Esperé a que terminara de llover y me dirigí hacia la tienda para comprar una dotación de cervezas antes de que iniciara la ley seca. El domingo serían las votaciones. Pálidas luces se reflejaban sobre el negro asfalto. Silencio. Un ligero viento fresco rozaba mi rostro. En mi mente sonó el tema de la película Naranja Mecánica.

Algunas décadas atrás la misma melodía escuchaba en mi mente cuando caminaba, de madrugada, hacia mi casa después de la fiesta. Se filtraba el agua de los charcos a través de los hoyos de mis viejas botas de casquillo. No me importaba, era feliz como lo soy ahora.
Recordé que entonces me sentía seguro, con la capacidad de responder a todo y a cualquiera. También recordé que recientemente encontré esa luz amarillenta reflejada en los charcos y la misma actitud juvenil en la exposición Cubo Gris, integrada por instalaciones en una casa en construcción a las orillas de Real del Monte, en Hidalgo.
Los muros desnudos de ladrillo me remitieron a la miseria de nuestra juventud y a la austeridad optimista de mis botas con agujeros. Ocho jóvenes artistas, a los cuales reconozco el valor de haber estudiado una licenciatura menospreciada por la mayoría, usaron un gran edificio en obra gris, con hoyos, sin puertas ni ventanas, para aseverar su condición precaria pero auténtica.

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En el sótano en penumbras explicaron al público asistente cada una de sus piezas. Se veían nerviosos pero felices. Esta exposición era el trabajo final de sus estudios en artes visuales. Admiré el valor de presentar obras hechas con cubetas, plantitas y charcos. Buenas obras todas ellas, sin embargo, muy lejos de la complacencia vulgar y kitsch que se disfraza de buen gusto.
En este sentido me siento obligado a contrastar la noción de arte como belleza de la noción de arte como lenguaje. La primera es una noción anacrónica. La belleza genera placer a cualquiera de nuestros sentidos pero el arte es más que un halago a los sentidos. El placer no sólo se obtiene a través de lo bello, ni todo lo bello es artístico. Las ideas también son arte. Una persona inteligente que sabe usar el lenguaje para generar una relación intersubjetiva valiosa con otros es una persona inapreciable porque el placer que produce no se agota en la superficialidad de la mirada.

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Los jóvenes egresados de la licenciatura en Artes Visuales de la UAEH están conscientes de que su herramienta más valiosa es el lenguaje. No necesitan de un lápiz ni de un pincel para generar arte, aunque asumo que saben usarlos. Socialmente tienen muchos factores en contra pero saben tomar riesgos.
El arte es lenguaje: un foco débil que genera luz pálida, unas cajas de cartón, un montón de grava, un bloque de unicel, la neblina que se filtra por nuestra nariz, unas botas miserables que aunque ya no son bonitas, pisan firme y avanzan con seguridad, significan algo. Hacer arte afuera del museo es una declaración. Decía Roland Barthes que lo que permanece no es el autor ni el espectador sino el lenguaje. Decía Heidegger que un estruendo en el cielo es una señal, un sonido que nos dice que una tormenta se avecina.

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El domingo son las votaciones y los candidatos se están matando, literalmente, entre ellos. Pero la política no está ahí. Artistas como Anaid del Castillo, Brandon Silva, Daniel Jácome, Jesús Martínez, Lizeth González, Sarai Mirel, Orquídea Fosado y Oscar Granillo hacen política con su arte. Dicen cosas, hacen comunidad. No usan balas sino imágenes y palabras. Esa es nuestra juventud.
Alex de Large, el personaje principal de Naranja Mecánica, camina de regreso a casa en la madrugada, su familia lo espera para llamarle la atención, para corregir el mal, para someterlo a un tratamiento “correctivo” violento. Pero Alex no cambiará. Sigan rezando, viejos moralistas, pero no sean ingenuos, siempre tendrán en el zapato a la molesta piedra de la juventud.

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Usted puede ver fotografías, información y descargar el catálogo de la exposición en https://cubogris.wordpress.com/

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