Por: Héctor Alvarado Díaz

 

“No se apure, nos pasa a todos”. La barbarie naturalizada, el miedo incesante, la desaparición como factor que une a las personas. El libro de cuentos de Luis Felipe Lomelí es una sola gran historia, un espacio fractal donde los personajes cuentan o son contados a través de una angustia común que se recombina y da la impresión de crecer o minimizarse, pero nunca desaparece.

Perorata tiene una unidad que asfixia, desearíamos un descanso al leer sobre las heridas –invisibles casi siempre— que la violencia deja en todas las latitudes del país. La variedad de abordajes y las voces utilizadas por el autor tarde o temprano nos enlazan con alguna de las historias, estamos ya sea como parte de un orden social, ya como hablantes o (tal vez lo más fuerte) como sujetos de alguna de las tragedias que les ocurren a los personajes del libro.

En algunos cuentos, Luis Felipe me recuerda las intensas armas de Hemingway en “Los asesinos” o “Colinas como elefantes blancos”, donde se habla y a la vez se oculta el centro de los dramas que han ocurrido o están por ocurrir. Al terminar cada relato, queda en la boca el sabor de la angustia, la desesperanza o la resignación de esos seres encadenados a un estado de cosas.

La factura de los cuentos es cuidadosa, cada uno tiene el lenguaje y el tono precisos para perfilar la historia que convierte a los personajes en seres a merced de la violencia, una condición que por desgracia los mexicanos conocemos bien.

Lomelí demuestra una vez más su madurez como narrador y Perorata suma a su obra una mirada sobre la terrible realidad de los que nos pasa a todos aun cuando no haya llegado a lastimarnos.

 

 

 

 

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