Me quedé mirando un largo rato mi rostro, no daba crédito a lo que apenas acababa de descifrar. Me tiré pesadamente en mi cama mirando a todos lados, tenía miedo… ¿qué iba a pasar?¿era este mi destino?

Salí de mi cuarto apresuradamente pensando en nada más que el deterioro de mi alma y mi cuerpo, en los minutos vendidos que me devoraban la entrañas y volvían cada parte de mí un simple plato de alimento, me paré frente a Alan. Allí estaban también, las marcas de los amos del tiempo, era una más de sus víctimas. Salí a la calle corriendo, tomaba a las personas por los hombros como una loca que observa en cada rasgo las huellas de la vida robada, las observaba hasta que me empujaban, todas, todas tenían las mismas marcas, el deterioro, el velo en la mirada.

No era posible, tenía que hacer algo.

Volví a casa con la consciencia intranquila, caminando por cada rincón en busca de una respuesta, le conté a Alan sobre mis teorías, sobre las marcas y mis conclusiones, no daba crédito a mis palabras, hice que se parara frente al espejo, fue entonces cuando abriendo los ojos con sorpresa, dejo salir una expresión sin nombre mezclada con un suspiro. Me creía.

Platicamos por horas, tratamos de analizar cada punto y coma en esta historia mal contada, tratamos de despertar de la irrealidad que se producía con nuestras palabras, de pronunciar coherentemente las frases que nos llevaran a una solución. Comenzamos un plan de acción, investigamos acerca de los amos del tiempo, cosa que no es fácil, ya que ahora todos piensan que estamos locos, fuimos a las oficinas aledañas, buscamos algún indicio que hiciera tangibles nuestras especulaciones, nada.

Necesitábamos una carnada, teníamos que probar que nuestras argumentos eran algo más que palabras que no se escuchan a diario, incoherencias sin sentido de unos labios mal cerrados, guardamos las horas de nuestra semana en un enorme saco, las dividimos por segundos para que se viera más grande, y lo colocamos en el parque cerca de donde están todas la oficinas, si algún amo del tiempo pasaba por ahí en algún momento, tendría que encontrarlo. Nos escondimos entre los arbustos que rodean la plaza, con las ansias y temores que acosan a un niño pequeño entre las sombras de la noche, y esperamos. Dieron las seis, las ocho, las diez. Se vaciaron todas las oficinas y quedamos solos frente a nuestro saco de tiempo, saltando ante cualquier ruido, con los ojos bien abiertos, nada. Dieron las doce de la noche, la ciudad estaba casi en silencio a no ser por el motor de algunos autos que circulaban cerca de nuestro escondite. De pronto lo vimos, una figura esbelta y larga; una sombra sin rostro que caminaba muy lentamente estirando unas largas piernas de forma exagerada, tenía una capa negra y un sombrero de copa largo, no había duda, era un amo del tiempo. Cargaba en su espalda un enorme saco negro hecho de telarañas, que rebotaba de un lado a otro con el vaivén de sus pasos, era tan grande que no parecía que tuviera las fuerzas para sostenerlo, sin embargo lo hacía como si no pesara nada. Permanecimos inmóviles y en silencio, esperando que la carnada en el saco funcionara, éxito.

El amo se detuvo frente a él, lo abrió y comenzó a probar nuestros segundos, quise aprovechar el descuido para cerciorarme que pudiéramos seguirlo sin importar a donde nos llevaran sus pasos, salí de mi escondite y rasgué su saco, si no podíamos seguirlo, al menos tendríamos su rastro.

Volvía lentamente hacia mi escondite cuando escuchamos a un hombre ebrio que cantaba, me quedé congelada ¿y si me había visto? el amo tomó nuestro tiempo y se apresuro a continuar su camino. Lo seguimos por un largo rato, su figura se perdía entre las sombras de los árboles pero al menos teníamos las huellas de los minutos que se escurrían por el agujero de su saco para guiarnos.

Lo perseguimos hasta una alcantarilla y entramos, no era una alcantarilla, era un túnel lleno de moho y hongos por todos lados, yo estaba maravillada me sentía en un cuento de Lewis Carrol, pero con el temor de que terminara con tintes Lovcraftianos, seguimos el rastro hasta que vislumbramos una luz que nos mostraba el final del camino.

Salimos en silencio, entrecerramos los ojos deslumbrados por la luminosidad de aquel entorno, cuando pudimos ver lo que teníamos enfrente nos quedamos sin aliento, era hermoso.

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