La condición actual de nuestra sociedad se sostiene, entre otras cosas, gracias al ideal de democracia. Nuestro gobernante fue elegido por consenso, es decir, a través de un complejo dispositivo en donde se nos brinda la oportunidad de elegir, a través del ejercicio del voto, a la persona que supuestamente queremos que dirija la entidad en la que habitamos. El acuerdo es que, independientemente de que hayamos emitido nuestra preferencia a favor o en contra, quien obtenga la mayoría de votos, comprados o no, será quien gobierne a todos los demás.

En el pensamiento oficial, respetar este acuerdo es actuar a favor de la comunidad. Sin embargo, gracias al consenso la sociedad se polariza: el rico es más rico y el pobre es más pobre y más explotado. Alzar la voz en contra de las acciones y decisiones del gobierno y de las personas que ejercen el poder significa hablar y actuar desde el disenso, desde el desacuerdo.

Para Jacques Rancière, la política actual está representada por el consenso: “esto significa haber vaciado toda reflexión sobre la sociedad de las referencias al conflicto, al no entenderse” (Léveque, 2005, pág. 182), lo cual nos lleva hacia una falsa democracia. En la compleja relación entre arte y política, este filósofo francés prefiere las obras que generan disenso en lugar de la complacencia general consensuada. Desde su punto de vista: «Arte y política se sostienen una a la otra como formas de disenso, operaciones de reconfiguración de la experiencia común de lo sensible». (Rancière, 2010, pág. 65)

Hace algunos años, la avenida de los Insurgentes en la Ciudad de México estaba atestada de autos y unidades de transporte colectivo que generaban tráfico y contaminación. En respuesta, el gobierno construyó la primera línea del Metrobús, la cual atraviesa esta gran ciudad de norte a sur. Los microbuses fueron retirados y temporalmente se resolvió el conflicto. Hoy en día, el tráfico de Insurgentes es el mismo de antes.

En 2015, Pachuca inaugura su propia versión del Metrobús, más para simular que es una ciudad en progreso que para resolver un conflicto vial o de transporte. Irónicamente, la construcción del Tuzobús generó tráfico en una metrópoli en donde no lo había. La acumulación de autos en la entrada principal de la ciudad, creada por el diseño de la nueva línea de transporte, me remite a la obra del controversial artista español Santiago Sierra. En 1998 obstruyó con un tráiler el camino por unos minutos impidiendo que los carros circularan, resultando en un enorme bloque de tráfico por un lado y un amplio espacio vacío del otro; una escultura monumental efímera, una obra de disenso.

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Santiago Sierra: Obstrucción de una avenida con un tráiler; Anillo Periférico Sur, Ciudad de México, 1998.

Hoy, sábado 15 de agosto de 2015, a unas horas de que sea inaugurado el Tuzobús, me siento en la frágil frontera que divide lo vacío de lo lleno. Quiero imaginar que este proyecto es una obra de arte transgresora. Que un grupo de artistas muy astutos, disfrazados con trajes costosos y autos lujosos, embaucaron a los ingenuos funcionarios de Hidalgo. Que les vendieron un proyecto fallido, lleno de huecos y errores. Que los engañaron para que llevaran a cabo una pieza que generara desacuerdos y disenso. Para que los ciudadanos nos disgustásemos, para que reaccionáramos e hiciéramos público nuestro descontento. Para que en las redes sociales, en la radio, en las bardas, en los artículos de los periódicos y revistas, y en el mismo interior del Tuzobús, externásemos nuestro hartazgo.

Para que cuando los funcionarios responsables de las arbitrariedades de este despilfarro inútil e innecesario lean y escuchen las noticias críticas, se sientan incómodos. Para que cuando salgan a la calle ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos sepan que estamos hartos de que vivan a nuestras costillas. Para que todas las mañanas, cuando tomen su café y lean el diario, hagan un berrinche porque los seguimos cuestionando.

En el arte los espectadores pasivos no sirven de mucho, viajan kilómetros hasta donde se encuentra colgada la Gioconda para verla, únicamente, a través de la pantalla de su teléfono mientras se toman una selfie con el objetivo de simular que son cultos. El Tuzobús no hace una mejor ciudad, sólo simula hacerlo.

Seamos espectadores activos, dibujemos bigotes a la Gioconda. Hagamos caso los dadaístas y usemos la plancha con clavos de Man Ray para quitarle las arrugas al gobierno y a su supuesta democracia.

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Man Ray: Plancha con clavos, 1921.

 

Imagen de portada obtenida de www.thestructuras.com

1. Imagen tomada de http://www.arttattler.com/archivesantiagosierra.html

2. Imagen tomada de https://shuperlocodesign.wordpress.com/2008/10/04/d-a-d-a-i-s-m-o-john-heartfield-max-grosz-man-ray/

Referencias

Léveque, J. (2005). Estetica y política en Jacques Rancière. Escritura e imagen, 179-197.
Rancière, J. (2010). El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial.

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