Si alguien hubiera caído en coma hace diez o quince años y despertara el día de hoy con la noticia de que Cuauhtémoc Blanco será el nuevo alcalde de Cuernavaca, seguramente le parecería que cayó en una especie de dimensión paralela, o en algún sueño surrealista de un aficionado del América originario de Cocoyoc.

Decidí hablar de este tema porque mientras escribía la introducción de lo que era mi texto original, me encontré con unas declaraciones de Javier Sicilia en las que apuntaba lo grave de que «el Cuau» resultara triunfador en las elecciones como Presidente Municipal, al tratarse de una persona ignorante, sin vocación política y además violento e inestable. No pude evitar pensar que la descripción encaja perfectamente con la de cualquier político mexicano. Basta con ver que por más carrera política que tenga y por más estudios que ostente, el Presidente de México no es precisamente un tipo brillante. ¿Si EPN es presidente, porqué el Cuau no va a ser alcalde?

No puedo negar que siempre he sido un defensor de Cuauhtémoc Blanco como futbolista, en comidas y reuniones he destacado varias de las cualidades que lo han hecho, a mi gusto, uno de los últimos ídolos futbolísticos mexicanos. Por su desparpajo, porque tiene barrio, por que es un tipo brillante con el balón en los pies, porque es de los pocos futbolistas mexicanos, que recuerdo al menos, han sacado el carácter a la hora buena. Creo que nadie olvida cuando tiró el penal contra Trinidad y Tobago después de que el cavernícola Ansil Elcock le rompiera los ligamentos cruzados con una patada de cárcel. O la vez que regresó de esa misma lesión en un partido contra Jamaica para meter dos goles que en ese momento mantenían con vida a una selección totalmente desangelada que dirigía «El ojitos» Meza y que estuvo al borde de la eliminación de no ser por el Cuau. Habrá quien sepa también que Cuauhtémoc rechazó varias veces las ofertas de patrocinio de marcas como Nike y Adidas, por serle fiel a Concord, la marca que tuvo por primera vez esa atención con él y de la que posteriormente se volvió socio. En fin, a pesar de las actitudes negativas dentro y fuera de la cancha, el Cuau siempre fue un héroe futbolístico porque hacía lo que todos esperábamos que hiciera para salvar el pellejo de su equipo, con toda la presión encima el Cuau sacaba el pecho, como uno más de nosotros, ahí radica el principal problema ahora mismo.

Sin duda el dramático momento que vive la política mexicana nos permite ser testigos de este tipo de sucesos, que si bien es cierto, quedan en la simple anécdota chusca, por otro lado reflejan de manera puntual hasta qué grado de descomposición llega la percepción que tiene la sociedad mexicana de sus propios políticos y la necesidad urgente de falsos héroes, cosa que sería digna, incluso, de un análisis socio-antropológico. Lo de Cuau, por más surrealista que parezca, es posible gracias a estas dos cosas: por un lado los políticos se han encargado de probar y comprobar votación tras votación, que no se necesita ser nada brillante para obtener un cargo público; y por otro lado, la ignorancia y desolación que impera en el país hace que veamos héroes en donde no los hay. El Cuau está bien haciendo «cuauhtemiñas», metiendo goles de tiro libre en finales o haciéndose pipí en la portería rival, pero definitivamente no es el redentor que el pueblo tanto espera; simplemente porque, por más «de los nuestros» que parezca, el fútbol nunca será la vida real. La moraleja estiba en que la política mexicana ya era una broma de mal gusto muchísimos años antes de que llegara Cuauhtémoc Blanco, ¿qué más da un payaso más al circo?

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