Estoy aquí tirado con la cabeza caliente que me punza cada dos segundos y con la que ya no puedo más, es como sentir que a cada instante algo se desgarra dentro de mi mente, como si mis pensamientos condenados al suicidio se convulsionaran y retorcieran emitiendo los últimos chillidos de una agonía sentimental.

Yo sólo quiero que termine, quiero levantarme y pretender que tengo un rumbo fijo para dirigir mis ojos mientras camino casi a tientas por la calle. Quiero levantarme y pretender que soy más que los restos de un eco mudo que se materializa a cada instante entre las sombras de un colectivo que me esconde y me persigue. Es un murmurar intermitente, que me desprende y me conecta con el resto del mundo. Puedo sentir entre los vellos de mis brazos ese magnetismo que me eriza cada poro de la piel, puedo percibir los últimos suspiros que mueven los cabellos de mi nuca mientras proclaman una libertad inexistente. He tratado de recoger entre mis manos cada caricia indispuesta, cada verso, cada rima y cada introspección para coleccionarlos como angustias para días soleados, haciendo que la sombra de sus pasos camine detrás de los míos en una persecución infinita.

Cada mañana después de mirar el techo durante media hora, recojo los despojos de mi cuerpo para enfundarlos en el disfraz que tengo que usar para poder ser parte de este mundo, lleno los huecos de cada bolsillo con monedas y piedras, para que al salir de casa el viento no me lleve volando por la falta de mí entre mis vestidos. A este punto he llegado, ha esta destrucción y derrumbe de cada parte que me conformaba como un ser humano.

Llego al trabajo, escondido entre la cortina de humo que forma el cigarro que habita en los confines amarillentos de mis dedos, el que muere y renace una y otra y otra vez, hasta que el hastío lo planta en un sepulcro de cristal cortado. Mi cuerpo se mueve, bailando al compás del viento que me empuja, penduleando entre el ahora y mi pasado, entre la imagen de una computadora y el susurro cálido y constante que, detrás de mi oreja, sacude el polvo de mi tiempo consumido entre las brasas un adiós que desfallece.

¿Cómo es siquiera posible caer tan bajo? confrontar los demonios más absurdos, los miedos más terribles en un flash back que te debilita hasta perder la noción de tu propia persona, ¿cómo es que te encarcela entre el autismo y la ceguera, dejando que cada parte de ti se evapore con él? como si cada recuerdo que te arranca un suspiro terminara robando pequeñas partes de tu alma, hasta que te evaporas y tu ropa flota a placer de cualquier brisa. Terminas levitando por la calle tratando de aferrarte a las cornisas con tus manos de tela, las que te hacen lucir como algo físicamente posible, volando como una burbuja que sube y baja antes de desaparecer con el brillo del cielo.

En esto se resume mi tiempo, mi libertad forzada y mi tedio generalizado ante cualquier espectro de alegría. Camino hacia mi casa, después de la lluvia verbal con la que me ha empapado el transporte público, con los ojos al frente, entrecerrados, para mirar borrosamente los contornos del mundo, para desmaterializar lo que me rodea y que se funda conmigo.

Arrastro mis pasos por las escaleras para calcular el peso de mi cuerpo al final de cada día, para ver si he recuperado parte de mí al beber un café frío, si el humo de mi cigarro ha llenado los vacíos o si solo son mis zapatos que han acumulado más piedras.

La cama está fría pero está aquí, frente a la imagen traslúcida de mi persona. Desnudo, dejo caer mi cuerpo que flota, como el vaivén de una pluma al caer de una ventana. Siento la frescura de mi almohada aprisionando suavemente mi oreja izquierda y respiro lentamente antes de sumergirme en paraíso onírico que me libera del mundo.

Tal vez mañana sea más corpóreo.

 

 

 

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