A Tania Favela

En una entrevista que se puede ver en Youtube, Yuri Herrera, autor de las tres novelas que estoy estudiando para mi tesis de maestría, confiesa que se tardó mucho en comprender que los narradores son los hijos tontos de los poetas. En la poesía, dice Herrera, se lleva a cabo la operación más intensa, inteligente, creativa y densa que se puede hacer de la lengua. No podía estar menos que de acuerdo. Pero no fue sino hasta tomar un pequeño curso con la poeta Tania Favela en que tuve un poco más de claridad al respecto.

Aunque entre los poetas que analizamos en el curso aquel estaban ya algunos preferidos míos, porque los conocí en mis lecturas iniciáticas de adolescente hormonalmente alterado, la lectura analítica que hicimos de cada uno de ellos no sólo me ayudó a re-conocerlos y a saber de otros que no había leído: lo que es más, me ayudó a leer la poesía de una manera harto diferente. Venía yo pensando en esa frase de Yuri Herrera desde hacía tiempo. Antes de oírla y darle vueltas y vueltas, tenía de hecho yo en la mente aquellos poemas de Octavio Paz en los que el poeta de Mixcoac zangolotea al lenguaje, y una frase suya también, donde sostiene algo así como que el poeta debe respetar al lenguaje, pero también debe tener el valor de transgredirlo. Qué idea tan excitante, ¿no? Aunque no sabía muy bien en la práctica qué significaba.

Siempre había tenido la seguridad de que el lenguaje no es un medio de expresión, sino que es en sí mismo, libre de todo lo que se pueda decir de él, o de lo que él pueda decir de cualquier otra cosa. La literatura no como un medio de comunicación para expresar otras ideas, sino que en sí misma es. No se refiere: significa. Creo habérselo leído a Barthes. Era una idea pajarita que me anduvo dando vueltas durante este curso. Fue muy interesante que no abordáramos al lenguaje como un medio técnico (jamás hablamos de comparaciones, metáforas, analogías, sinécdoques, epiforas, etcétera) sino como la materia última —la única posible— con la que el poeta transforma todo. Y es que la poesía es la vida, y la poesía es el mundo. Y el poeta es ese dios que crea. Pero lo bello es que se trata de un dios terrenal. Un dios, hoy más que nunca, lleno de problemas. Un dios con mil conflictos que crea un mundo que le permite al hombre reconocerse, vivir, cuestionarse, proyectarse, tratar de entenderse y transformarse, o no. Un dios con muchas deudas, pero que trata de vivir a toda costa. ¿Es casual, pues, que el autor más interesante para mí haya sido Vicente Huidobro y su Altazor?

Desde su biografía, Huidobro me parece fenomenal. Que haya dejado a su esposa para correr enamorado de una adolescente, y que después se la haya robado para irse a vivir junto con ella a París, es ya una historia digna de contarse. Si la vida es poesía y viceversa, esa vida de Huidobro se ve reflejada en su obra. Paralelamente a estos episodios apasionados de su vida, en un contexto conservador como la alta burguesía chilena, Huidobro desarrolló una obra igualmente apasionante. Críticos con todo, renovadores, burlones, sensibles, pero dolorosos también, los versos que componen su Altazor son el fruto de varios años de trabajo, de diferentes Huidobros. En efecto, se ha afirmado que se trata de una obra con muchos altibajos estilísticos y contradicciones conceptuales, precisamente porque es el reflejo de muchos años de trabajo, de las distintas visiones que Huidobro mago poeta y dios tenía de sí mismo. Curiosamente, eso es lo que me resulta más mágico de Altazor. Aquí quería decir yo una especulación: que el poeta dueño de un gran oficio seguramente notó esos altibajos, pero tuvo claridad en que esas contradicciones eran parte de la maravilla de esta obra. Sin embargo, me la reservo. Ciñéndome a la obra, cuya estructura y características analizamos en aquel curso, mi opinión es que, en comparación con los movimientos de vanguardia que precedieron al poema, a saber el creacionismo, el valor de esta obra es que verdaderamente resulta una innovación en todos los sentidos que habían buscado las vanguardias: ser rompedoras, ser promotoras de nuevos valores estéticos y morales, ser creativas hasta la saciedad, ser burlonas, ser sinceras. A estas aspiraciones, que de sobra alcanza Altazor, se añade una fundamental: la toma de conciencia de que estas aspiraciones, y la toma de conciencia del eterno fracaso en lograrlas. De los fragmentos que se pueden usar para ejemplificar esto, prefiero este:

Cae en infancia

Cae en vejez

Cae en lágrimas

Cae en risas

Cae en música sobre el universo

Cae de tu cabeza a tus pies

Cae de tus pies a tu cabeza

Cae del mar a la fuente

Cae al último abismo de silencio

Como el barco que se hunde apagando sus luces

(Canto I, 47-56)

El fracaso universal siempre en lucha frente a todas nuestras aspiraciones. De los tantos motores que mueven a Altazor, ése es el que más me gusta. El que más me gusta de un dios que se sabe lleno de deudas, de problemas, y aún así crea la vida y el mundo. Creo que ese es el dios poeta que me gusta. Es un punto de partida que descubrí en este curso. Y en torno al cual quiero reconstruir las frases de Yuri Herrera o de Octavio Paz que tanto me gustan, para no olvidarme del valor de la palabra como inagotable creadora de mundos.

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