Por Alejandro Solano Villanueva 

Me gustaría partir de un pensamiento cartesiano muy básico. Para no hacerlo muy rebuscado, Descartes planteaba la idea de que el hombre es una bestia pensante, es decir, que a eso debe su concepción de la existencia. Pienso luego existo. Para el hombre no es asequible la verdad, sino la duda sobre las cosas y su existencia. Eso incluye al propio yo y a lo otro que nos rodea. Bueno, y a qué viene todo este choro. El libro de Alfonso Valencia, desde su título, tiene la pretensión de mostrarnos las profundidades de un hombre, Dobais Villafana, desde una perspectiva intimista dada por sus propios documentos, desde sus propios razonamientos y juicios sobre la existencia. 

En la introducción se pueden encontrar referencias un tanto veladas, un tanto incompletas: Dobais Villafana era un junkie citadino, presumiblemente activo en los bajos mundos, aparente suicida y supuesto desaparecido por el crimen organizado. Muy listo, dice la introducción, como para soportar la realidad tal y como existe. Desde el inicio todo es una apariencia. El libro presenta a un hombre que se concibe a sí mismo como un personaje, como un ser inconstante, cambiante, en decidida pugna con sus propios juicios y emociones, cartesianamente, incapaz de concebir la verdad como algo único y acabado, sino en inquebrantable duda de las propias profundidades que se pueden hallar, incluso, en los lugares menos esperados: tanto en una biblioteca como en un picadero, un putero o una camioneta prendida en llamas. 

Este libro, dividido en cuatro secciones: tres cuadernos y uno de archivos digitales, es un intento por estructurar, lo más posible, la complejidad de un hombre sin rostro, de un ser del que únicamente quedan los escritos y, por tanto, las ideas plasmadas en ellos. Además, ese ser, como en un juego de mundos inacabados, construye otros personajes no sólo para dejarnos entrar en sus recovecos más profundos, sino para que por unos cuantos minutos observemos el mundo como sus personajes, como él mismo los ve. Los textos (¿cuentos, anécdotas, chismes de picadero?) revelan, precisamente, la incompletud del ser, los pensamientos a medias, las historias a medias que se cruzan entre los recuerdos y la imaginación. Y sin embargo, los narradores, a media res casi siempre, nunca dudan de lo que van a decir, como si el enunciar volviera la palabra en algo tangible, en algo físico, real, de algún modo. 

Esta estructura de incompletudes es una clara referencia a la tradición gringa de finales del siglo XX en la que no existen mundos ni personajes acabados, sino construcciones irreconciliables, hombres a medias, seres a medias, como nosotros mismos: yo en las redes sociales, yo frente a mis padres, yo en el putero, yo con mis hijos… Todos y al mismo tiempo ninguno. Un Yo inacabado, incompleto, lleno de todo y vacío de propósito al mismo tiempo. Así son los personajes de Dobais Villafana, así es el mismo Dobais Villafana… Y cuando algo por fin tiene un propósito, se le busca otro para darle un nuevo sentido en el mundo, para que no sirva al único fin de existir, sino que atraviese la realidad prendido en llamas, quemando lo que esté a su alrededor; dicotomía: sacrificio-purificación, como en el cuento que le da nombre al mismo libro: “Préndete fuego”, en el que el narrador dice: 

Crece tu cuerpo con el ruido y las revoluciones por minuto. Siente la sangre correr por tus venas y date cuenta que no es sangre: eres tú, replicando tu movimiento en la carretera de tus venas y arterias. Mira tu sangre brillar, el rastro que dejas sobre el camino. Atropella a los niños que esperan a sus padres afuera de las escuelas. Atropella a las putas que esperan a los camioneros bajo los puentes. Arrolla a los perros que buscan los botes de basura al otro extremo de la vía. Destroza los desdichados que esperan tu compasión y muestran un letrero con el nombre de una ciudad mientras extienden sus pulgares. Aplasta sus cráneos. No te detengas, jamás. 

