Cuando era niño sentía una inexplicable repulsión por los años 80. Nunca entendí bien a qué se debía, pero en verdad me daban unos escalofríos casi incontrolables de tan solo pensar en esos saquitos cruzados de colores chillantes con hombreras, o en los flecos levantados como enormes cascadas apestosas a Aqua Net, los pantalones de mezclilla por encima del ombligo y toda la parafernalia de la época, la cual me parecía sencillamente ridícula y espeluznante al mismo tiempo.

Ahora que noté en mi timeline de Twitter y Facebook una sorprendente efervescencia por «el reencuentro» de OV7, Kabah y Jeans, inevitablemente vinieron a mi mente ese grupo de señoras (probablemente amigas de mi mamá, o mis propias tías) que enloquecidas movían sus cuerpos amorfos a ritmo de «ven claridad llega ya», haciendo coreografías divetidísimas. Fue hasta ese preciso momento que comprendí el origen de mi trauma.

Apropósito de esto, pensé que fue el paso del tiempo lo que me hizo comprender que los años 80 no se trataron solamente de Flans, Menudo, Timbiriche, Emmanuel o Luis Miguel. Por gracia divina, y a muy temprana edad, descubrí digamos que otro sendero del infinito universo de variables que ofrece la cultura popular, y logré quitarme el mal sabor de boca con Radio Futura, Caifanes, Depeche Mode, The Cure, Roxy Music y una lista interminable de músicos y bandas que abrieron mi entonces corto panorama, pero que sobre todo lograron que hiciera las pases con los espantosos 80.

No necesito mentir, gran parte de mi infancia y mi primer adolescencia la viví completamente en los 90 y por supuesto que lo hice contaminado por toda esta mierda pop que tanto fervor esta causando ahora, principalmente a gente de mi generación y de un rango aproximado de 10 años más o menos que yo. Pero cuando tenía 9 o 10, me dio por decir que me gustaba el industrial, usaba botas de casquillo y anudaba a mi cintura una camisa de franela. Mi primer concierto de la vida fue justamente en esa época y tuve la fortuna de ver a Depeche Mode en el Palacio de los Deportes (con el famoso Devotional Tour que está inmortalizado en DVD por Antón Corbjin, aunque no fue grabado aquí); entonces yo era un escuincle desmadrozo que salía de la escuela cantando «Pican pican los mosquitos», se compraba su mango con chile en la esquina y sintió conmoción cuando escuchó a Jacobo Zabludowzky balbucear la noticia de que Cobain se había suicidado. Sin embargo, y a pesar de que conforme fui creciendo mis gustos musicales se fueron poniendo cada vez más «exigentes», debo reconocer que también tuve mi lado «blandito». Es decir, mi segundo concierto de la vida fue Maná en el Auditorio Nacional (eldía que murió Ayrton Senna), tenía un grupo de amigos con el que compartíamos un «club» y la niña que llevaba la grabadora tenía como discos de estreno uno de la Onda Vaselina con «quebradita» y el de «La papa sin catsup» de Gloria Trevi (de ese me gustaba la de «Brincan los borregos» porque se me hacía súper contestataria). En fin, que sí, yo también ponía mi disco nuevo de Caifanes (El nervio del volcán) que me regalaron justo cuando cumplí 10 años, pero ¡Ni modo que ya estando ahí no le entrara también a la Trevi!

Todos tenemos gustos de los que no nos sentimos precisamente orgullosos, eso no se puede negar. Hace un par de meses estuve en una peda que terminó en un depa al que llegamos casi porque era el único lugar en donde se podía seguir la fiesta. Se nos fue advertido previamente que el único equipo de sonido con el que contábamos era una una grabadora vieja que no tenía cable, que leía CD´s y que aún tocaba cassettes. Si esto hubiera pasado hace 15 años quizá yo hubiera traído una Jan Sport beige en la que solía transportar todo mi «material» para amenizar la fiesta, pero en 2015 nadie carga CD´s y mucho menos cassettes. Así es que todos tuvimos que ajustarnos a la colección de discos de la anfitriona, que consistía en algo así como la colección completa de las Spice Girls, el soundtrack de Dawsons Creek, una colección de éxitos noventeros chafas y el disco del mundial del 98 con «La copa de la vida» de Ricky Martín. Sobra decir que el after fue un éxito.

Algo similar me pasó hace unas semanas al término de la presentación del Mapa Sonoro de la Revista Tierra Adentro en la Pulquería Insurgentes con el set de La Pola. Uno de los más kitchs que me ha tocado presenciar últimamente. Me di cuenta que no hay prácticamente nadie que con dos cubas de más, se resista a ahogarse en la mierda de la nostalgia noventera y abandonarse a la pista de baile, cuando sonó «Capitán» de Caló y «Muchacha Triste» de Los Fantasmas del Caribe y se convirtieron en los highlights de la noche.

Con todo esto quiero decir que quizá sea inevitable que ustedes, amigas y amigos, tal vez se estén convirtiendo en el trauma de algún pequeñuelo que ahora aborrezca, sin darse cuenta, los abominables años 90, los pantalones acampanados, los plásticos esos que se ponían en el pelo y que se llamaban pulgas o piojos o algo así, los anillos enormes también de plástico que se compraban en «hippiexie» y las plataformas fluorescentes que se ponían para ir a las tardeadas de la secu en las que bailaban «Short dick man» de Gillette y hacían el famoso chiflidito del dance (ese de: Fiu-Fiu, que soltábamos encima del beat). Por favor cuiden de no ser observadas por algún inocente chamaco que ande por ahí mientras ustedes imitan, con grácil entusiasmo, la coreografía de «La calle de las sirenas» o «Me me me pongo mis jeans». Porfi no hagan que sus hijos odien los años 90.

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