Me sorprendió ver que “El expreso del miedo” (Snowpiercer, Joon-ho Bong, 2013) se estrenaba en casi todas las salas comerciales de México tras dos años de su salida internacional. No me extrañó, eso sí, que desapareciera de muchas carteleras una semana después, a pesar de encontrarse, incluso, en las salas 4DX. “El expreso del miedo” (y es la última vez que me referiré a esta película por su poco acertado título traducido al español) es una obra compleja, con un trasfondo alegórico, político y social, a la par de una poética visual admirable que tributa las fórmulas del cine oriental.

“Snowpiercer” nos narra la historia de un futuro posapocalíptico en el que la humanidad ha perecido a causa de una nueva era glaciar. Los escasos sobrevivientes habitan en un tren que marcha hacia ninguna parte y en donde se acentúan la diferentes clases sociales. A raíz una revuelta, liderada por Curtis Everett (Chris Evans), los pasajeros que habitan en la parte de atrás del tren se abrirán paso hacia los vagones de adelante para descubrir, así, el verdadero sentido del lugar que habitan.

La trama, en sí, puede parecer poco creíble. Más, incluso, conforme la historia avanza y descubrimos el contenido de los vagones subsecuentes. Por ello debo advertir a quien vea esta película que no debe analizarse bajo una perspectiva realista, sino bajo una completamente alegórica. Se trata, pues, de un filme de tintes kafkianos donde el absurdo sirve de pretexto para establecer un discurso crítico aunque, eso sí, algo anacrónico.

“Snowpiercer” está basado en “Le Transperceneige”, novela gráfica de Jaques Lob y Jean-Marc Rochette perteneciente al género especulativo de las distopías, cuyo apogeo se remonta a la segunda mitad del Siglo XX (durante la posguerra), con obras como “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, o 1984, de George Orwell. La novela gráfica también encontraría valiosísimos ejemplos como el caso de “V for Vendetta”, de Alan Moore y David Lloyd.

Se atribuye el primer uso de la palabra dystopia al político británico John Stuart Mill quien, durante un debate parlamentario acecido en 1868, atacó la posición conservadora del gobierno al negarse a conceder a los irlandeses el derecho a poseer sus tierras o escoger su religión. Posteriormente, el término se trasladaría al campo de la ciencia ficción para designar aquellas obras futuristas que, a partir de las premisas esbozadas en las utopías, establecen una posición crítica de los sistemas políticos contemporáneos.

Por lo anterior, “Snowpiercer” posee un contenido profundamente alegórico, que puede recordarnos el absurdo sistemático que experimenta Josef K en “El proceso”, así como esa sátira posindustrial tan bien planteada en clásicos del cine como “Metrópolis” (Fritz Lang, 1927), al igual que las extravagancias aristocráticas de “Brazil” (Terry Gilliam, 1985). De ahí que el discurso del filme pueda resultar obsoleto. Aun así, las cualidades de esta obra son tan variadas que la trama, e incluso la metáfora, se fortalecen por la poética visual creada por el director Joon-ho Bong, quien no desconoce la estilística del cine surcoreano en escenas de acción que nos recuerdan las secuencias de peleas de Oldboy (Chan-wook Park, 2013).

Aunado a lo anterior, “Snowpiercer” cuenta con un reparto sólido que además se robustece por la creación de personajes excéntricos. La actuación de Tilda Swinton, en el papel de una lugarteniente sádica y manipuladora, es un claro ejemplo de ello. De la misma manera, Kang-ho Song, quien había trabajado anteriormente con el director, nos presenta un prisionero adicto al “kronol” (la droga que se distribuye en el tren), cuyo papel se desenvuelve con sincronía escenográfica a pesar de la diferencia de idiomas. El siempre admirable John Hurt no es la excepción a esto último, así como otro actor a quien no mencionaré puesto que aparece hasta el final de la película, pienso yo, como sorpresa para aquellos que disfrutan de esta clase de detalles.

Debo reiterar que “Snowpiercer” no es un filme para cualquiera, y que desde el inicio de la historia uno podrá manifestar incredulidad hacia sus premisas; aun así, las cualidades (y peculiaridades) son vastas y admirables, razón por la cual le otorgaré 9 notas en negro.

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