentros cada que, por casualidad, en la calle o en su oficina alguien osaba preguntarle cualquier banalidad o saludarlo.

Flaco como un perro sin dueño a sus más de sesenta años el señor X era una representación viva de aquellos seres que tienden a repetirse en determinados siglos y bajo diferentes causas y que tan bien supiese retratar el loco Gogol.

No obstante, había algo siempre en su mirada, detrás de aquellas marcadas ojeras de origen árabe; unas pupilas de infancia perdida o todavía no concretada. Un sueño que de tan grande y feliz terminaba por asomarse como a la espera de un milagro para escapar.

Pocos, por no decir que nadie, lo tomaban en cuenta. Ni siquiera durante los convivios que nunca escasean y son en realidad pretexto para fugarse de la terrible labor cotidiana. Pero creo haber dicho ya que el señor X era un esclavo, o quizá un amante, de la cotidianeidad. Sí, en ocasiones la tomaba por la cintura y la conducía despacio hasta su cama, donde le hacía el amor con toda su impotencia sexual de anciano anticipado y arremetido por un tabaquismo de décadas hasta que la madrugada le entraba de lleno por un ojo y lo horrorizaba al mostrarle la proximidad del nuevo amanecer y de cuánto le costaría levantarse para llegar puntual al trabajo.

Cada vez era más difícil para el señor X existir entre tantos demonios que a dentelladas en las piernas y arañazos en la espalda le marcaban el camino próximo de la inexistencia y el hastío.

Un rumor cercano, como el agua de lluvia ligera que golpea el cristal de una ventana de forma sutil; era la voz de su muerte, hermosa, seductora muerte ataviada de nylon y tacones altos esperando para probar al fin su carne magullada por el paso de los ciclos perennes. El alma un chorro ahora que no alcanzaba ni para llenar una cubeta.

En esta ciudad y peor aún en este barrio siempre se ha padecido la escasez del agua, líquido vital y tan necesario para sobrevivir. Pero ese es otro tema.

Así que en medio de su dichosa desdicha el señor X comenzó a preocuparse y dicha preocupación fue tomando forma, una cada vez más evidente.

Como ya sabrá el lector, la sombra de un hombre depende de las fuentes que iluminen el cuerpo, de tal manera que no debe ni puede resultar extraño (bajo determinadas condiciones) observar a cualquier persona emitiendo más de una sombra en algún instante de su existencia.

Esto supuso al principio el señor X. Mas ahora que tenía tiempo suficiente para reflexionar a fondo sobre su caso, como reflexiona la luz en una galería de espejos, no tenía idea de cuándo comenzó el fenómeno que arrebataba en los últimos días su tranquilidad e incluso el hambre, porque desde que descubrió su situación hubo momentos en que dejó de comer, sumido en la búsqueda de alguna resolución adecuada.

Estaba completamente deschabetado, sí, eso era: por fin la enredadera de la senectud había trepado por los muros de su racionalidad y le ofrecía ahora de manera más que evidente todo un mundo por descubrir y contar cuando lo enviaran sus jefes o algún vecino piadoso y metiche directo al manicomio. Tales eran los pensamientos del viejo en la hora más amarga del te, sentado frente a su mesita donde revolvía papeles y hurgaba libros con temas clínicos conseguidos en la biblioteca ex profeso para tratar de encontrar acaso una señal, un motivo, algún símil que le dijera lo contrario.

¡Poseía el señor X dos sombras! Sin importar la hora del día y las fuentes irradiantes de luz, incluso posándose adrede bajo el sol del cenit y sin su acostumbrado sombrero. Ahí estaba siempre la maldita, la segunda, la doble sin explicación plausible.

