“Cierto, los grandes atletas son capaces de hacer con sus cuerpos cosas que los demás solo podemos soñar con hacer. Pero son sueños importantes – que compensan muchas cosas”.

David Foster Wallace

 

“En cuerpo y en lo otro” es quizá uno de los ensayos de David Foster Wallace que más elogios ha recibido por parte de la crítica, en él el escritor se explaya al hablar de uno de los deportes que más le apasionó en vida y describe con una claridad asombrosa el momento de evolución que vivía el tenis mundial hace poco más de 10 años (el texto fue publicado en 2006 en el New York Times), cuando apenas se gestaba una rivalidad que hoy en día vive su momento cumbre, la del sueco Roger Federer y el español Rafael Nadal. Ambos atletas no solamente nos regalan un momento histórico e irrepetible al iniciar una disputa hombro a hombro por el puesto número uno del ranking mundial en pleno 2018, sino que desde entonces han marcado, junto a otros nombres que se han sumado como el del serbio Novak Đoković, la pauta para que el deporte blanco evolucione de una manera vertiginosa y apasionante. Vivimos historia pura.

Con ese peculiar ojo de observador clínico, Foster Wallace describe de manera milimétrica algunos de los que él mismo nombra “Momentos Federer”, reflexiona sobre la belleza que hay en el deporte, repasa los nombres de algunos deportistas que admira y que han transformado el deporte mundial; explica aquello “otro” que uno admira de sus atletas favoritos, que es mucho más que carne y musculo. Sabe perfectamente que vivimos en una era en la que en el deporte imperan los más fuertes, los más atléticos, bestias de las canchas que devoran todo lo que hay a su paso con potencia y dominio físico, pero él sigue admirando aquello “otro”. La danza, la elegancia, la técnica, ese derroche de talento que por momentos desafía las leyes de la física, pero no de una manera bruta, sino inteligente. Sabe que no hay manera de que Roger Federer haya dominado el tenis de la forma en que lo ha hecho si no fuera un atleta virtuoso, pero destaca el modo en que su juego por momentos parece detener el tiempo, sobre su fuerza y su potencia.

Hasta ahora nada se ha dicho que un aficionado promedio no haya podido observar. Pero Foster Wallace alcanza la categoría de genio no solamente por su talento literario, sino porque tiene la capacidad de reflexionar cosas que ningún otro ha sido capaz de observar y ese poder de reflexión supera los tiempos y permanece para dar lecciones aún después de muerto, es lo que lo hace inmortal. En “El cuerpo y en lo otro”, el de Ithaca centra su reflexión en la belleza cinética del deporte y en como nuestra capacidad de apreciarla como simples mortales logra reconciliarnos con nuestros propios cuerpos. Algo sucede en nuestro interior cuando vemos al sueco regresar un revés imposible en alguna final de Wimbledon.

“Tener cuerpo presenta muchos inconvenientes. Si esto no es o bastante obvio como para que nadie le hagan falta ejemplos, limitémonos a mencionar rápidamente el dolor, las llagas, los malos olores, las náuseas, el envejecimiento, la fuerza de gravedad, la sepsis, la torpeza, la enfermedad y las limitaciones físicas… ¡Acaso alguien duda de que necesitemos ayuda para centrarnos en nuestra corporalidad? ¿Que la ansiemos? Al fin y al cabo, el que se muere es el cuerpo”.

2016 fue el año más difícil en la vida de Roger Federer, ya con algunos años en declive deportivo, con una serie de jugadores de la nueva generación contra quienes su tenis dejó de ser infalible y los reflectores fuera de él, una tarde cualquiera decide duchar a sus hijas él mismo en la bañera y un mal movimiento le rompe la rodilla. La lesión logra suspenderlo y perderse torneos importantes. El hecho mereció toda clase de comentarios sobre el aparente final de su carrera, incluso un artículo publicado en el mismo New York Times, titulado “Hasta Roger Federer envejece” y firmado por Brian Philips, hace referencia al texto de DFW. Señala, desde la visión de un fan del tenista, que por más que el escritor lo ponga como un inmortal en el ensayo, la realidad es que Federer no está hecho más que de pura carne y hueso y pone como prueba irrefutable la lesión de “viejito” que tuvo en un momento cotidiano de su vida. El artículo cierra con una lapidaria pregunta: ¿Cuándo el atleta que logró reconciliarnos con nuestros propios cuerpos vea su cuerpo caer, quién se supone que nos reconciliará con eso?

El resto es historia, Federer tuvo un año doblemente complicado para recomponerse de la que ha sido la lesión más fuerte de su historia, pero el hecho, lejos de hacerlo caer, lo motivó no solamente para regresar a las canchas, sino para ponerse a trabajar en sus debilidades. El sueco se quitó algunos vicios, trabajó en su revés, uno de sus puntos más débiles, el cuál había sido señalado y trabajado por sus rivales, principalmente Nadal, quien le ganó varias finales atacando su lado izquierdo; cambió su raqueta, mejoró su saque y volvió para ganarle al propio Nadal la final del Abierto de Australia, un campeonato que le significó su Grand Slam número 20. En febrero volvió para ganar el Abierto de Rotterdam, con lo que le arrebató el puesto número uno en el ranking mundial al español y lo convirtió en el tenista de mayor edad en conseguirlo. Con 97 trofeos ganados en toda su carrera, nadie dude que intente superar el record de mayor cantidad de campeonatos en la historia (que ostenta Jimmy Connors, con 109) o que al menos supere los cien en un hipotético marco pletórico en Wimbledon (su torneo favorito) este verano. Quizá el mejor Federer de la historia será el que dispute éste año el número uno del ranking mundial contra Nadal. Se le verá maduro, fuerte, en buena forma física, con un arsenal de trucos que ha perfeccionado y con un dominio de la cancha simplemente imponente (basta ver la final de Rotterdam contra Grigor Dimitrov).

La respuesta a la pregunta que hacía Brian Philips hace un año y medio en el New York Times, fue contestada por David Foster Wallace con una visión y una capacidad de reflexión impresionantes, hace 12 años (apenas dos años antes de su fatídica muerte): El único capaz de reconciliarnos nuevamente con nuestros propios cuerpos después de una decepción de tales dimensiones, no era nadie más que el mismo Federer… así son los inmortales.

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