Fotos: Hanna Quevedo X Nrmal 

Sábado por la mañana. Una decena de seres nocturnos bailando desquiciados en un espacio de cuatro por cuatro. No recuerdo el total de horas que llevaba sin cerrar los ojos. Aquella locura amenazaba con transformarse en un caos total. No me malentiendan; me encanta el caos, pero esta vez tenía que partir. El Deportivo Lomas Altas me esperaba para el despegue. Antes de comenzar el trayecto, el ente peludo no pudo lograrlo. Quedó perdido en alguna puerta dimensional. A cambio, se sumaron dos individuos con un equipaje sospechoso. Latas de aluminio que al ingerirlas, las entrañas mutaban. Lo único que recuerdo del trayecto es el ruido de estas al abrirse. Por fin, el pasaje directo a la nave estaba enfrente de nosotros. Nrmal 2018. Nos reunimos con otros tripulantes e iniciamos el ascenso. 16 horas. Puño feminista levantado con las dominicanas de Mula. Retumbaba el dark dembow. Los motores se encendían. “El ron que los prendía y los distraía, era que sugería que no había pasado el día”. Éramos parte de una masa de cuerpos oscilantes entregados a una rítmica orgía.

17 horas. Un poco de oxígeno conectado a nuestro lado más synthpop. Sophie Lindinger y Marco Kleebauer nos inyectaron una droga austriaca llamada Leyya. Bastaron unos minutos para enamorarnos de la melancólica voz de Sophie y engancharnos de los beats cadenciosos de Marco. 17:15 horas. 17:30 horas. 17:25 horas. Punto exacto en el cual las horas dejaron de importarnos. Acid. Punk. Acid. Punk. Mezcla extraña con resultados brutales. El acid lo tronaba Tobías Rochman y el punk se desgarraba por la garganta de Chris Vargas. Pelada desde Montreal. Exorcismo de furia contenida por años. Punk electroso que bien podría musicalizar estos tiempos en nuestro país. Ahora una pequeña dosis de Essaie Pass para controlar la ira. Sensualidad technosa para ponerse la máscara de seductor. Mientras la piel terminaba de erizarse, en el escenario contiguo las tradiciones comenzaban a fusionarse con lo moderno. Los Gaiteros de San Jacinto. Íconos colombianos. Adrian Sherwwod y Diego Gómez. Toque Dub. Un combo hipnotizante para pasar a la fase del trance. Técnicas de sonoridad impecables. Electrónica que no es electrónica. Lástima que muchos oídos presentes fueron sobrepasados.

19: y algo horas. Las máquinas se aliaban con el hombre. Alemán tenía que ser. Flashazos de Kraftwerk durante todo el set. Felix Kubin parlaba. Discutía. Reía. Manoteaba. Gritaba. Y hacía las paces con toda clase de sintetizadores. Nosotros no dejábamos de pasar el código de barras tatuado en nuestra muñeca. El ambiente se llenaba de ciencia ficción, pop y electrónicos. Hasta el mimo Klaus Nomi se materializó a través de las ondas sonoras. Mismas que nos transportaron hacia los terrenos dominados por Jessica. Una versión electrónica de Iztapalapa. Ataviada de su traje de Smurphy, demostró por qué es uno de los engranes más importantes dentro de esa maquinaria llamada “música electrónica mexicana”. Cosa que ya había hecho en la edición 2017 del Mutek. Bajos que se metían por la boca y resonaban en el pecho. Glitch que descomponía y recomponía las conexiones entre neuronas. Techno que levantaba tus pies. House que los azotaba. Toda esta fusión agarraba tu alma y no la soltaba hasta transformarse en líquido que salía por tus ojos. Aquí, el viaje ya no tenía retorno.

Hasta nunca, amigos. Sinceramente, Mac de Marco nunca me importó. Será combustible para otros. Para mí, no. Of Montreal sirvió para disfrutar el trip que ya había comenzado. Asomarse por las ventanas. Disfrutar el paisaje. Sonoridades multicolor. Géneros que se enamoran entre sí. Celebración pura de la vida. Respiramos. 21 horas. Una sombra cowboy de dos metros de altura. Resguardado por un ente armado hasta los dientes. Dos sensuales espectros que parecían salidas del averno. El tiroteo comienza. Nadie sabe por dónde están llegando los balazos. ¿Una ametralladora acaso? Algo taladraba los oídos sin cesar. Golpeaban nuestra cabeza contra el pavimento. Un segundo y el cuerpo desmembrado. Tres segundos y los sesos disparados. Ruido que apretaba la mandíbula. Sonidos que estallaban en los ojos. Brutal. Enfermo. Violento. Asquerosamente hermoso. Sublime. Cómo diría Lups: El Puto Amo. No existía duda alguna que ya habíamos sobrepasado la estratósfera. Gracias, Yves Tumor. 23 horas. El tiempo esperado por muchos. Demasiados años de ausencia. Expectación al máximo. Nos encontrábamos en algún tiempo. En algún lugar. Keigo Oyamada y sus tres máquinas perfectamente aceitadas. Apareció el Point. Después el Fantasma. Luego el Mellow Waves. Se intercalaban a su antojo como si el pasado, presente y futuro no existieran. Guitarras disonantes que perseguían sonidos. Síncopas en la batería milimétricamente medidas. Los instrumentos dialogaban entre sí. Silencio. Theremin aullando. Silencio. Rock matemático. Pop apocalíptico. Logramos llegar a la cima. El punto cúspide. El clímax. Estábamos ahora postrados ante dios. Allí fue donde descubrimos sus más profundos secretos. Dios es japonés. Se llama Cornelius.

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