La autobiografía de Eric Jiménez de Los planetas y Lagartija Nick

En realidad, nunca fui un niño. Con siete años intentaba montar fiestas envolviendo las luces con celofán para imitar los focos de las discotecas. A los catorce grabé mi primer disco con KGB. A los dieciséis me casé. Y seguramente pude haber muerto antes de cumplir treinta”.

Así de intenso, preciso y contundente es todo el libro del baterista de Los planetas, quien por cierto ni siquiera se llama Eric de verdad, sino Ernesto, una broma juvenil le dejó el apelativo con el que es conocido. Sobre Cuatro millones de golpes, editado por Plaza y Janes, podemos ubicarlo bien parafraseando a Calamaro, se trata de un libro de una gran “Honestidad brutal”; no desea quedar bien más que consigo mismo y que en el futuro su pequeña hija Gabriela sepa quién y cómo ha sido su padre.

Su Granada natal era un sitio sumido entre el marasmo de la provincia y un ilustre pasado conectado culturalmente con el mundo árabe. El autor creció en la pensión que era propiedad de su madre, muy pronto renunció a ir a la escuela, jamás tuvo a su padre (que tenía otra familia rica y respetable) y muy pronto los ecos del punk que llegaban hasta Andalucía lo colocaron tocando para bandas destartaladas. El rock en aquellos lares era puro instinto por más que por ahí se anduviera paseando el propio Joe Strummer; no olvidemos que es tierra profundamente flamenca.

Muy pronto recorremos las calles granadinas para acompañar a Eric en sus correrías de golfo y conocer su fascinación por la Semana Santa y sus procesiones, su enorme gusto por los tambores (que le hizo inscribirse en la Falange para tocarlos) y un incendiario amor juvenil que culminó en boda y que lo sumergió en un remolino de pasión y excesos del que no salió bien librado.

Lo de músico lo traía en la sangre y es un lenguaje que se le da mucho y bien. No en vano es reconocido por esa energía salvaje que desparrama cuando toca y que le ha servido también para formar a varios instrumentistas destacados. A lo largo del texto afirma que la música en sí misma no le ha salvado, aunque le está muy agradecido a su público. Queda en claro que no buscó el libro perfecto –incluso no quiso que le quitaran varias erratas- y en su lugar nos entregó un manifiesto visceral y auténtico: “Amo la música. Me evade de todo lo deprimente”.

Recordemos que sus comienzos estuvieron llenos de privaciones y que antes de que Lagartija Nick, el grupo que formó con Antonio Arias, se volviera un hito del underground español, ya se había fogueado a base de prueba y error más diversas estrecheces:

Yo tenía que alquilar la batería para los conciertos. Me dediqué a sobrevivir mientras otros vivían de puta madre. Me ofende que ciertos periodistas me hayan señalado por eso cuando desconocían mi vida”. Debutan con Hipnosis en 1991

Arias tenía un halo de artista maldito y Eric diversos extravíos que pretendía paliar con drogas y alcohol. Las giras y el salvajismo del rock and roll se multiplicaban, pero la banda fingía no sentir el desgaste; se aferraban a aquello de: “vive rápido, muere joven y ten un cadáver bello”. A trompicones, pero Lagartija Nick avanzaba; tuvo que darse la relación con un maestro del cante para que la historia rozara las alturas de la gloria artística.

La amistad con Enrique Morente les encaminó a la concepción de Omega (1996), un punto de quiebre en la historia musical española y en el que confluyeron la tradición flamenca, el noise rock, Federico García Lorca y Leonard Cohen. De hecho, ese capítulo en especial resulta absolutamente conmovedor e importante:

Empezamos a ensayar con Enrique Morente. Era bastante complicado, porque no teníamos trabajados los tiempos del flamenco. Eran patrones no convencionales. En el rock and roll se utiliza el cuatro por cuatro y en el flamenco el tres por cuarto. Me costó muchísimo pillarlo. Enrique solía estar a tiempo, luego se iba al cielo un rato y después volvía. Hacía lo que le daba la gana, pero salía y volvía a entrar de manera magistral. Siempre que se arrancaba con el cante decía: -Vosotros quedaros con el compás que yo ya vuelvo”.

Omega sigue siendo hoy en día un mito, una piedra de toque, un cruce de caminos que tiempo después produjera testimonios en los que muchos quisieron colgarse un falso protagonismo. En un principio no fue comprendido y sólo, mucho después, considerado una obra maestra. Sobraron los que quisieron colgarse el milagrito, pero ahí está Eric para desmentirlo:

En resumen, tanto en el libro como en el documental de Omega hay mucha gente que miente”.

Para entonces ya alternaba con Los planetas, cuya historia misma es la de una avalancha; comenzaron como una piedrita rodante del indie y terminaron como una leyenda generacional de enorme convocatoria, discos maravillosos y un repertorio inmenso de grandísimas canciones. Los planetas siempre fueron una banda irascible, tozuda, firme de ideas y corta de palabras:

Somos músicos y no oradores. Bastante tienen los primeros con la preocupación de componer y ejecutar lo compuesto. Los músicos sólo han de demostrar lo que son en sus discos y conciertos. Las entrevistas son una parafernalia comercial que no tiene mucho sentido”.

