Desde hace un par de semanas he dejado de lado mi vida, he huido de todo aquello que me daba un poco de paz con el afán de pagar mis cuentas. Me he perdido, he de confesar que no paso el mismo tiempo mirando por la ventana, mirando al cielo, y he reducido los diez minutos de sentarme en una banca a ver lo que pasa frente a mis ojos, a sólo tres. Ahora únicamente pienso en el trabajo, en no ser lo que yo critico al pararme al frente de un montón de seres amorfos que no saben hablar, a ser lo mejor que puedo, retándome, como los libros de auto ayuda dictan a cada persona que no sabe existir.

Pero está bien, es parte de la vida adulta, y lo digo en palabras de mi madre quién se preocupa más que yo por los designios y la incertidumbre de mi propio futuro. Para dar paz mental a quienes me rodean, yo asiento, sonrío y hablo horas enteras de lo fructífero de mi trabajo, de las quincenas y todas esas palabras que resuenan, formando las melodías de lo cotidiano en los eventos familiares.

Y sonrío, sin mostrar que, detrás de mis dientes, postrada sobre mi lengua como una bella durmiente, se esconde la verdad absoluta. Yo sé bien que la vida adulta no es más que una de tantas vidas, una de tantas realidades que nos empuja a entrar en un mundo en donde se descalabra a todos con la misma piedra.

Se que detrás de los designios del trabajo, detrás de las rutinas diarias y sus ocho horas de faena, que liberan a sus reos los fines de semana, para que se embriaguen en la paz de sus quincenas, existe algo más, algo más perverso y oscuro: Los Amos del Tiempo.

Hombres y mujeres sin rostro, que nos venden la vida que tenemos, que recolectan puntualmente cada hora y cada minuto que pasamos en el trabajo, para llenar sus sacos con nuestro tiempo, para almacenarlo y poder beberlo cada día, alimentándose con nuestra existencia para ser inmortales.

Los amos del tiempo existen desde tiempos inmemorables, se alimentan de las vidas de las personas, succionando horas y minutos, hasta que ya no quedan más que cuerpos flácidos y cansados que no pueden pelear para tener sus días de vuelta. Entonces reciben la marca, el emblema de que ya no es una buena fuente de alimento, el reloj y la placa del retiro. Es una insignia que se usa entre Los Amos del Tiempo para indicar que la persona ya está caduca y sin nutrientes.

Hace un par de días, llegué del trabajo y me miré en el espejo. Algo había cambiado en mi semblante, resonaron en mi cabeza los consuelos de mi madre, pensé en la vida adulta y las bolsas debajo de los ojos que aparecen después de los 25, pero había algo más. Me gusta observar, puedo jactarme de que conozco a la perfección cada marca, cada peca e impureza de mi rostro, y ahora había algo en él que me causaba ruido.

De pronto lo vi… eran las marcas del tiempo…

¿Cómo era posible? Había escuchado de los amos de tiempo pero jamás pensé que fueran reales. Sin embargo los síntomas estaban ahí, debajo de mis ojos, en las plantas de mis pies, estaba agotada, era como si me hubieran chupado la vida, y al mismo tiempo era eso. Después de un par de semanas había comenzado a pagar mi cuota, a recibir dinero a cambio de mis días, al vender mis horas para alimentar a Los Amos que habían por fin recolectado, en mí, su primera cosecha.

Continuará…

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