Como era ya mi costumbre, volvía por la noche cansada de los ojos del mundo y de las sombras que todo lo devoran. Entraba a mi casa cada día, esperando que ante mí se iluminaran repentinamente mis pasos con la luz que hay en el patio. La veía postrada ante mí, una luz que se encendía ante la presencia de todos excepto la mía. En el fondo de mi mente sabía que esa luz me odiaba y negaba a propósito mi existencia cada noche, siempre que regresaba a casa, cuando la oscuridad y las sombras me hacían guiarme a tientas por el mundo.

Y la necesitaba y la anhelaba para que alumbrara mi camino por las escaleras y su oscuridad que me jalaba las rodillas. Pero no le importaba, no me hablaba con su resplandor ni perseguía mis pasos hasta la puerta. Cada día me quedaba parada debajo de ella, esperando que se dignara a mirarme, a aceptar que soy un ente que respira, que paga la renta y necesita de sus servicios tanto como cualquiera, pero se quedaba ahí, inerte y soberbia, dejándome tropezar con las macetas, burlándose de mis brazos extendidos frente a mi cuerpo en el afán de encontrar a tientas el barandal de la escalera, la oía mofarse; entre ecos sordos escuchaba su risa malévola que me golpeaba por la nuca.

Sabía que ella era real, no sólo un foco al que no le funcionaba el sensor, como me habían dicho tantas veces, como habían tratado de hacerme creer todos en su afán por reconciliarnos. Ella me odiaba, me miraba llegar con mil bolsas, cansada del trabajo del día y me privaba deliberadamente de un poco de consuelo, de una luz que me guiara. Al despertar cada mañana bajaba a darle los buenos días, le llevaba un trapo húmedo para limpiar el polvo que tenía encima, así de bajo había caído en mi afán constante de recibir algo a cambio de mis favores fingidos. Pero nada funcionó, cada noche al llegar a casa me encontraba con la eterna penumbra que guiaba el eco de mis pasos y mis manos que vacilaban hasta la entrada de mi casa, para luego tardar un rato más en abrir la puerta.

Pero ahora todo es distinto, desde hace varios meses algo ha cambiado, algo en su mirada y en su risa me han convencido de que todo lo ha hecho por mi bien, ahora todo es claro, negando mi existencia me ha ayudado a desarrollar mis habilidades, a agudizar mis sentidos, a perfeccionar mis capacidades auditivas y hacerme un ser humano súper desarrollado, un súper humano capaz de enfrentar los días de oscuridad que se avecinan.

Y no sólo es eso, debo de confesar que ahora mis pasos no se oyen, la gente no me mira de la misma manera, me ha ayudado a despojarme de todo aquello que me asemeja los seres comunes, ¿si la luz me ha puesto en el camino del súper humano quién soy yo para cuestionar sus designios?

Ahora, cada noche, me levanto a dar paseos por el patio y las escaleras para entrenar mis habilidades, a veces platicamos horas enteras, platicamos hasta que se encienden las luces de los vecinos o alguien se asoma a la puerta, es entonces cuando me vuelvo invisible escondiéndome entre las jardineras, esperando a que se restaure la paz y quedemos de nuevo a solas y tranquilas, charlando de la era de oscuridad que se avecina, y del poder inmensurable de vivir entre las sombras.

Ahora sé que, cuando todo entre en penumbras, seré yo la única que estará preparada. Todo gracias a mi luz, aquella que en un punto creí perversa, gracias a ella, que me ha dado el don de la invisibilidad, que me ha dado el poder de ocultarme y sobrevivir a los ataques del mundo ignorando mi existencia.

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