9 álbumes (siendo el primero Super 8 (94) –en el que no tocó-), 3 recopilatorios y una enorme influencia y trascendencia han hecho de Los planetas una banda de férrea personalidad y conceptos, ya que tanto como Jota, Florent y Banin son de ideas firmes y convencidos de su capacidad de reinvención disco a disco. Eric ha aportado lo suyo y ahora pondera los logros y posicionamientos desde la distancia e incluso crítica los excesos propios del medio:

Lo principal en un espectáculo musical es la música. Parece obvio, pero para muchos no lo es. Infinidad de grupos colocan mil pantallas para que se les vea desde todos los ángulos posibles, y me parece repulsivo. Olvidan que el espectáculo es la música… Los planetas somos de pocas palabras, porque lo que tenemos que decir y demostrar lo hacemos a través de la música, tanto en los discos como sobre los escenarios”.

A Los planetas si algo les sobra son agallas y a Eric no le tiembla el pulso a la hora de plasmar su relación con sus seguidores:

Es necesario educar al público, porque si el público te educa, caducas. Así de fácil y sencillo. Si hubiéramos hecho justo lo que el público quería en cada disco o concierto, como muchas otras bandas, estaríamos muertos… Siempre he pensado que cuando un artista llena el Santiago Bernabéu no puede ser tan bueno como la gente dice; de hecho, más bien es del montón, muy fácil de digerir, y las cosas fáciles de digerir empachan. Los grupos buenos son aquellos que nunca podrán llenar un estadio de fútbol”.

Pero Cuatro millones de golpes también transcurre con las tribulaciones y extravíos de un hombre que se hizo adulto muy rápido, que trabajó muchos años como mesero y que se embarcó en un amor fatal tremendo. Estamos ante un tipo que intercala muchos momentos de soledad con muchísima fiesta y una larga relación con la bebida y las drogas cuando era más joven (en una conferencia de prensa inventó el cocktail indie y ardió Troya):

Muchas veces acababa en tabernas donde solo había extraños con un vaso de alcohol enfrente y sin rumbo fijo en la vida, sin saber a dónde ir. Me había acostumbrado a estar muy acompañado por todo tipo de personas… Me di de bruces con el anonimato absoluto, en sitios donde después de tres copas intentaba relacionarme con unos extraños que me rechazaban porque solo veían en mí a alguien que no pertenecía a su entorno. Todas las mañanas me despertaba con una ansiedad brutal y creyendo que todo era una pesadilla. Cuando me daba cuenta de que estaba despierto y que no era un mal sueño, me derrumbaba”.

16 capítulos (más prólogo y epílogo) en los que da cuenta de las glorias militando en esa Orquesta química –como le llamaban a Los planetas-, contando cómo es que surgen las canciones, cuáles son sus favoritas, como es que no se entera de los títulos de los álbumes y de una vida entera tocando aquí y allá y colaborando con mucha gente –Fangoria entre ella- y desvelando intimidades acerca de su vínculo con el instrumento que le ha dado una carrera:

Cuando por primera vez me subí a un escenario le di un golpe a la caja y sentí que la vibración del parche pasaba por toda la madera, llegándome a los huesos y retumbando por mi cuerpo, y me di cuenta de que yo era una prolongación del instrumento porque sentía su contundencia en mi interior. A veces estoy en directo y creo que las costillas se me van a romper a causa de la resonancia”.

Nacido en 1967, aprovecha esta incursión hacía su parte final para encajar un poco nostalgia:

Echo de menos cuando las hojas de promos se hacían con máquina de escribir. Echo de menos los fanzines analógicos que eran verdadera información. Echo de menos cuando los festivales se valoraban las canciones y no las norias (ruedas de la fortuna). Ahora los recintos parecen la Expo del 92. Echo de menos cuando se podía tocar en directo en cualquier garito; ahora la música está prohibida”.

Nada de andarse por las ramas, Eric Jiménez hace un recorrido puntual de lo que ha sido su vida sin cortapisas y limaduras, al tiempo que deja en claro la manera en que entiende las cosas, lo que hace de este libro una obra exacta y candente, que no hace sino engrandecer la feligresía que ya les teníamos:

Son tiempos difíciles para la música. Solo quedarán los músicos a los que les guste este oficio de verdad. Los músicos son muy liberales cuando hablan de sus pensamientos e ideales, pero la realidad es que todos ellos acaban buscando más dinero y poder. Que quede claro que yo no aborrezco el lujo y me gusta ser bien remunerado, pero hay una serie de límites morales que me impiden pisar a todo aquel que se me ponga por delante para convertir este arte en un simple negocio con el que hacer pasta”.

“Cuatro millones de golpes” (PLAZA & JANES EDITORES, 2017)

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