Hay días en que pienso

que se iría el temblor

de mi boca y de mis labios

si abrazara al que viene al lado

Diana del Ángel

 

Esa mañana cruzamos la frontera que divide a nuestra ciudad de Estados Unidos. En la caseta de inspección un agente joven nos revisó los pasaportes e hizo las preguntas de rutina, pero la entrevista se extendió más de lo acostumbrado. Mi madre y yo confirmamos nuestro parentesco; respondimos que sí, que vivíamos en Juárez, que teníamos amigos en El Paso, que a esa hora no se sentía tanto el calor y otras cosas irrelevantes. Empecé a ponerme nerviosa y sonreí: “Está bien, no es que se nos pueda acusar de algo, no llevamos nada, no ocultamos nada»‒ me dije‒. Antes de dejarnos ir, el hombre se acercó a la ventana del auto y nos hizo cumplido sin grosería ni doble intención.

Nos reímos y al dejar atrás la caseta pensé en lo difícil que resulta, de un tiempo para acá la confianza, en el cansancio de ir cuidándose de todo y de todos, y en que esa actitud debería ser una forma temprana del odio. Pensé que cualquiera a quien le contara juzgaría ese gesto simple como acoso. Quizá la lógica de nuestro tiempo no nos permite acercarnos si no es a la defensiva o desde la agresión.

Por temor, aunque el impulso sea honesto, uno evita decir a un compañero que su comentario le ha parecido interesante; elogiar el trabajo de otros, su constancia. Se recibe mal la mano de un conocido cuando se está en problemas, mal también el halago y el saludo del extraño. Todo es motivo de sospecha. Así, la ofensa y la traición presentidas se sufren doblemente: una vez en pensamiento y otra en la realidad. Conozco bien la sensación que sigue a eso; una desconfianza asentada en los días, un no esperar ni querer ya noticias de los otros; un vivir en alienación. Nuestra vida es más pública que nunca y sin embargo, la intimidad y el contacto con lo que uno es, y son realmente los demás, es cada vez menos probable.

Yo misma hago muestra de los rasgos de mi tiempo. Tal vez nació conmigo el presentimiento de que la otredad me haría daño: abrí los ojos para ver formas recortadas por la sombra y no por la luz. Desde siempre he pensado mal en los primeros encuentros con cualquiera y me he equivocado poco. Unos cuantos amigos y algunos desconocidos me devuelven la paz que no me da el saberme equivocada, sino el encontrar belleza en una oscuridad que es también la mía.

Uno de ellos, un señor ya mayor, propietario de una cafetería que a veces visito me contó que en cierto lugar del mundo‒ en un país que no supo nombrar‒un hombre y un hombre podían tomarse de la mano para cruzar la calle más transitada y después, al separarse, cada uno seguía con la mirada el trayecto del otro sintiendo la variación de esos pasos como una posibilidad de su propio camino.

Hice memoria de una ocasión en que mi papá me encaminó hasta el ómnibus para asegurarme un compañero de asiento que le inspirara confianza. Tendría unos trece años. Viajé junto a una señora que iba sola y en el camino supe que tenía una hija poco mayor que yo. Ahora, de vez en cuando soy esa mujer; de vez en cuando alguien pone a un niño en el asiento de junto y mi estadía en el mundo cobra sentido por un momento: soy provisionalmente una madre.

Durante otro viaje, en medio de una procesión, la gente de un pueblo convidaba a los caminantes el licor tradicional que se prepara en las fiestas patronales del lugar. De camino a la cascada las mujeres abrían puertas y ventanas para mostrar los altares erigidos en sus casas. Los turistas seguíamos de largo, pero algo de nuestro ser se hospedaba ahí donde no nos deteníamos. Uno a uno llegábamos a la cascada, medio borrachos y limpios por dentro, como ese día cuando pensé que el agente iba a detenernos o a enviarnos a otra inspección, y estuve equivocada.

 

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