Estaba delante de la escalera, escuchando el ruido distante de las alegrías ajenas que golpeaban incesante sus oídos. La noche caía impávida y convexa, alineando su cuerpo con el horizonte. Ella miraba las partículas de polvo que danzaban frente a sus pupilas inmersas en la profundidad de una pared gris, luego se levantó y comenzó a descender por la escalera hasta que sus pasos consumaron todos los escalones. Al bajar caminaba con la gracilidad de una bailarina, posando con blandura las puntas de sus dedos, deteniéndose en los descansos para mirar hacia arriba en la espera de la señal de que no estaba sola.

Al llegar a la calle, que estaba apenas iluminada por lámparas viejas que dejaban caer sus retales de luz entre las sombras, caminó entre los silencios de la noche que le prometían que las horas venideras de la madrugada saciarían su sed implacable por sentir algo más que un hueco. Caminó un largo rato, deambulando por el centro de la ciudad, hasta que un haz de luz la guió al interior de una cantina. El suelo se pegaba reaciamente a sus zapatos y el aroma que predominaba la escena era de humo añejo y rancio. Se sentó en la barra y pidió una cerveza, el soundtrack de la noche era una mezcla entre música clásica y baladas de los sesenta combinada con el murmullo de los cristales de los vasos al chocar. Sentía la cerveza fría recorriendo su garganta y enfriándole por momentos la cabeza; era tarde y una voz en su subconsciente le restregaba entre sus pensamientos la idea de que jamás aprendería, jamás cambiaría y seguiría vagando por las calles en su búsqueda incansable de sí misma. Era demasiado tarde para crecer y era demasiado joven para madurar.

Los vidrios de las ventanas reflejaban retazos de colores colocados de forma desordenada alrededor de los marcos de madera, la luz que los iluminaba iba y venía como absorbiendo y escapando de las voces de fondo, como el palpitar constante y breve de una noche que duerme tranquila entre las sábanas de brisa y arrullos maternales.

Se podía percibir el humor del lugar y el sonido de las notas que se mezclaban en una misma melodía cálida y abstracta; pidió otra cerveza y dejó que el ambiente fresco y rancio del lugar la abrazara. Se podía perder en aquel instante, en aquellos segundos de euforia que la confinaban a los pensamientos más abruptos. Dejó que el tiempo se colara entre sus manos teniendo como película y personajes principales y secundarios a los huéspedes de aquel recinto de mala muerte. Era mágico verlos beber, reír y compartir para después salir de aquel lugar, perderse entre la noche y olvidar el amor fraternal que unos segundos antes se habían jurado. La música los mecía en el vaivén del bullicio y las carcajadas, creando una escena ambigua y jocosa.

Un hombre pequeño de anchos brazos se apretaba contra el umbral de la puerta del baño, entonando a destiempo las notas dolidas de una de balada vieja, primero susurrante y como pensativo, al final desgañotándose entre muecas y el agitar del solo brazo que tenía libre, otro a su lado sacudía la cabeza y se cubría con las manos la frente y los ojos.

Ella sólo observaba, moviendo los ojos de izquierda a derecha con la esperanza de encontrar en cada escena un motivo más para no irse; estaba sumida en ese submundo de alegría perecedera que la hacía sentir en cada instante más real.

Así pasaban las horas, los minutos corrían entre las cervezas, entre el olor a humo viejo que la estrujaba perfumando con su aliento sus cabellos, su cabeza giraba entre el jolgorio de aquella noche que no terminaba y sus mejillas enrojecidas, que en ocasiones quedaban sumidas entre sus brazos, mostraban esa sonrisa tumultuosa que había estado tanto tiempo oculta.

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