Si un político, al abrir la boca, en lugar de palabras, le salieran imágenes, el mundo estaría poblado por seres grotescos, de máscaras desechables, mal acabadas y de poca consistencia. ¿Cómo ganan los contrincantes políticos una presidencia? Prevalece la imagen sobre el discurso. Lo que dicen no. Lo que vende la imagen sí.

Vivimos en un mundo virilizado de imágenes: memes, gif´s, snapshots, instantáneas de los celulares subidas y difundidas por toda la red. Expansión de la imagen, mal de archivo. ¿Qué sucede con la imagen contemporáneamente? Lo es todo, lo intenta descifrar todo, abarcarlo, decodificarlo, minimizarlo hasta hacerlo residual y entonces el juego comienza de nuevo con una aproximación aparentemente distinta: resemantizamos el mundo para devolverle algo del lustre del origen de los tiempos (aunque amamos el futuro, la vanguardia y el rayo fulminante de la tecnología, nos sigue llamando el pasado como un tiempo mítico, fundacional).

Inscritos en el trending topic, este es el momento más luminoso para la combustión. Toda imagen es revelación, Prometeo siendo devorado para renacer de nuevo en otro soporte, en otra época, en otra dimensión. Este tablero de imágenes, digitales, virtuales y textuales (porque el poema es imagen, sonoridad, plasticidad, arquitectura y enigma) es adherente, poroso, tentacular, como un monstruo submarino al cual le salen alas y se debate en los volcanes contra imperios escondidos en los subterráneos terrestres.

El poema contemporáneo se despliega/se escribe en este juego, partida donde, parecería, que nos jugamos el aliento, el pellejo, y las formas en las que vivimos y nos comunicamos con el mundo, y los otros. El poema es la imagen. El poema es el núcleo de nuestras percepciones. Es también quien acoge la mentira, los reflejos, la verdad de una percepción visual que se encuentra acotada por la pedacería de fotografías/ilustraciones/trazos/instantáneas de la memoria que nos permiten construir y reconstruir nuestra condición actual. Las imágenes, como los lentes de realidad virtual, engañan la mente, acuerdan el engaño, por su parte, el poema, construye un filamento silencioso entre realidad física y metafórica, entre el deseo y lo tangible, entre el efímero presente de la vida (5, 4, 3, 2, 1…) y recuerdos constantes de la vida que fue, no importa que su tema sea banal (en toda banalidad radica ya la premisa de la muerte). El cuadro de Pieter Claesz, “Vanitas”, de 1630, como el gif de Xaviera López

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atienden a lo fugaz de la vida, el poema de Quevedo “Venas, que humor a tanto fuego han dado,/ Médulas, que han gloriosamente ardido,// Su cuerpo dejará, no su cuidado; Serán ceniza, mas tendrá sentido;/ Polvo serán, mas polvo enamorado.”,  también, sólo que éste último se adhiere más allá del sentido de la vista, se adentra en el olfato, en los oídos, en la piel, en el núcleo de nuestra más profunda entidad humana.

El lenguaje de la imagen contemporánea: fragmentaciones, estallidos, residuales, nada es permanente pero queremos archivarlo todo, nuestras páginas personales son bitácoras que nos recuerdan quiénes fuimos. Archivo y memoria. La construcción de un atlas visual desde las plataformas contemporáneas, ecos de los bytes que navegan al click de un enter, de los hashtags, vídeos y frases publicadas; esos que serán permanentes, más allá de nuestra propia vida, creemos, y que olvidamos que, siempre, surgen en primera instancia desde el lenguaje, porque toda imagen está, fundamentalmente creada desde la idea, desde el pensamiento y para llegar ahí hay que tomar de las aguas de la palabra. Entre las flamas de la inmediatez y el bombardeo de las imágenes de todo tipo, como en un claro en el bosque o como una poza de agua en el desierto o como el último byte del árbol del conocimiento, estará el poema. Está.

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