Me declaro ignorante de ese vastísimo, enigmático, casi escatológico mundo de los cómics. No niego, empero, que he disfrutado una que otra adaptación cinematográfica (las otras, más que las unas) a pesar de que hoy hay más producciones de esta índole que malas actuaciones de Nicolas Cage.

Confieso, por ende, que desconozco casi toda la liturgia que precede a un superhéroe; que suelo confundir DC con Marvel y, por encima de todo, que sigo considerando que Michael Keaton es mucho mejor Batman que Cristian Bale (a causa, probablemente, de ese recuerdo, infantil e ingenuo, de que alguna vez Tim Burton hizo buenas películas).

Conocí al personaje de Deadpool a través de la serie Deadpool Killustrated, en la cual, esta peculiar figura combate contra destacadas efigies de la literatura universal tales como Don Quijote, el Capitán Ahab de Moby Dick, o Tom Sawyer. Encontré, de ese modo, una temática tan original como divertida, incluso, para cualquier iletrado de este complicado, casi incomprensible mundo de los cómics.

De ahí que la adaptación de este (anti)héroe marveliano a la pantalla grande resultara, para muchos, un cambio de paradigmas dentro del acostumbrado universo de superhéroes “serios”, presentándonos, de ese modo, un filme auténtico que rebate la censura y las fórmulas repetitivas del cine comercial.

De manera genérica, podemos decir que Deadpool nos cuenta la historia de Wade Wilson, un veterano de guerra que, al contraer cáncer, se somete a un tratamiento inusual y clandestino que potencializa sus genes mutantes a la vez que destruye su apariencia física. El resultado de esta transformación: un antihéroe indestructible, irreverente, vengativo y, más importante, apático ante la búsqueda de justicia aunque no exento de moralidad. Se trata, pues, de un rompimiento de las estructuras convencionales de estas películas y los clásicos protagonistas que las componen.

Desde el inicio del filme, nos topamos con una estructura poco formularia (el uso de flash backs y flash forwards para establecer la historia medular de Wade Wilson) así como con un contenido humorístico que nos aleja, por completo, de las tramas habituales de Marvel. Lo anterior, aunado a una violencia que me atrevo a calificar de sofisticada (no excede en gore; pero tampoco admite censura) nos otorga una película que va más allá del contenido “palomero” que se aprecia en las repetitivas películas de las dos grandes firmas de los comics. Lo anterior no exime, claro está, el uso de clichés que permiten anticipar la transformación de una persona común en un superhombre que combate (forzadamente o no) ciertas fuerzas del mal.

Como ya se comentó, la irreverencia de este filme (apreciable desde su campaña publicitaria) nos coloca ante un proyecto original, quizás no tan ambicioso como el mainstream de Marvel; pero que marca una pauta dentro de una serie de historias que resultan demasiado iterativas para sostenerse por mucho tiempo como éxitos avasalladores de taquilla. No es extraño, por ende, que la clasificación de Deadpool haya suscitado polémica y que su contenido haya sido cuestionado por cierto público de gustos más convencionales. Después de todo, al igual que Disney lo hiciera en su momento, la franquicia Marvel ha “matizado” la violencia inherente a los cómics, relegándola a ciertos proyectos que escapan a los superhéroes más conocidos.

Lo reitero: creo que el rompimiento de las fórmulas acostumbradas de Marvel es lo que permitió el éxito de esta película. Pienso que al cotejarla con otros proyectos (como la primera entrega de Sin City, de Robert Rodríguez, también fundada en un humor negrísimo y con mayor estética visual) nos queda una buena comedia que aprovecha el desproporcional triunfo del cine de superhéroes. Aun así, considero que no logra salir de esto último: una buena y original comedia. De hecho, en mi opinión, la irreverencia de este personaje comienza a ser cansada después de un rato, de modo que su humorismo resulta, al final, bastante tedioso. De la misma manera, los personajes resultan excesivamente planos dentro de una historia de por sí mediocre, con un villano poco memorable y algunos secuaces que bien pudieron suprimirse. En este sentido, el papel de Ryan Reynolds, aunque apreciable, supedita todo declive narrativo a pequeñas bromas que se sienten, al poco rato, totalmente anodinas.

En resumen, creo que Deadpool es un buena muestra de que el cine de superhéroes ha comenzado a agotarse, y que como toda fórmula que ha sido explotada hasta el cansancio, empiezan a requerirse proyectos innovadores. Quizás, este filme se ciña como una prueba de que no solo un presupuesto multimillonario y una trama convencional puedan conformar una película altamente taquillera dentro de este rubro. De ser así, podría funcionar como un antecedente importante que los cómics regresen al círculo de fanáticos de mucha mayor envergadura cultural quienes, sin duda, no temen el derramamiento de sangre ni las palabras altisonantes.

 7 notas en negro.

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