Sus dedos enrojecidos bailan parsimoniosamente sobre la superficie pulida de los móviles. Hace mucho frío a estas siete y media, el corrillo deja en el aire el rastro de una hoguera apagada y, en medio de la segunda niebla de la temporada, solo el fulgor de una decena de pantallas retroiluminadas ayuda a distinguir sus caras.

Si con quince no estás al menos en Regional, olvídate. La mayoría juguetean con el teléfono mientras comentan en voz baja y ni se acuerdan de mirarse a los ojos, esa forma de comunicación tan arcaica. Se enseñan fotos, suenan los pitidos de los mensajes y el clac-clac de las teclas, ralentizado por el relente; sueltan una mano del iphone solo de vez en cuanto para llevarla a la boca y tratar de calentarla con el vaho, mientras patean contra el asfalto las mismas zapatillas fluorescentes que utilizaron la noche anterior para salir, algunos con más suerte que otros.

Ya saben que no van a llegar. Y sin embargo entrenan dos días a la semana. De noche siempre, olvidados en la mochila los primeros libros del bachillerato. Luego el sábado partido, el domingo vendas, esparadrapo, tiritas, en el mejor de los casos; un mes de cada tres, seguramente, algún esguince. En verano, infierno, invierno entre noviembre y febrero, como hoy, madrugones y ojeras, la bolsa un poco más llena de ropa, las prendas térmicas compradas en el hipermercado expulsando bolas de pelusa.

Todavía no hemos llegado al vestuario, a la desnuda madera gastada de los bancos más viejos que ellos, a las taquillas que no cierran y que cortan en los bordes, chapa sobre chapa y, alrededor, una capa de pintura cada tres veranos. Todavía no hemos llegado porque el partido es de Provincial contra un pueblo cercano, aún nos esperan tres cuartos de hora de minibús, un cacharro que no alcanza los noventa por hora en vía rápida, y en el destino un campo helado, duro, correoso.

Y gracias al césped artificial, que antes nos conformábamos con los campos de tierra, me suelta alguien nada más llegar. Treinta personas de pie en la grada de hormigón, cuando la hay. Padres, madres, ancianos despistados que han salido a estirar las piernas. Algún niño al que han sacado de la cama para ver a su hermano o a su primo. Mal café en el bar, pero un caldo de cocido maravilloso.

Suena el pitido inicial. Pienso que, para ellos, el tiempo empezará pronto a estar forrado de oro por delante, como el bien más costoso, y de amianto por detrás, como el más pesado. Y en el equilibrio de su balanza imaginaria encontrarán o perderán la felicidad, seguramente cada vez más lejos de la cancha.

Son las nueve de la mañana en un pueblo de Castilla. Según veníamos el cielo estaba rojo como si Dios hubiera pasado la noche sangrando por la nariz.

 

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