Las redes sociales se han vuelto un gran laboratorio para las ciencias. Ahí están, sin tamiz, fijos en el tiempo y por primera vez en la historia, los datos de millones de interacciones entre seres humanos. Son el mayor compendio de información con que alguna vez pudo haber soñado cualquier científico social.

Por supuesto, ahí no está “toda la información”, pues aún siguen y seguirán siendo datos sesgados por clase social, lugar de residencia, edad, etcétera. Tampoco son un reflejo fiel de las relaciones humanas puesto que tienen limitaciones precisas, tanto por formato mismo como por los algoritmos que se usan para “resaltar” aquello que tiene más probabilidades de ser visto. No son la vida, claro, pero son lo más cercano que han tenido las ciencias sociales para analizar situaciones más o menos controladas, como los experimentos de laboratorio.

Así, si bien puede que no nos revelen las grandes respuestas de la sociología o la sicología (de forma análoga a como el CERN y otros grandes laboratorios siguen sin darnos esas grandes respuestas de la física) sí nos empiezan a corroborar algunos patrones de nuestro comportamiento social que antes ya se habían atisbado. Pero se había hecho con muestras empíricas tan diminutas que parecían sólo “apreciaciones personales”, literarios, asuntos subjetivos que no podrían generalizarse.

Uno de estos patrones que me ha llamado la atención es la recepción del discurso del otro. Entendiendo al “otro” como aquel que es considerado diferente por un “uno”, ya sea por cuestiones de clase social, raza, género, fe, ideología o la “diferencia” que usted guste. Aquí lo que se puede observar en las redes sociales es que el discurso del “otro” es recibido más o menos siempre de la misma forma.

Por ejemplo, si un “otro” ha sido víctima de una injusticia y reacciona posteando enrabiado algo en las redes sociales, sucede algo muy curioso: la mayoría de aquellos que no comparten la cosmovisión de la víctima –aquellos que lo ven como un “otro”- tampoco compartirán su reclamo de justicia. Este tipo de reacción tiene varios estadios: 1) empieza dudando del discurso de la víctima (seguro los hechos no sucedieron así, ha de estar exagerando, etc…), 2) luego da un voto de confianza al victimario (habría que conocer la otra versión antes de emitir un juicio), 3) se compara a la víctima con otras víctimas (pobrecito, pero hay problemas más importantes que resolver), 4) se cuestionan las circunstancias (sí, lo que pasó estuvo horrible, pero hay que entender que en esa situación…), 5) se enarbola a otras posibles víctimas (qué bueno que reclamen, pero los automovilistas no tenemos la culpa), 6) se justifican los hechos debido a alguna razón metafísica o trascendental (sí, estuvo feo, pero si no se hubiera hecho eso seguro todo habría sido peor para todos), 7) se ridiculiza o se hace mofa de la víctima (ay, ay, pobrecitos pobrecitos, seguro se traumaron para toda la vida), 8) se ataca la rabia de la víctima (por eso estamos como estamos, ésas no son formas de protestar), 9) se culpabiliza a la víctima (seguro andaba en malos pasos) y, finalmente, 10) se termina justificando la injusticia (así pasa, supérenlo, así es el mundo) o, incluso, 11) vitoreando al criminal (necesitamos más gente así).

Aquí vale la pena resaltar tres puntos. Primero, la injusticia que ocasionó todo pasa rápidamente a segundo plano. Segundo, se vuelve más importante juzgar la cosmovisión de la víctima que la injusticia en sí. Y tercero, este proceso se puede observar en personas que profesan cualquier tipo de ideología o religión sin distinción de su bagaje cultural (por lo menos, el mismo proceso lo he visto en los idiomas que soy capaz de leer): se da entre los chairos y entre los derechairos, entre los que apoyan a Trump y los que apoyan a Sanders, entre hombres y entre mujeres, entre grupos LGBTTI y entre conservadores religiosos, entre los que claman ser de izquierda (y por eso juran ser mejores personas) y entre los que claman ser liberales (y por eso juran ser mejores personas), entre veganos y entre carnívoros empedernidos, etcétera, etcétera.

Basta, solamente, que la rabia de la víctima ataque algo que el otro considere importante para sí mismo. Peor aún, a veces sólo basta que la víctima parezca representar algo que el “otro” odia, algo con lo que está en contra. O, en el más absurdo de los casos, basta con que el discurso de la víctima sea sobreinterpretado y se supongan intenciones nunca explícitas (el típico “les gusta hacerse las víctimas para obtener beneficios”).

Aquí estamos ante un fenómeno que va en contra de toda la tradición racionalista. Aquella que indicaba que, partiendo de ciertos principios establecidos y ante premisas similares, siempre tendríamos, lógicamente, conclusiones similares y esencialmente iguales. Dicho de otro modo, el patrón referido cuestiona la posibilidad misma de un concepto de justicia y nos pone de cara ante lo que ya afirmaban los refranes populares: “hágase la voluntad de Dios en la milpa de mi compadre”.

Faltaría indagar, por supuesto, a qué responde este patrón de respuesta: ¿es una forma de autodefensa ante las ideas que cuestionan nuestras ideas y, por tanto, sacuden nuestro precario equilibrio?, ¿el crimen ante el otro es una forma sublimada de nuestros deseos?, ¿sentimos que hay una suerte de justicia divina (o histórica) cuando a nuestro enemigo le sucede una desgracia?, etcétera.

Lo anterior, sólo, en el ámbito sicológico. Y faltaría el sociológico: ¿se ha dado cuenta de cómo van mutando las respuestas a un tema dependiendo de las respuestas previas? Es decir, por ejemplo, si en un post de Facebook alguien comienza acusando una injusticia, ¿qué pasa después si las primeras diez respuestas comparten la rabia de la víctima?, ¿y qué pasa si las primeras diez respuestas no lo hacen, si comienzan dudando del relato, si preguntan por la otra versión de los hechos o relativizan la injusticia porque “hay otras injusticias mayores”?

En cualquier caso la lógica, ese supuesto pilar de la cultura occidental, al igual que la empatía, ese supuesto otro pilar de muchas religiones y de la ética homocéntrica, quedan en segundo plano y parece ocurrir una suerte, por grupos, de democracia del linchamiento.

¿Cómo se puede construir una política a partir de esto? Supongo que los encargados de las campañas ya saben más de esto que nosotros.

 

 

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