¿Qué ya se van a la guerra o qué?, ¿y sus armas?, nos dice un hombre al ver pasar al grupo de más de cincuenta personas afuera de “El Gato Montés”, una de las tiendas más antiguas de la ciudad en el barrio de El Arbolito. Es el comienzo de la cuarta caminata de la serie Recorriendo Hidalgo, atravesará un viejo camino en el bosque para llegar al pueblo de Mineral del Chico.

Las calles son peluquerías abiertas, olor a mota, venta de leche y perros comiendo de bolsas de basura. Llama la atención un edificio enorme de ladrillos: es el Centro Cultural del Arbolito, una joya invisible de la ciudad. Subimos hasta una explanada donde la gente monta un bazar de ropa de segunda mano, desde ahí se aprecia un edificio color verde que, como si fuera el título de este paisaje de pobreza y fe, dice: Cristo Salva.

“Ya me está llegando el metabolismo de los 25 años”, comenta una compañera para referirse al cansancio mientras arribamos a la calle de Humboldt (la primer calle de la ciudad). Aquí las casas fueron construidas desde la lógica del hormiguero, o sea, a partir de las piedras expulsadas alrededor del hoyo de la mina. Los guías explican que aún existen los talleres que hacían herramientas con máquinas de hace un siglo o más. También cuentan que había una cantina llamada la Flor de Xóchitl, en la que siempre había peleas y cuando había muertos los echaban en los tiros de las minas y asunto resuelto (una necro práctica común hasta nuestros días).

La pesadilla minera sigue asediando a este territorio. En el cerro hay letreros en contra de las minas activas, que son partes del neoextractivismo que llegó a la ciudad y tiene que ver con el Proyecto Pachuca, de la obscena empresa Altos Hornos de México, que amenaza con desaparecer los cerros del pueblo de Epazoyucan. 

Nos detenemos a contemplar los abismos rodeados por muros arcaicos que conservan torreones desde donde los charros negros vigilaban y disparaban a cualquier sospechoso de robo de metales. Se dice que ha sido común que dentro de estos túneles aparezcan parejas muertas, que en la búsqueda de un espacio de romance, inhalaron gases tóxicos y murieron a los quince minutos.  

Seguimos hasta el poblado de San Miguel Cerezo, en las paredes hay grafitis de arcángeles que portan hongos y espadas. También hay una iglesia hecha con cantera y tezontle. A partir de aquí comienza la Presa de Jaramillo, seca y con grietas ahora, fue diseñada para recolectar agua en tiempos de la Revolución.

En el grupo va un niño acelerado, rompe el control de su madre y corre por los voladeros del camino. Su ímpetu nos pone en alerta y no sé por qué, me hace imaginar las cruzadas de niños del siglo XII. Entre 20,000 y 30,000 niños salían desde Francia e Italia hacia Jerusalén en búsqueda del Santo Sepulcro, pero se perdían en el camino, desertaban, morían o eran capturados por traficantes de esclavos. 

Ya dentro del bosque, el grupo avanza como un serpiente silenciosa, ha estas alturas el caminar ha desdoblado los dramas emocionales que algunos veníamos cargando. Dicen que en este camino había un comercio de rosas, que las mujeres cargaban en canastas. Se alcanza a ver un viejo empedrado por donde pasaban carretas. Ahí nos enteramos del personaje de la Marquesa Calderón de la Barca, que pasó por aquí en el siglo XVIII. 

La Madame Calderón de la Barca era una escocesa llamada Frances Erskine Inglis, que estaba casada con primer ministro de España en México. Vivió tres años acá, le aterraban los léperos (aquellos seres suburbanos de los que habla Roger Bartra en la Jaula de la Melancolía, que llegaron tarde a la modernidad y fueron el caldo de cultivo de la identidad nacional mexicana).

En su libro: La Vida en México, la Madame cuenta su paso asediado por tormentas entre Huasca y Real del Monte, cuando los ingleses trabajan las minas con sueldos estratosféricos antes de la quiebra. Sus relatos alaban a la naturaleza de la región rica en ríos, flores, siervos y valles verdes. Fue recibida por Francisco Rule, con un desayuno inglés y mexicano, no la dejaron bajar a las minas, pero notó la soledad en la que vivían las esposas de los altos mandos ingleses. Que además, vivían obsesionadas por los diamantes y en sus bailes en el Palacio de Minería en la Ciudad de México, entonaban el himno God Save the Queen en honor a la Reina Victoria. Benditos sean los Sex Pistols. 

Desafortunadamente, la naturaleza que Madame de Calderón vió se reduce cada vez más. Una historia conocida entre los alpinistas dice que la última caza de venado la hizo un grupo de empresarios en en los años cuarenta del siglo pasado. Y hoy, el bosque está asediado por la mancha urbana que rasguña el resguardo del Parque Nacional. En el último tramo del recorrido la montaña se ha tragado al grupo, que es ya una peregrinación involuntaria. Algunos hasta reclamaron por lo largo del camino, querían una caminata más cómoda. 

 

David Ordaz Bulos

@David_Orb 

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