Desde hacía días quería poner en prensa todo lo que (me) está pasando con relación a la revolución feminista que viene atravesando varios países del Cono Sur. Estamos viviendo una primavera feminista y esto pareciera ser, de lejos, la mejor transformación política que hemos visto por estos lares en los últimos años.

A lo largo del pasado mes de mayo, me tocó estar en Chile por trabajo de campo y participar, como profesora invitada, de algunos cursos de posgrado. Como le dije a diversos colegas antropólogos, fue un privilegio poder ver de cerca el proceso de toma de las universidades por parte de las mujeres del movimiento estudiantil. Nada menos que 20 universidades de todo el país fueron tomadas. La mayor parte de ellas en Santiago, pero también constan instituciones del sur y norte de Chile. Las denuncias de acoso sexual, trato sexista, violencia y violaciones empezaron a venir a luz en todo el territorio nacional: el movimiento empujó ese destape de abusos que antes eran naturalizados y, para nuestro estupor, encubiertos por las propias instituciones.  

En este proceso de insurgencia femenina en contra de la continuidad de los abusos, las asambleas, el modo de organizar las tomas (la gestión del espacio hacia el cuidado entre todas, todes o todxs), los debates, la redacción de los petitorios; en fin, todo ha sido construido desde un cuidado y con una empatía sin fin entre pares. Verlo me hizo suponer que una nueva forma de consenso democrático se está ensamblando en estos espacios. Quisiera hacer eco aquí de las ideas de una gran amiga y antropóloga, Hermínia Gonzálvez, con quien hablamos de estos sucesos, en más de una ocasión, como una manifestación de los cuidados como expresión política contemporánea. El saber cuidar, el conocimiento imprescindible y la responsabilidad social delegada muy desigualmente sobre las espaldas femeninas, pareciera estar abriendo paso a una nueva propuesta de actuar políticamente. La política desde el cuidado y para el cuidado. Esta nueva política es, y que bueno que así sea, una contribución del nuevo feminismo: emana de una ética humanizadora que ha sido barrida y atacada ferozmente en este modelo neoliberal de Estado que nos viene tocando de forma cada vez más catastrófica en Sudamérica en los últimos tres años.  

Hay una escena que ilustra y condensa –con precisión y poesía– esto que acabo de decir. Ocurrió el 16 de mayo, en la Marcha Nacional que atravesó la “Alameda” –avenida emblemática de Santiago donde se sitúa la Casa de la Moneda, sede del máximo poder nacional–. Como es de costumbre, el gobierno chileno desplegó su violento operativo de seguridad que, según profesa, sirve para “contener” las protestas y salvaguardar el “orden público”. Sabemos, no obstante, que estos operativos son un eco persistente del ethos dictatorial que se resiste en Chile. Estas fuerzas de “seguridad” actúan reincidentemente proyectando a los y las ciudadanas como una amenaza interna. Actúan, en la práctica, coartando su derecho de libre expresión en el espacio público. Por lo general, las marchas terminan con humaradas intragables de gas lacrimógeno, atravesadas por batallones en motocicleta y a caballo que avanzan sin pena ni piedad sobre la gente. También terminan con toda una variedad de tanques blindados –divertidamente tildados como “guanacos” y “tortugas ninja– tirando chorros de agua y balas de goma sobre la gente que revira con lo que se encuentra en el piso –palos, piedras, trozos de automóviles, basureros–. Desafiando la famosa cita de Salvador Allende, las puertas de la calle en Santiago no están “abiertas de par en par” para su gente. Precisamente por lo anterior, acudir a cualquier manifestación en el espacio público de la ciudad engendra peligros insondables.  

Pues bien, en la marcha de las mujeres universitarias, aquel miércoles 16 de mayo, las calles estaban repletas de policiales mujeres. No sé si por una suerte de machismo anacrónico, por desubicación histórica, o perversidad de género –y, probablemente, por una mezcla de las tres cosas–, las autoridades pensaron que lo apropiado sería usar mujeres para reprimir otras mujeres. Se veía a toda una pared lateral de mujeres policías, de manos dadas, al costado de la Alameda, intentando desviar a las jóvenes, encauzando su marcha hacia otra dirección. Un grupo de chicas paró delante de estas policiales y se puso a cantar diversas frases de liberación femenina: por la igualdad de sueldos, por el fin de la violencia feminicida, por el acceso igualitario a la educación y por la división de los trabajos del cuidado en los hogares, por citar algunas de las consignas. A contracorriente de lo que hacen siempre los “pacos” y “pacas” –como se suelen denominar popularmente a los y las oficiales de la policía en Chile–, las chicas no fueron reprimidas. Ni una bomba de gas lacrimógeno. Nada. Las “pacas” quedaron inertes. Fue entonces cuando las pibas se dieron cuenta de que varias de ellas lloraban. Y lo que sucedió a continuación me tiene hasta el presente día en estado de plena conmoción. Las manifestantes se acercaron a las policías, que no se podían mover, y las abrazaron colectivamente. Gritaron: “esto es por ustedes también”. Las policías, aun llorando, agradecieron con la cabeza.  

