Estación de Extranjeros

 

Hemos bajado del cielo. Traemos la mente turbia,

debido al desvelo que un mal sueño provoca.

Nuestra tez entumecida, presenta desaliño.

Una ramificación de sangre, hasta la vista, obnubila.

En la sucesión de los seres, que la frontera ordena,

un centinela de Dios nos vigila.

Que de a dónde partimos al exilio de la calma.

Que cuál era la divisa para mediar entre el temor y la osadía.

Que cómo fueron esos años de la libertad de tribu.

Y a cuántos héroes benefició, la guerra de los símbolos.

Y por qué, ahora que ningún demiurgo surte los pebeteros

en el propiciatorio de las pirámides, triunfa la oscuridad.

Si antes del alba murieran los gallos, y la noche dimitiera

su derecho al amanecer, no tendríamos respuesta.

Somos los peregrinos. Los excluidos del baluarte.

Los menesterosos de la tierra. Los gitanos que cantan.

 

 

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Reflexiones sobre la soledad; en una sala de espera.

 

I

No estamos solos; no. Tenemos la nada a nuestro alrededor.

 

II

Como el árbol eremita que existe en la confinada,

llanura ardiente de Tunoncain, más allá de la tramontana.

En el reino persa de Dario.

 

No estás aislado; no. El céfiro del índico, los terregales ecuménicos,

y el áspero silencio que en un espejismo calla,

la muerte

te acompañan.

 

III

Al igual que Daniel, el profeta cautivo de Babilonia.

Lector de las pesadillas de Nabuconodosor. Adivino y augur,

de los celestes manuscritos revelados en el muro de la fortaleza

profana de Belsasar.

 

No eres un abandonado; no. Te acoge la penumbra del foso

en el cual

las bestias confinan el alma de sus victimas.

 

Te encubre de la retención tu mayal púrpura, y te ornamentas ante la

envidia,

con una argolla aurente de abalorios.

Vindicas tu inocencia,

en la corte de las tribulaciones. Pero ya haz visto abrirse

los abrasivos pórticos de la condenación.

 

IV

De modo que Gotama, el príncipe cuya madre fue inseminada por una

flor de loto,

repudió la filigrana de sus palacios y ayunó en la espesura de la selva,

hizo abdicación de las enseñanzas Upanishads

con la misión de indagar el sino supremo,

entre los confines de la meditación solitaria.

 

No estuve ausente; no. En la aldea Gaya

bajo una higuera

cuarenta y nueve días junto con sus lunas y noches totales,

en que trascendí los sinuos diáfanos de la intuición

y atravesé las lúgubres espirales del razonamiento.

No fui tentado; no. Aunque Mara allanó mi trance

con fuegos y deleites sensuales

visiones siniestras e insanias apariciones

 

Pero volví, de las ráfagas insondables.

Volví de la Mansión de los Deseos.

Detuve el avance de la Rueda de las Existencias.

Y escuche la geometría en el poliedro del tiempo

que se dispersa.

 

Regresé, y la traje conmigo.

He aquí la inefable.

Noble Verdad.

-El innominado está solo; por ello creó el TODO-

 

 

 

*Poemas del libro Cuaderno para estudiar el viaje (Cecultah, 2015)

 

 

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