Actualmente estoy disfrutando la lectura del texto «Paraísos artificiales». Arte participativo y políticas de la espectaduría, escrito por Claire Bishop en 2012. Recientemente fue traducido al castellano por Israel Galina y publicado por el Taller de ediciones económicas en la Ciudad de México. El libro traza, con crítica erudita y aguda, una ruta del arte participativo vinculada a las artes escénicas más que a las artes visuales.

En plena lucha mediática para elegir al próximo gobernador de Hidalgo, así como al alcalde de Pachuca y otros municipios, leí el capítulo de la historia del arte participativo latinoamericano, específicamente la de los happenings argentinos y el teatro invisible del brasileño Augusto Boal, ambos creados en un contexto de dictadura y represión total.

En Argentina, Oscar Masotta fue un precursor de los eventos artísticos con civiles pagados para la ejecución de situaciones artísticas o happenings. En 1966 pagó a veinte ancianos para permanecer de pie con una luz cegadora sobre sus cuerpos. Mientras resistían amarrados a unos extintores durante una hora, un grupo de personas los observaban fijamente. El título de esta pieza es Para inducir al espíritu de la imagen y, en pocas palabras, se reduce a la participación de dos grupos: uno de personas remuneradas para ser vistas durante sesenta minutos y otro de personas que pagaron para observar a veinte de ancianos de pie.

Esta obra dura y simple demuestra que la participación no es sinónimo de democracia y equidad. En el discurso previo a la acción que dirigió Masotta, éste habló sobre el control: “a pesar de que parecía estar sucediendo exactamente lo opuesto: él recordaba que la audiencia esperaba en fila india, ‘Sentí como, sin mi consentimiento, algo se hubiera zafado y que un mecanismo había comenzado a andar.’” (Bishop, 2016, p. 176)

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Oscar Masotta, Para inducir al espíritu de la imagen, 1966. Imagen tomada de aquí

Desde mi punto de vista, algo similar pasa en este periodo de elecciones “democráticas”. Algunos de mis amigos y conocidos, a quienes respeto y admiro, llaman a votar para cambiar la situación del país y de Hidalgo. Un dispositivo de control les cosquillea en su interior. Son críticos pero dóciles. Castigan con su erudición a la masa, supuestamente, desinformada que no acude a las urnas.

Yo he vivido en un país y en ciudades que han alternado el poder entre sus gobernantes: en una Ciudad de México gobernada por la izquierda emergente del PRD hace años; en un país gobernado por la derecha conservadora panista durante dos sexenios y en el regreso dominante del PRI al poder a través del presidente Peña Nieto. A pesar de todo no soy optimista. Votar por el candidato menos peor no es una alternativa para mí, no representa una posibilidad real de cambio.

Ir a una casilla para anular un voto es una estrategia estéril pero significativa. Es una denuncia. Un voto anulado podría significar que la persona que lo hizo confía en el aparato democrático y en nuestras instituciones, pero no tiene favoritismo o confianza suficiente en ningún candidato o partido político.

No asistir a votar, es decir, no presentarse a la casilla significa, entonces, no confiar en el dispositivo de elección de gobernadores o diputados ya que sólo favorece a unas cuantas familias que, generación tras generación, se disputan el poder entre sí.
No votar es una acción de desobediencia civil que significa desconfianza y falta de credibilidad en nuestras instituciones.

Parece que el consenso no es suficiente para solucionar nuestros problemas cotidianos.

Se requiere de otro tipo de actividades de disenso para poder re-estructurar el aparato institucional de la democracia, para verificar que la persona que llegue a tener el honor de ser candidato a una gubernatura tenga una trayectoria pulcra e incuestionable. Que, además, también tenga la formación necesaria.

He visto con satisfacción que en Pachuca la voz de la sociedad disidente ha empezado a dar frutos. Unas marchas y publicaciones críticas en la prensa obligaron a que regresaran las rutas de transporte público que habían sido eliminadas para favorecer el uso del Tuzobus. También he visto que las inconformidades de la remodelación de la plaza del Reloj han hecho que el alcalde reconsidere su diseño para insertar unos cuantos árboles a la plaza.

No es suficiente, pero es un inicio. Ya tenemos nuevo gobernador, ahora vamos a exigir que haga bien su trabajo y que entregue cuentas transparentes a los ciudadanos. La desobediencia civil es útil, si lo invitan a subirse a un sistema de transporte no funcional como el Tuzobus no se suba, si le cobran con parquímetros por estacionar su auto en las calles del centro utilice un estacionamiento. Si lo invitan a votar por candidatos cuya trayectoria y desempeño como servidores públicos es cuestionable no vaya a votar. Para que la democracia funcione, primero hay que darle limpieza y mantenimiento al aparato que la hace funcionar. No obedezca sin antes cuestionar.

Trabajos citados

Bishop, C. (2016). Infiernos artificiales. Arte participativo y políticas de la espectadurñía. Ciudad de México: Ediciones económicas.

Imagen de portada.  Hans Haacke, MoMA poll, 1970. Obtenida aquí

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