Esta es una escena del tamaño del mundo entero. Está registrada en fotos y en cómics, por si mi conmoción hiciera de mi relato poco creíble. En esta cadenita de sucesos, reside toda una sucesión de transformaciones políticas de gran envergadura. Primero, un reconocimiento entre pares que logra desafiar separaciones sociales de las más fuertemente establecidas, como la oposición entre fuerzas del orden y las ciudadanas de pie de calle en Chile. Que desafía, asimismo, barreras generacionales: hay mujeres de los 5 a los 80 en las marchas. Que reorganiza, incluso, ciertas distancias de clase: marcharon mujeres de las universidades más pudientes y de las menos pudientes de Santiago y todas avanzaban hacia las mismas demandas. La bandera de la igualdad de derechos entre las diversas identidades de género se ha vuelto una causa política transversal y, por lo mismo, un grito que interpela a gentes heterogéneas en todo cuanto se les observe. Esto es, como lo he puesto en prensa en diversas ocasiones, lo mejor que podría pasar a las democracias contemporáneas: que gente diversa, heterogénea, pueda entenderse dinámicamente como actores políticos que intervienen por una causa común, aun desde la disparidad de posturas y discursos.

Con otra gran amiga socióloga, Carolina Stefoni, reflexionábamos que, además, este despliegue femenino en las calles genera otra forma de política en el espacio. Diversas escenas que, por tanto tiempo, fueron tachadas de “cosas del mundo doméstico”, diversas formas de cuidado y de organización de lo común, de lo comunitario, vienen desplegándose y desbordando límites con los movimientos feministas. Esta ruptura de la barrera ficciosa entre lo público y lo privado es liberadora para las mujeres –a quienes nos obligan a hacernos con ciertas formas y desvelos de lo doméstico–, pero también lo es para la propia política. Permite reoxigenarla desde una pulsión afectiva que es no solamente transformadora, sino profundamente humanizante. No hay nada más potentemente político que los afectos, me arriesgaría a decir. Y si podemos flexionar acerca de los modos operandi de la vida pública desde estas nuevas formas de proceder –y no me refiero al afecto hollywoodiano, este que vende películas y que está destituido de su pulsión política–, quizás podamos avanzar hacia propuestas impensadas hasta el momento. Hacia maneras más democratizadas de constituir consensos en lo público. 

Al mismo tiempo, miro a las estudiantes chilenas en su hermoso proceso político y me doy cuenta de que soy como la “paca” a quienes abrazaron. Algunas de estas hermosas mujeres luchadoras fueron mis estudiantes de antropología en las universidades del país andino. Y están haciendo por la democratización de género de estas instituciones aquello que yo y otras investigadoras (con maestrías, doctorados, post-doctorados y demáses) no hemos logrado. Parte de los petitorios del movimiento de estudiantes intercede en favor de la paridad de sueldos; de que haya también igualdad de género en todos los cargos, pero, especialmente, en los cargos directivos, en los cuales las mujeres estamos drásticamente subrepresentadas. Piden que las bibliografías de todos y cada uno de los cursos contemplen autoras mujeres y que haya proporcionalidad entre lo que se enseña de la obra hecha por colegas hombres. Que no sigamos, por ejemplo, haciendo lo de Bourdieu, a quién se le ocurrió escribir un libro sobre la “Dominación masculina”, apenas citando a las diversas generaciones de mujeres que, antes de él –y de forma más brillante en muchos casos–, abordaron el tema.

La acción de estas hermosas, valientes y lúcidas estudiantes devuelve a mi generación la voz y una imagen de nosotras mismas mucho más coherente. Su acción nos permite decir sin miedos cosas que veníamos susurrando entre dientes. La pulsión política de nuestras estudiantes chilenas hoy nos devuelve la mejor imagen de nosotras mismas. Es lo mejor que he aprendido en la universidad. Y en mucho tiempo.  

Aquel 16 de mayo, impartí clases a un posgrado en antropología y discutimos, con gran sentido de interpelación histórica, el libro de Rita Segato, “Las estructuras elementales de la violencia”, resultado de veinte años de etnografía con hombres que violan y violentan mujeres. Salimos de clases, hombres y mujeres, estudiantes y profesora, profundamente tocados por el debate. Es imposible no darse cuenta de la urgencia de las transformaciones que las nuevas generaciones de mujeres están llevando ahora mismo a las calles. Y es urgente observar la incoherencias de estas universidades nuestras, donde a cada día se exponen las mujeres –estudiantes, investigadoras, profesoras y funcionarias– a violencias de tipos inimaginables para un espacio de producción del conocimiento. 

Termino esta nota aludiendo a la libertad de las tetas que, en las protestas de los últimos meses, ha dado tanto que hablar en Chile, en Argentina, en Brasil. Miles de intervenciones en internet ironizan el escándalo que las tetas causan cuando su aparición pública es política, mientras se multiplican las industrias de la imagen que las usan precisamente como íconos de deseos, consumos y fetiches en los cuales la mujer que las lleva importa poco o muy poco. Las tetas de mis estudiantes chilenas –colegas de luchas de quienes aprendo más que enseño–, si es que se me permite la metáfora, me han interpelado fuertemente. Desde hace días, desde el 16 de mayo de 2018, siento mis propias tetas mucho más libres. 

 Foto:Hans Scott para AGENCIAUNO

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