No se trata de una incitación gratuita a la violencia, sino de darle la vuelta a una realidad que se supone acabada. En un mundo donde todo está donde se supone que debe estar, el narrador plantea un más allá, un irse más lejos, al punto donde la moral, lo correcto, lo bello de ver platónico quede bajo el yugo del caos, que es, quizá, más real, más natural al hombre, más que el orden que pretendemos, que mina nuestra verdadera naturaleza. Corrección política y social, hipócrita, que hemos asumido como la única verdad, en la cual somos hombres buenos, limpios, empáticos que buscan el bien propio y el de los demás… Charadas, pretensiones, fingimientos para quedar bien con los otros. Dice, por ejemplo, la actriz porno (otro personaje de Villafana) que está filmando un spot de televisión para Navidad: 

Feliz Navidad chicos […] Sean felices. No coman demasiado. No queremos sus venas atascadas de colesterol, no queremos que sufran un derrame cerebral, no nos gustan los vegetales, no así. Vayan con sus familias y hagan como que no ven porno, como que no saben lo que sabemos que saben. Finjan que no han inhalado coca y que no han despertado de la embriaguez con el dulce olor del poper, con un negro detrás de ustedes, ya es muy tarde para arrepentirse. A disfrutar de la vida, duds. Besen a sus esposas, abracen a sus hijos y muéstrenles el buen camino.

Este tipo de incitaciones, por decirlo de algún modo, se repiten a lo largo del libro, pero insisto, me parece que no se trata sólo de la violencia gratuita, tanto de las acciones como del propio lenguaje, sino de mirar el mundo con unos ojos, quizá, sin el filtro de las sutilezas, sin el miedo de la moral… Supongo que Dobais Villafana nos pretende mostrar su visión cruda de la realidad que nos circunda, pero de la que no se habla en las altas esferas de la política y la moral, en donde o es crimen o es pecado. En el Cuaderno Tres, correspondiente a los diarios, Dobais Villafana se desnuda un poco frente al lector, como el poeta en la plaza pública del que hablaba Octavio Paz, y confiesa que mucho de este empuje se trata de un arrebato juvenil de veinteañero, que se trata de una especie de premaduración de las propias convenciones sociales, dice: 

Recordamos esos viajes que pudieron costarnos todo. La feliz sensación de invencibilidad. La puesta a prueba de nuestros límites. Los juegos con nuestra mente. Puro derroche neuronal. Fue mucho daño, harta falta de juicio. Mucha bastardez. Autosabotaje. Puro arriesgue. Vivíamos en una curva infinita […] Traemos nombres, imágenes y sonidos al presente. En el recuerdo somos más piadosos con aquellos que odiábamos: no nos alegran sus desgracias. En nuestra memoria, todas las cuentas están saldadas: no hay cabos sueltos. Eso creemos. Eso queremos. 

Entonces, ¿estamos ante un desarrollo de la maduración humana, intelectual, moral del hombre o sólo se trata de arrebatos de juventud en los que gobierna el empuje por revolucionar, innovar, cambiar y sacrificarse por aquello que es el ideal? No sabría como contestar eso. Júzguelo usted mismo, cuando lea el libro. Sin embargo, no creo que se trate de una contradicción, sino de una paradoja. Vuelvo al punto inicial, no somos, ni Dobais Villafana, seres acabados ni podemos acceder a la verdad de las cosas, sólo tenemos la experiencia a la que llamamos vida. 

[Préndete fuego. Cuadernos y archivos inéditos de Dobais Villafana.  Alfonso Valencia.   Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, 2018]

Este libro será presentado en la Feria del Libro Infantil y Juvenil del estado de Hidalgo (FLIJH), éste jueves 21 a las 16:00 horas en las instalaciones del Centro Cultural del Ferrocarril. Contará con los comentarios de Aura García-Junco y Gaby Castillo.

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