Lo más curioso es que una aparentaba actuar como lo hace cualquier sombra normal pero la otra, la que no sabía de dónde provenía ni porqué le había brotado o desde cuándo, se empeñaba en sacarlo de quicio; por ejemplo, siempre aparecía en diagonal a partir del cuerpo, reflejando sobre el suelo su figura maltrecha desde los pies y hasta la cabeza y tenía la característica de ser más negra que una Navidad sin aguinaldo. Tan oscura la segunda sombra que muchas ocasiones sintió pavor de caer en ella y ser devorado por las fauces de otro tiempo y otro espacio y aparecer de pronto sin recordar quién era interpretando a uno de esos personajes clásicos y entrañables deLa Dimensión Desconocida de Serling, cuya transmisión disfrutó de principio a fin cada semana en el televisor durante su pericia.

La evitaba a toda costa, a todo mar evitaba inclusive mirarla, pero comprobó que resultaba imposible. No era mentira o alucinación, la sombra tenía vida propia. Cierto que casi todo el tiempo se movía tal y como el señor X lo hacía y adonde quiera que iba le seguía, pero a veces con el rabillo del ojo pretendía echarle un rápido vistazo, sorprenderla en un evidente acto de insolencia o cinismo y en efecto, por milésimas de segundo le daba la impresión de haberla visto rascándose o moviendo un pie o saltando sin despegársele de los zapatos o tocando aquí o allá cualquier objeto sin su permiso, como intentando ponerle orden al caos que era en sí mismo aquel hombre.

Pocos, muy pocos por no decir que nadie, notaron o dieron fe del decaimiento del pobre señor X., salvo por aquellos regaños obligados que le llegaron al perder el poco entusiasmo que le quedaba para realizar sus labores oficinísticas que de cualquier modo no servían para mucho. El escaso cabello que aún asomaba en su cabeza fue cayendo de manera constante hasta desaparecer por completo y dejar a la vista una fulgurante calva que demostraba la realidad de su grandiosa testa, el rostro adquirió de pronto los indudables rasgos de una enfermedad inevitable y mortal y el cuerpo se fue encorvando como si todo el peso del tiempo hubiese caído sobre su espalda. Pero lo que terminó de demolerle fue esa extraña coloración que le surgió de pronto y sin previo aviso en la piel, un tenue color café al inicio pero que con el paso de las semanas tornase más y más hacia el azabache.

En medio de su chifladura por este raro e inexplicable caso de la naturaleza nunca antes visto trataba de conservar la calma e incluso gastábase a sí mismo alguna que otra broma de mal gusto frente al espejo, como decirse, sin que nadie más escuchase por supuesto, que era un ciudadano nuevo en el país, proveniente de África o que su suerte era tan negra que ahora le manaba por la dermis.

Suficiente era ya tener que soportar la insoportable presencia de la doble sombra, que valga decir ya se mostraba impertinente a cada instante, pues tenía vida propia y al parecer hasta conciencia, no obedecía y no existía manera ni rezo ni embrujo que pudiese contrarrestarla. Sus actos llegaron a ser obscenos para el señor X.; una vez la descubrió tocando la sombra de una mujer mucho menor que él, lo que obviamente le ruborizó al grado de echar a correr para no ser apresado por los oficiales que se hallaban cerca.

Lasciva y turbia era la terrible silueta, proyección quizá (también llegó a pensar con lujo de espanto) de los hórridos demonios que le consumían y que siempre le acompañaban de igual forma, inaudibles demontres mas no por ello inexistentes, lo sabía o cuando menos lo intuía.

Pero un día sucedió lo inevitable, el negro profuso lo consumió hasta la locura mientras observaba sin poder hacer nada que la sombra, su doble sombra inmunda y asquerosa, tomaba su forma, su cuerpo, su propia vida. Se levantó entonces aquella figura que en apariencia era él, un señor X. desconocido, pero esplendoroso con aires de rey o de profeta, y partió a la calle para conquistar cada espacio por donde pasaba.

Dejó muy pronto de ser aquel al que todos evitaban, el menospreciado señor X. de la oficina de asuntos sin importancia para erigirse como el admirable, el respetado y afamado señor X.; una burda contradicción si tomamos en cuenta su edad y los años que pasaron para convertirse.

En cambio, el antiguo señor X. quedó atrapado en la negrura y vivió el resto de sus días copiando los movimientos de su amo, allí… pegado al cuerpo que fuese suyo alguna vez.

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